• Caracas (Venezuela)

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A pesar de sus incoherencias políticas y teóricas, la influencia del político y pensador francés de principios del siglo XX George Sorel se siente desde Lenin y Mariátegui, hasta Mussolini. Él introdujo en el pensamiento político la idea del mito social.

El mito social inspira una acción excepcional y enaltecedora por sí misma; dirige las fuerzas emocionales de las masas, mediante unas imágenes coloridas y cálidas que dan sentido a la voluntad colectiva. No tiene que ver con una argumentación racional, ni con una narración objetiva y real. Exalta lo mejor de las masas, su fuerza espiritual, su abnegación y su fe, les dignifica en el proceso mismo de la irrupción de sus fuerzas.

La Ilustración, primero, y el positivismo después, pretendieron haber dejado atrás los mitos, al lado de las supersticiones; pero ellos han irrumpido, una y otra vez, invencibles, hasta convencer a algunas de las mentes más brillantes de la actualidad, de que se trata de un rasgo universal de la especie humana. Recordar la crítica de Adorno y Horkheimer, a la evolución paradójica de la razón y la ciencia en el iluminismo, que había pretendido desplazar y eliminar los mitos, para finalmente convertirse en otros tantos. Corrientes significativas del pensamiento, lo han entendido como un rasgo antropológico universal: las propuestas mitoanalíticas de la Escuela de Eranos (Durand, Eliade, Jung) y también el pensamiento complejo de Edgar Morin.

Desde finales de la década de los setenta, y con más fuerza en los ochenta, se manifestó entre algunos intelectuales venezolanos una crítica histórica del llamado “mito heroico” que comprendía el “mito de Bolívar”. Cuando irrumpe el chavismo a la vida política venezolana, la oposición contó con esta tradición de crítica al bolivarianismo, que se hizo multidisciplinaria. Los aportes de los historiadores (Carrera Damas, Herrera Luque, Caballero, Straka, Quintero) se complementaron con los de los sociólogos y los psicólogos (Madueño, Ana Teresa Torres, Fernando Yurman).

Para rechazar el bolivarianismo, se sitúan en un exterior racionalista, pragmático, cosmopolita e individualista liberal, y, quizás, hasta no-venezolano, más específicamente, norteamericano. Un Rodó al revés. En “Ariel”, los anglosajones representan un Calibán pragmático, técnico y brutal que no podía conciliarse con las cualidades idealistas, delicadas y aéreas del Ariel latinoamericano, artista y poeta humanista. Para Torres, por ejemplo, es lo contrario. Ariel es el pragmático, racional, cívico, anglosajón; Calibán es el “heroico”. “Heroicos” son el malandro y el caudillo personalista, pues se ubican en la guerra y la violencia del abuso, rechazan la racionalidad, las normas cívicas y el esfuerzo individual, sustituyen la aplicación pragmática y el desarrollo técnico por la explosión y la improvisación chapucera, llena de verborrea, el desorden animado por delirios ideales, específicamente míticos.

Se pudiera sugerir que estamos en presencia de la contraposición de dos mitos: el racionalista-pragmático-individualista-burgués contra el heroico e idealista resentido, de la Independencia y de Bolívar. Esto no es nuevo. Ya lo hizo Carlos Rangel, quien reducía el antiimperialismo al resentimiento y la envidia de los Calibanes heroicos. Sospechando de los intereses de clase por detrás de los discursos, se podría decir que aquí se expresa simplemente el desprecio hacia lo popular por parte de unas clases pudientes admiradoras de lo norteamericano.

Pero esta abundancia de material crítico tiene un efecto paradójico en el lector. Queda la idea de que esos mitos o imaginario constituyen a la nacionalidad venezolana y al chavismo por igual. De la lectura pudiera entenderse que el chavismo, al recoger todas esas tradiciones, ese imaginario cultural, esos arquetipos del inconsciente colectivo, es una suerte de fatalidad venezolana. Es, a la vez, utopía, mito, tradición y cotidianidad de los venezolanos. No podemos no ser chavistas.