• Caracas (Venezuela)

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José Domingo Blanco

Hambre de pobre

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Loli tiene fiebre, los ojos llorosos, la nariz aguada y el pecho oprimido. Además, le duele todo el cuerpo, como si la hubiesen golpeado o un camión la hubiera atropellado. Pero, cuando se tienen tantas responsabilidades, no hay enfermedad que la detenga. El miércoles, día cuando su cédula de identidad le permite comprar productos regulados, no pudo siquiera levantarse de la cama. Sin embargo, el jueves, a pesar de que se sentía terrible, se paró, preparó el desayuno con lo poco que tiene en la nevera, le dio un tetero sin leche al nieto que también está cuidando, agarró su uniforme y se fue a trabajar. A Loli lo menos que le provoca es ir a limpiar una casa que no es de ella. Ese malestar le pide cama, una limonada caliente y algún medicamento que la haga sentirse mejor. Pero, ella sabe que, si no trabaja ese día, no cobra. Y si no cobra, no puede llevar algo de comida a su casa: esa comida que tanto le cuesta conseguir y que, cuando la encuentra, se le hace difícil pagar. “Necesito el dinero… si no trabajo hoy, no comemos”, le dice a la vecina del barrio que le recomienda quedarse en la casa porque, le asegura, “tú lo que tienes es zika”. Es esa misma vecina con la que, en ocasiones, planea cerrar la calle y protestar porque el hambre le ha puesto flacos –muy flacos– a sus muchachos. Y pese a la fiebre y la amenaza de lluvia que pudiera complicar sus síntomas, se encamina resignada a ganarse la platica con la que intentará esa noche –luego de mucho recorrer, preguntar precios y hacer colas– preparar la cena.

La pobreza no se oculta. La pobreza se ve en el rostro demacrado y desesperado de mujeres que antes eran robustas. El hambre, una de las primeras señales de la miseria, no se disfraza porque impregna la cara de quien la padece de tristeza. Y luego se esparce por todo el cuerpo, hasta dejar la piel gris y pegada a los huesos. La pobreza no se oculta porque deshilacha a quien la padece. Borra para siempre la alegría e inyecta las palabras de desesperanza. ¡Cómo puede ser feliz alguien que solo conoce carencias! La pobreza se ve en los ojos suplicantes de esos hombres y mujeres que ya no saben qué hacer para alimentar a su descendencia. Cada día, son más los venezolanos que se suman a esta deshonrosa fila que Chávez en su momento juró que iba a erradicar. Familias enteras que han descendido a un estrato que nunca desearon ocupar y que hoy sortean la situación eliminando dos de las tres comidas que se recomiendan al día. Y las que ya se encontraban en situación de pobreza ahora, además, saltan de la crítica a la extrema.

La pobreza en Venezuela despertó en los últimos años con un apetito voraz que arrasa todo cuanto encuentra a su paso. Cada vez somos más pobres. Cada vez son más frecuentes las Loli, los Pedros, los Juanes y las Marías que, semana a semana, le abren un nuevo hueco al cinturón para que el pantalón –por culpa del hambre– no se les caiga. Somos las víctimas de un gobierno integrado por incapaces que solo se ocupan de evitar “su pobreza” y salvaguardar “sus recién adquiridas e injustificables riquezas”. Dirigentes inescrupulosos que han hecho de la escasez y el hambre su mejor arma. Saqueadores de oficio que disfrutan con el dolor que infringen en los ciudadanos que gobiernan.

“El incremento de la pobreza es alarmante. La proporción de hogares en pobreza aumentó a 73% (esto es, 25% con relación a 2014), con la característica muy preocupante de que prácticamente la mitad de los hogares (exactamente 49,9%) no tienen los ingresos para adquirir la canasta de alimentos”. La advertencia la hace el profesor y apreciado amigo Marino González, con quien conversé recientemente, sobre los estudios de Encovi, Encuesta de Condiciones de Vida que realizan destacados investigadores de la UCV, la UCAB y la USB.

De sus comentarios y análisis extraigo uno sobre el que ya han alertado otros especialistas: “Si las familias no perciben un ingreso que permita adquirir alimentos, las consecuencias en la alimentación son también significativas. De acuerdo con los datos de Encovi, cerca de 15 millones de personas tienen dificultades para garantizar los alimentos del día (...). Luego de casi 8 meses, sin cambios en la política económica, es muy previsible que, si ha habido variaciones, es para peor. Reportes de encuestas de opinión pública señalan que 30% de la población está realizando solo 2 comidas diarias. Por consiguiente, las proteínas ya no se encuentran en los primeros lugares de consumo de alimentos. Esta situación es especialmente crítica para infantes, escolares y mujeres embarazadas”.

El profesor González advierte además sobre el incremento de hogares en los que se ha alejado la posibilidad de dejar de ser pobres. El aumento de casi 50% en un año de la pobreza estructural indica una tendencia preocupante porque es sinónimo de una mayor brecha. “En otras palabras, el aumento en la pobreza estructural es otra forma de indicar el aumento del rezago de personas y familias para alcanzar mejores niveles de vida”… una situación de la que están exentos quienes, durante 18 años, solo se han ocupado de robar a la nación.