• Caracas (Venezuela)

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Julio Bolívar

Heladeros

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—Te llevaré al puerto otra vez.

—Sí.

—Caminaremos por el mercado

—Sí

—Comeremos otra vez pata de ganado con yuca.

—No.

—¿Veremos de nuevo el palacio de gobierno?

—Sí.

—Pronto estaremos en el avión, pensando en la isla y sus malabares.

—No.

—¿Qué hora es?

—Las cuatro y quince, ya acabé con mi carro de helados, hoy pasé por un colegio. 

—¿Qué hora es amour?

—No me digas así, dime Gertrude Marie, son como las cuatro, algo pasadas.

—¿No sientes nada?

—No ¿por qué?

—No sé, sentí algo rara la tierra, un temblorcito en los pies.

—¿En serio? A mí se me cayó un helado y pensé que era el clarecen* que tomé a ayer con Jaques y Francois en el depósito de la heladería Efe.

—Es raro, siento como si el lugar del corazón estuviera vacío. Dime algo, ¿tú lloras?

—No, bueno a veces pienso en las calles de Port Principe o Port Rouge y me dan ganas, pero me aguanto.

—¿Por qué?

—No sé, de pronto sentí ganas inmensas de llorar, me hablan y me dan ganas de irme y de llorar.

Gertrude Marie siguió adelante con su carro de helados vacío y sintió una fuerte pesadez que no era el cansancio de todos los días, que recuperaba cocinando, o metiéndose en la cama mirando su pequeño televisor en blanco y negro. Era otra cosa la que sentía.

A esa hora un inmenso temblor estremecía  la mitad de una isla en el Caribe. Sus casas blancas se hundían en el lodo. Y un palacio, blanco también, se quebraba como una galleta en una taza de chocolate.