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Elsa Cardozo

Hace un siglo

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“Según que van transcurriendo los días, el mundo va enterándose de que el conflicto europeo es una catástrofe de proporciones inauditas en la historia”.

Así se escribía desde Caracas, en agosto de 1914, sobre la Gran Guerra que recién comenzaba. Eran palabras de Jesús María Semprum quien, como otros intelectuales venezolanos, había anticipado las dimensiones de un conflicto fraguado entre el agrietado sistema europeo de alianzas, las tensiones nacionalistas de la paz armada y el empuje de la segunda revolución industrial. Era difícil prever la duración de aquella guerra ante la cual, mientras nuestra intelectualidad desarrollaba en sus escritos y tertulias reflexiones tan refinadas como las que recogió en sus páginas El Cojo Ilustrado, el gobierno se decidía por la neutralidad. Una posición nunca formalmente declarada, pero asumida desde los primeros días de agosto de 1914 con una mezcla de argumentos jurídicos internacionales impecables y propuestas muy sensatas, al lado de inocultables intereses y manifestaciones de simpatía con Alemania, cuidando no chocar con los aliados que la enfrentaban.

Tal neutralidad, que por justificadas razones fue la política prevaleciente en nuestro continente hasta 1917, era también para el gobierno venezolano una manera de aislarse del escrutinio internacional justo cuando terminaba de desenmascarar su naturaleza autoritaria y personalista para imponer su idea de unión y paz nacional. De modo que el régimen que reprime nacionalmente es el mismo que condena “el impulso de la fuerza bruta en el mundo”, en palabras del epistolario del propio Gómez. No tomar partido ante el conflicto le permitía mantener un razonable margen de maniobra interior y exterior, no solo político sino, por supuesto, económico.

Abundaron las recomendaciones al Benemérito: dejar la neutralidad a tiempo de acercarse a los aliados y quedar mejor ubicados en el mapa de posguerra, decía César Zumeta; mantenerla porque los alemanes podrían salir victoriosos y serían el mejor contrapeso al poder de Washington, aconsejaba Laureano Vallenilla Lanz. Pero el discurso neutral se sostuvo aún después del momento cuando casi todo el hemisferio americano lo abandonó en solidaridad con Estados Unidos.

No eran únicamente de naturaleza geopolítica y de expresión de afinidades hacia Alemania o Inglaterra las reflexiones sobre la guerra. En sus primeras semanas, escéptico ante las iniciativas pacifistas que la precedieron, Luis Urbaneja Achelpohl la consideró “libertadora para los pueblos” a los que se había hecho insoportable la carga de las rivalidades comerciales y los recelos entre las potencias en “paz armada”. Pedro Fortoul Hurtado la contemplaba como parte de “la ley providencial del progreso” que, en lugar de significar “una ilógica vuelta a la barbarie”, era un “violento cambio de rumbo de la civilización” que tendría el efecto de una “universal renovación”.

Para otros comentaristas tempranos eran de lamentar las vacilaciones de los pacifistas, pero también la persistencia de las violencias criticadas a otros en el pasado y entonces.

Al hablar de “nuestro público” escribe Semprum, abatido por el mundo y el país: “Desde que se declaró la guerra y se tuvo noticias de que en ella tomaban parte las grandes potencias militares de Europa y de que la carnicería consiguiente sería espantable, el público no duerme tranquilo, invadido por un linaje de fiebre aguda, regodeándose con las noticias de las batallas y las cifras que expresan los muertos y heridos, en enfermiza delectación morosa”. En suma, no se equivocó el cronista que al augurar una “catástrofe inaudita” anticipó su estela: “No hay tal vez una sola esfera del pensamiento y de la actividad del hombre en la cual no haya de ejercer la presente conflagración una influencia más o menos honda”.