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José Rafael Herrera

Hegemonía y cultura

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El término “hegemonía”, y sus estrechas relaciones con una determinada formación cultural, contiene una carga histórica y teorética que resulta ser difícilmente digerible y asimilable, no solo para algunos especialistas en las ciencias políticas y sociales, sino también para muchos políticos de oficio y, por ende, para una gruesa e importante porción de los llamados ciudadanos de a pie, que contribuyen decididamente con la formación de la opinión pública, pues son ellos, en última instancia, quienes les dan carne y sangre a las llamadas “matrices de opinión”. No obstante, y a pesar de los prejuicios, conviene detenerse un poco en el estricto significado de dicho término, a fin de comprender sus alcances prácticos, sobre todo, a la hora de construir un modelo político que logre superar los problemas de fondo, de estructura, que confronta y padece la Venezuela del presente.

Hegemonía es palabra de origen griego. Traduce literalmente “gobernar”, “conducir”, “guiar” o “dar el ejemplo”. Pero también significa “crecer” y “pensar”, en el sentido de ejercer la “estrat-egia”. Quien ejerce la hegemonía, pues, no solo es la cabeza visible de un ejército, sino también de quienes están capacitados para construir, no sin estrategia, sociedades hegemónicas. Y es en este segundo sentido, el sentido menos restringido de la expresión, que se puede hablar de una hegemonía cultural, a diferencia del significado político-militar que la expresión ha tenido, más que en Vladimir Lenin –quien prefería hablar de “dirección”– en Josif Stalin y sus seguidores. Para Stalin, en efecto, la hegemonía es concebida como la dominación que ejerce una determinada clase social sobre las otras, manteniendo el estricto control político y militar tanto de las relaciones como de las fuerzas productivas de la sociedad. Es, cabalmente y como observaba Clausewitz, el ejercicio de la guerra –o de la “lucha de clases”– por medios políticos, hasta el sometimiento absoluto de toda diferencia ante el poder de la fuerza bruta, en beneficio de una sola clase social, en nombre de la mayoría. El prepotente –y por eso mismo, repugnante– militarismo deviene siempre dictadura, autocracia, despotismo “tout court”.

Después de Gramsci, el concepto de hegemonía se invierte, sufre una modificación esencial, a la luz del segundo sentido que se deriva de su significado originario. Siguiendo para ello a los grandes pensadores alemanes e italianos de los siglos XIX y XX, Gramsci construye una concepción de la hegemonía que concentra sus esfuerzos hermenéuticos en los problemas relativos a la “formación de la voluntad colectiva” y a la “reforma intelectual y moral”. Se trata de la conformación de una política educativa, capaz de transformar las costumbres y los prejuicios sociales, creando las bases para el surgimiento de un nuevo modo de ser, de pensar y de actuar. En fin, se trata de la construcción de un nuevo modo de vivir, de una modificación sustancial de las relaciones interpersonales y de la calidad de vida de los ciudadanos mediante el consenso democrático, el respeto a la diferencia y la tolerancia.

La construcción de un nuevo Estado político no resulta de la sustitución de un régimen por otro, como si se tratara de un interruptor eléctrico. El “sensus comunis” cree que al cambiar un determinado régimen político con ello cambiarán, como por arte de magia, las relaciones sociales, materiales y espirituales de los individuos. Durante el período anterior había penuria y violencia, pero con el nuevo período desaparecerán por siempre la una y la otra, solo serán un mal recuerdo.

Borrón y cuenta nueva. Asunto concluido. En realidad, se trata de una ficción y, quizá, de un comprensible deseo. Porque las modificaciones en el ámbito social no son, y no pueden ser, el simple resultado de leyes o decretos. La vida y sus modificaciones no se decretan. No hay formas si no hay contenidos. Las formas vaciadas de contenidos no son más que formas vaciadas de contenidos.

La conquista de un nuevo modo de ser, la concreción de una “nueva hegemonía”, solo puede ser el resultado de un esfuerzo continuo y paciente por transformar el modo de ser anterior, lo que cualitativamente antecede a la conquista del poder político. Y ese es, justamente, el papel estelar que tiene la cultura. En efecto, si se quiere cambiar el modelo político imperante, antes es necesario cambiar el modelo de ser, sentir, pensar y actuar de sus individuos. Si una determinada sociedad concibe al ladrón o al asesino como héroes, puede que cambie el signo político que la gobierna, pero con ello no dejarán de lado su manera de concebir al ladrón o al asesino. Si la intolerancia o la corrupción reinan en una sociedad, podrán cambiarse todas las leyes que se quieran y emitirse todos los decretos posibles, pero los individuos seguirán siendo intolerantes y corruptos.

La cultura es el fundamento de toda nueva hegemonía. Ella no es, como se piensa, un “divertimento”, ni mucho menos una suerte de “bingo bailable”, o un “cuánto vale el show”, que nos ayuda a “matar el tiempo” y pasar un buen rato. La cultura es, en este sentido, una ofensiva contra la ignorancia y la barbarie. Se trata de educar, como lo sugería Schiller, estéticamente a las mayorías, para asumir un cambio sustantivo en sus modos de percibir la realidad, cambio que culmina
con la sustitución del modelo político anterior y con la construcción de un nuevo cuerpo político, ajustado a sus nuevas necesidades.

Cuando los hombres adquieren ideas y valores superiores a los ya existentes, no hay gas, perdigón o fusil que los detenga.
Si se tienen convicciones democráticas, conviene construir una hegemonía para la democracia. Y los partidos tienen que ser ejemplo de esa hegemonía. No se puede decir que se es demócrata y hacer todo lo contrario. “El orden –dice un refrán– entra por casa”.

No se puede amar sin despertar amor. “Si el amor no produce amor recíproco –como decía el joven Marx– si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia”.