• Caracas (Venezuela)

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Florence Thomas

Sí, Héctor, leí La oculta

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La leí en dos días. No la podía soltar. Y esto que te escribo hoy no pretende ser una crítica o ni siquiera un comentario literario. Es solo lo que me produjo su lectura seductora.

Primero lograste, a través de esos tres personajes, una narración que alcanza un justo equilibrio entre estos 150 años de historia de colonización de las tierras antioqueñas y el largo linaje de la familia Ángel, y sus secretos y confesiones, que poco a poco descubrimos a través de las voces de Antonio y sus dos hermanas, Eva y Pilar. Tres narraciones, tres vidas disímiles, muchas preocupaciones distintas; en fin, voces y sensibilidades aparentemente incomparables que magistralmente tejen el entramado de la novela.

Además, hay que decirlo, todo el tiempo haces presente a la mamá grande, doña Anita, alma indiscutible, aun cuando discreta, de La oculta.

Se siente un enorme trabajo de archivo, oculto detrás de una prosa que fluye y no deja cerrar el libro. Asimismo, un ejercicio valiente el de tu parte, pues asumes las voces de dos mujeres tan distintas, y probablemente todavía muy presentes en el imaginario de muchos hombres colombianos; valiente también por traer a esta tierra aún tan homofóbica, decimonónica y parroquial a un Antonio homosexual, siempre presente desde la distancia con la nostalgia de sus recuerdos de infancia y sus búsquedas genealógicas.

Claro, Héctor, como te lo puedes imaginar, tengo reparos con el lugar de segunda voz que otorgas a Eva y a Pilar respecto a la voz de Antonio. Además, a lo largo de la lectura tuve la impresión de que querías perfilar algunas mujeres de tu generación; es decir, casi de la mía: Pilar, una mujer atada a la tradición, una mujer patriarcal y generosa, una mujer de familia, de matrimonio para toda la vida y de sancochos domingueros; y Eva, quien rompió con todo, la posmoderna, la de varios amores, la feminista, dices tú, sin rumbo definido y sueños confusos.