• Caracas (Venezuela)

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Yoyiana Ahumada

Hágase la paz

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El miedo había estallado allí, al interior de la sala. Sin distanciamiento brechtiano, sin miramientos, ni melindres; el creador y director de 400 sacos de arena, Luigi Sciamanna, nos removía de nuestra zona de confort de espectadores que no se involucran, que se desconectan una y otra vez desde los teléfonos inteligentes –esa odiosa manía de no apagarlos, de estar presentes todo el tiempo– y nos aventaba al terror.

Desde que la obra inició a las 8:00 en punto, el creador comenzó por exigir entrega, nada de distraerse en medio de la ¿función?, había que estar de cuerpo presente, para entrar en ese estado extático, que se produjo por casi dos horas. Se trataba de indagar en la fe y el amor a Dios, que impulsa a festejar la creación de todo cuanto existe, y de tomarse el inmenso riesgo de perdonar todo pecado: “El que está libre de pecados que lance la primera piedra”. Imposible no sentirse tocado. Renunciar a la confesión de la rabia que se ha sentido, de los malos pensamientos, de la sombra que salta sin aviso.

 En el convento de Santa María de las Gracias, en el Milán de 1943, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, no hay lugar para la culpa: en las oraciones y plegarias, en los ritos que con esa levedad puede llegar a tener el alma de la cotidianidad en un recinto consagrado a Dios; solo caben amor y gratitud. Esa es la primera sensación que produce 400 sacos de arena, una inmensa oleada de amor, amor en las palabras, en la forma de amasarlas, en cada gesto, en la comunión, en los cantos y el gesto de cada una de ellas, las hermanas, encabezadas por la madre-abadesa: amor, ternura, bien decir, buen hacer. Y nosotros, todos, tan ávidos de esas virtudes.

Un llamado al silencio, ese espacio desde donde puede surgir la serenidad y el esplendor. El espectador se queda sin tretas porque debe acompañar a las hermanas en cada gesto, desde el trabajo físico de transportar los sacos de arenas para cumplir con su deber de salvar la obra del hombre; al tomar el alimento, al conducir los rezos, al llevarnos repetir en voz queda, o hacia adentro, hondo, a manera de púlpito los domingos: el Padre Nuestro, el Ave María…

Las extraordinarias licencias poéticas que se toma el autor para redimir figuras como la de Eva, la primera madre de los hombres, y María Magdalena la esposa y compañera de Jesús, son estremecedoras y colocan al mundo femenino en el centro de la creación y de su propuesta, “la mas intuitiva de sus obras” como ha dicho el propio autor; pero, además, interpela a la estructura patriarcal y casi misógina que ha conformado la jerarquía eclesiástica a partir del razonamiento del apóstol Pablo según el cual “en el diseño divino hay un orden de sujeción” que encuentra explicación en la Epístola de San Pablo en  el libro del Nuevo Testamento

1 Corintios 11:3 Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.

Sciamanna, cual el inquieto papa Pancho, el actual papa Francisco, y el impulso que ha traído su gestión en las transformaciones que viene sufriendo la institución católica, coloca en el centro de la mirada el papel de la mujer en la Iglesia. Pero va más allá: su tributo es a la pulsión de lo femenino y su complejidad, al misterio de lo femenino y, por ello, con la misma fuerza mística que tienen los hermosos cantos gregorianos que interpretan en la pieza, resalta la sensualidad y el temblor de la carne, cuando introduce en medio de este recinto estrogénico a un soldado, que recuerda al David de Miguel Ángel, de sus piezas anteriores –La novia del gigante de mármol y la precuela: El gigante de mármol–. El soldado, recio, curtido en las trincheras, apolíneo y rígido, es el portador del anuncio del bombardeo a la ciudad de Milán que se producirá en pocas horas. Esa suerte de gigante marmóreo se irá transformando a lo largo de ese día en un hombre civil, en uno más de esa hermandad a partir de la fe, la solidaridad, la gratitud y el amor. Su presencia provocará los estremecimientos naturales que semejante portento masculino puede causar en la comunidad de las esposas de Dios. Un encuentro entre este servidor de una causa yerta como la guerra y una fémina consagrada a la devoción religiosa es el canto a la vida. El misticismo no se ve perturbado. La unión de un hombre y una mujer es el festejo de los sentidos y no expulsión del paraíso.

No cabe hablar de actuaciones –aunque magníficas todas–, la impronta que nos llevamos a casa, después de llorar sin razón alguna, con un estremecimiento que no abandona con el pasar de los días, es la de que los personajes han traspasado a las actrices. El elenco junto con el hermoso soldado constituyen una hermosa partitura de voces, guiños y ritos.

Como el mapa que habrán de tatuar en la memoria, todas las rutinas de ese día en el convento de Santa María de las Gracias, tan igual a los otros y tan distinto a la vez, habrán de sacarlas a la luz, hacia un territorio desconocido, fuera de su nicho. Antes de la partida deberán preservar la hermosa obra La última cena, la obra de otro de los grandes maestros del renacimiento Leonardo Da Vinci, y protegerla con 400 sacos de arena.

Salimos del origami de Chacao, temblando. La ovación fue unánime y el asombro también. Nos hicimos a la noche corriendo, como uno solo, apurando el cruce de la calle, huyéndole al peligro, ese que nos sigue a todos lados desde hace tanto. Nadie se atrevía a hablar de lo que acabábamos de compartir, y antes de que el subterfugio perpetuo en el que vivimos nos abordara, nos miramos de soslayo y entre sollozos entrecortados dejamos salir el secreto de confesión: “Qué mal estamos que no sabemos qué hacer con el silencio”. Habíamos vivido la llegada de la guerra y habíamos escuchado el sonido del terror.

Y fue un respiro haber salvado La última cena de las bombas. El arte volvía a ser la única huella perenne del hombre. El camino de regreso al alma daba su primer paso.

Un canto de paz, una ceremonia, un inmenso gesto de generosidad. Un llamado al silencio, a la mirada interior. Una celebración de la civilidad, una apuesta por el arte y la vida. Más que una representación, una plegaria. Más que una obra de teatro: un acto de redención. 400 sacos de arena sobre el alma de una ciudad aterida de amor