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Corina Yoris-Villasana

Hablando de silencios

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A mis colegas ucabistas Gustavo Peña y Mario Di Giacomo

 

En días pasados, unos colegas universitarios, a quienes dedico este artículo, enviaron a la red de la universidad sendas reflexiones sobre la necesidad del silencio, en esta época ruidosa, bullanguera, estridente. Ese llamado al sosiego me sirvió de motivo para el artículo de hoy.

Silencio, proveniente del latín silentĭum, es un concepto que nos remite a “ausencia de ruido”, pero también es un recurso “paraverbal”.

En un intercambio de ideas, en una simple conversación, un silencio puede ser interpretado de diferentes maneras; desde ser una simple pausa, aconsejada por la correcta puntuación que en el habla se guarda con esos silencios, o puede obedecer a una dramática significación.

Podríamos hablar del silencio interior, donde reine la quietud profunda; o del silencio de los cartujos, primordial en aras de lograr la contemplación. Encontramos el silencio que nos acerca a pensar en el sentido profundo de la vida, como bien expresara Ratzinger en su momento.

Podemos quedarnos en silencio por estupor al presenciar hechos que han atentado contra la humanidad, como es la visión de un campo de concentración. Ese silencio es también un grito desgarrador.

Topamos también con el silencio impuesto como castigo, o el silencio producto del temor a la sanción, a la represalia. Está el extraordinario silencio musical, “signo que representa gráficamente la duración de una determinada pausa en una pieza musical”.

Recordemos el silencio de Tomás Moro, el gran humanista del Renacimiento europeo, quien optó por guardar silencio para no pronunciarse ni de manera afirmativa ni de manera negativa ante la solicitud de Enrique VIII de anular su matrimonio con Catalina de Aragón y, así, poder contraer nuevas nupcias con Ana Bolena. Ese silencio, escogido por él de manera libre, sin coacciones de ninguna especie, que le permitió elaborar la famosa y valiente estrategia que empleó con el propósito de defender a ultranza la libertad del espíritu humano, le costó la vida; murió decapitado; pero ese silencio, cuyo significado no era otro que preservar su libertad de conciencia, la defensa de su fe, también le fue reconocido con su canonización en 1935.

En este brevísimo recorrido por “los silencios”, emerge uno que abofetea a quienes participaron (y participan) de él: el silencio de la mujer; la condena de su libre expresión; la negación de su incursión en el mundo de la cultura, de la narrativa, de la filosofía. ¿Cómo han escapado (hemos escapado) las mujeres de ese silencio opresor? ¡Nada más y nada menos que usando “el lenguaje opresor”! Expresarnos como quieren y norman los artífices de esa opresión. La mujer fue considerada “musa”, pero no poeta. La “décima musa”, sor Juana Inés de la Cruz, es llamada así por no llamarla poeta. Incluso, el propio lenguaje reconoce el vocablo poetisa para la mujer, mas no poeta. Tarda en aceptar este último para referirse a persona que escribe obras poéticas.

Hay silencios que se convierten en delito; el silencio ante las injusticias; el silencio que se hace cómplice ante la tortura; el maltrato; la violación de los derechos. Bien decía Miguel de Unamuno que a veces, el silencio es la peor mentira. El silencio informativo se puede tornar en delito; el silencio de quienes deben hablar y callan. El silencio de los silenciados que no se denuncia; el silencio, en este contexto, es la contraparte del deber de hablar; al no hacerlo, al no hablar, ese silencio deviene en una trasgresión moral.

Volvamos a los silencios que ennoblecen; a los silencios del amor; a los silencios de la poesía; al silencio musical. Al silencio de la noche, cercana al amanecer, cuyo nombre, tomado del latín conticinĭum, se refiere a esa hora cuando predominan la tranquilidad y el silencio; ese silencio inspira al gran Laudelino Mejías para componer el tan conocido vals venezolano “Conticinio”.

El silencio también es motivo sugerente del famoso poema de Andrés Eloy Blanco, “Silencio”, que finaliza así: “Y cuando todo se acabe/ por siempre en el universo,/ será un silencio de amor/ el silencio”.