• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

¡Hágase la luz!

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Ricardo Zuloaga, in memoriam

En los tiempos de Don Ricardo Zuloaga la Electricidad de Caracas era una tacita de plata. Amigo de sus amigos, bondadoso, lúcido y generoso, le oí de sus labios, emocionado, unas insólitas disculpas: no podríamos sostener la habitual reunión de que disfrutábamos semanalmente para hablar de lo humano y de lo divino porque quería llevar a los inquilinos de su finca, a los cuales trataba como a sus hijos y a los que había visto nacer, a conocer el mar. Le escuché conmovido el relato de la aventura: alquiló tres omnibuses, montó a todo su personal, atravesó media Venezuela con ellos  y se los llevó a Choroní. Nada más llegar a la orilla de la playa bajaron asombrados ante la inmensidad del mar que tenían por primera vez ante sus ojos, esforzados campesinos venezolanos enraizados en su tierra, hasta que no pudieron aguantarse, y se echaron a las aguas vestidos de pies a cabeza.

No supe exactamente qué era más emocionante: si la historia, digna de un cuento de García Márquez – Viendo el mar desde Macondo – o Ricardo, con la felicidad retrataba en su rostro ya nonagenario. Hago un alto para contar que a él y a Pompeyo los he considerado mis padres venezolanos. Una tierra tan generosa, tan libre hasta entonces de rencores y de ofensas, que siendo el uno un mantuano de prosapia y el otro un comunista de la más pura raigambre, han sido para mí guías y ejemplos de vida.

¡Cómo han cambiado los tiempos! ¿Puede alguien imaginarse al capitán responsable del asesinato de dos modestos trabajadores del canal del Estado en un acto de alevosa traición y horrendo desprecio al valor de la vida, hoy con el absurdo cargo de ministro de electricidad – que yo sepa, único en el mundo, como si en un país pudieran existir ministerios de caraotas o de pelotas de fútbol – ansioso por hacer felices a los trabajadores de la así bautizada Corpoelec? ¿O verdadera y sinceramente preocupado por el óptimo servicio de la grave responsabilidad a su cargo? La tacita de plata, que Ricardo y su familia, herederos de quien pusiera en pie la electrificación de nuestro país, todavía hundido en el atraso polvoriento de montoneras y feudalismo, conociera como la palma de su mano y cuidara como a la niña de sus ojos, en manos de la desidia, la ineficiencia y la corrupción - ¿o nos olvidaremos de los millones y millones de dólares saqueados en la piñata de sus corruptelas – es hoy una chatarra entregada a la voracidad de la rapiña.

Lo sé por experiencia propia. Nadie cuida más cosas y empresas, que aquellos que las crearon y cuyas vidas dependen de su buen funcionamiento. Nadie es más responsable de un bien, que su propietario, al que le ha costado sueños, esfuerzos, preocupaciones, sangre, sudor y lágrimas. Ninguna empresa puede ser más responsable que la privada en manos de sus únicos dolientes: sus propietarios. El Estado es un saco sin fondo que suele estar en manos desprevenidas, inexpertas y absolutamente desinteresadas de su destino. Asaltantes del bien común armados de espurias apetencias, ambiciones desaforadas y  trasnochadas ideologías. Campo de experimentación de delirios que suelen terminar en pesadillas. Finalmente el fracaso del Estado no tiene dolientes. A otro con ese muerto. A nosotros, los inermes ciudadanos.

De allí la pesadumbre que me envolvió en las siniestras tinieblas de esta noche. La falta de luz dejó de ser una metáfora de Bolívar para convertirse en pesadilla de quienes hacen escarnio de su nombre. Malditos sean. Y que la maldición caiga sobre ellos y sus descendencias políticas. Merecen ser oscurecidos para siempre.