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Luis Ugalde

Hazme un instrumento de tu paz

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El mundo se pregunta para qué elegimos un papa, qué hay detrás del impresionante despliegue ceremonial de rojos cardenales ancianos. Nos preguntamos por las cualidades, gestos, tareas e intenciones del nuevo papa Francisco, el jesuita Jorge Mario Bergoglio. Para mí lo más revelador de los deseos del nuevo papa es el nombre que ha escogido.

Francisco de Asís, un santo pobre de hace 900 años, capaz de inspirar a la humanidad en las encrucijadas y perplejidades actuales. Su figura nos habla de Jesús de Nazaret, de la reconciliación y cuidado de toda la creación, desde el “hermano sol” hasta el “hermano lobo”, y la “hermana agua”. El papa Francisco se sabe de memoria aquella emocionante oración del pobre de Asís, y la habrá rezado mientras iba en autobús con los cardenales:

“Oh, Señor, hazme un instrumento de tu paz. Donde hay odio, yo lleve amor. Donde hay ofensa, yo lleve perdón. Donde hay discordia, lleve yo la unión. Donde hay duda, lleve yo la fe. Donde hay error, lleve yo la verdad. Donde hay desesperación, lleve yo alegría. Donde hay tinieblas, lleve yo la luz”.

Para eso ha sido elegido papa. No es un programa voluntarista de un superhéroe que va a arreglar el mundo. Ese llevar paz, amor, perdón, unión, fe, verdad, alegría y luz es la aspiración humana superior, es la llamada oculta de Dios en nuestra intimidad, a cada hombre y mujer que busca sentido a su vida y la humanización sin guerras, ni fronteras.

Se cuenta que Francisco de Asís tuvo una visión de Jesús, que desde la cruz le pedía: “Reconstruye mi Iglesia, ¿no ves que está en ruinas?”. Reconstruir la Iglesia desde la pobreza y la simplicidad… Reconstruir la Iglesia hoy en el siglo XXI es ayudarla a salir de sus miserias y trampas palaciegas… y caminar con los pueblos, descalza como los pobres de poder dominio y con las alforjas llenas de amor servicio.

Continúa la oración de Francisco de Asís: “Oh, Maestro, haz que yo no busque tanto ser consolado como consolar; ser comprendido como comprender; ser amado como amar. Porque dando es como se recibe; perdonando se es perdonado; muriendo, se resucita a la vida eterna”.

Este es el corazón del Evangelio y de la esperanza humana. ¡Cuánto bien pueden hacer a la humanidad los seguidores de Jesús en el Vaticano y en el mundo entero viviendo esta oración como esperanza, sentido y alegría de su vida! Eso transforma el mundo en lo pequeño y personal, y en lo grande; en la economía, en la política y en el reconocimiento de las culturas.

Jesuita

Qué nos puede aportar este primer jesuita papa. S. Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, en los inicios de su conversión miraba el ejemplo de santo Domingo (fundador de los dominicos) y de san Francisco y se sentía invitado a imitarlos. “Si san Francisco hizo eso, yo lo tengo que hacer”. Juan XXIII hace medio siglo buscó con el Concilio Vaticano II una profunda reevangelización de la propia Iglesia Católica, más allá de estructuras palaciegas milenarias y del recital de verdades de fe. Salir a vivir la fe en Jesús, fe llena de amor de Dios que transforma el corazón e inspira la transformación de las estructuras sociales: una fe que promueve la justicia y construye el diálogo y la paz en el mundo. Los jesuitas, con el P. Arrupe al frente, tomaron muy en serio su renovación. Jesús desde los pobres y excluidos nos revela el amor y que Dios es amor. Francisco Javier es uno de los siete primeros jesuitas salidos de la Universidad de París. Al jesuita Bergoglio también le inspira este Francisco, el primero que rompió las fronteras entre Europa y la India, Japón, Oceanía y China, no como mercader-conquistador, sino como testigo del Evangelio. Todo jesuita pide a Dios que mueva nuestros afectos y gratitud “para que en todo podamos amar y servir”. Este Francisco en carta de 1544 desde la India miraba críticamente la Universidad de París donde él triunfó en deportes y estudios porque veía que muchos “estudian más para alcanzar dignidades, beneficios y obispados” y no para atender las necesidades humanas desde esos “estados eclesiásticos”.

El papado, la curia romana y los cargos eclesiásticos son para servir, no para recibir honores inflados. Bello y exigente momento para la Iglesia, para todo el pueblo de Dios, no sólo para los clérigos. También para reconstruir a Venezuela necesitamos ser instrumentos de la paz de Jesús y en todo amar y servir, para cambiar a una vida digna para todos.