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Beatriz de Majo

La Habana y Pekín, de tú a tú

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El primer viaje del canciller chino Wang Yi a su homólogo cubano Bruno Rodríguez la semana pasada estuvo salpicado de floridos halagos diplomáticos. Es que la esencia de la diplomacia es esa: la de manejar las relaciones de manera tal que todo se perciba en positivo, que se transmita la intención de cooperación, que se minimicen los roces y desavenencias, que se ponga volumen a lo trivial para que luzca heroico, que se alaben de manera esdrújula las virtudes mutuas..

Por supuesto que la prensa cubana se encargó de aumentarle los decibeles a las declaraciones del canciller asiático en torno al país insular cuando este se refirió a la “sorprendente dinámica económica que actualmente exhibe Cuba”, ignorando deliberadamente mencionar que China le compra a Cuba menos de la mitad de lo que le vende.

Nada mejor para la percepción externa de la isla que destacar superlativamente ante el continente las relaciones que Cuba –diminuto país del Caribe de menos de 12 millones de almas–  intenta fraguar con el coloso de Asia de más de 1.400 millones de ciudadanos. Que los cubanos hayan recibido con fanfarria a Yi, quien se detuvo en La Habana con el encargo de preparar el viaje oficial del presidente Xi Jinping no debe, pues, llamar la atención.

China, después de Venezuela, es el segundo socio comercial de Cuba a escala planetaria. El comercio bilateral totalizó casi 2.000 millones de dólares en el año 2012, de acuerdo con datos oficiales de la Oficina de Estadísticas de Cuba y, aun cuando esa cifra no alcanza a ser sino una quinta parte de la que comprende el comercio entre los dos socios revolucionarios caribeños, la misma no es deleznable.

Los últimos datos oficiales disponibles de Cuba, los de 2012, muestran cómo sus importaciones guardaron una relación con sus exportaciones de 3 a 1, y ponen de relieve una economía altamente dependiente de los suministros externos. Si la relación bilateral con Venezuela lo que muestra es un panorama sombrío en el futuro inmediato por el deterioro significativo de la economía venezolana y su incapacidad de continuar subsidiando a la isla, no es sino natural –y hasta forzoso– que La Habana tienda a querer consolidar y a fortalecer lo ya construido con su segundo socio comercial, Pekín.

Quedaría por despejar la incógnita de lo que aspira a ganar el gigante de Asia con una presencia activa aunque desigual en el Caribe que justifique una tercera visita cumbre en seis años.

Cuba goza de una posición geográfica privilegiada por la cercanía con Estados Unidos, se encuentra en un proceso de apertura hacia un capitalismo de Estado que intenta emular al modelo chino y mantiene con aquel gobierno una sintonía ideológica fácilmente explotable a favor de los asiáticos dentro de un ambiente continental en donde las izquierdas tienden a debilitarse. Por otra parte, la posibilidad no descartable de un cambio de viento en el modelo político venezolano dejaría igualmente a los chinos sin un socio doctrinario en un vecindario en el que es estratégicamente deseable mantener una pica en Flandes.

Por último, la hora china parece ser la buena en el ambiente latinoamericano. Fue precisamente desde La Habana que China fue invitada a participar en próxima reunión cumbre de Celac, a fin de 2014. Recordemos que este es el único órgano multilateral continental donde deliberadamente los países han vetado y bloqueado el ojo vigilante de Estados Unidos.