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José Rafael Herrera

HTRAE (país bizarro)

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Toda semejanza es, a la vez, manifiesta y oculta. El tiempo presente es testigo de la manifiesta existencia de un complejo sistema de signos que suelen invertir, casi mecánicamente, la relación de lo visible y de lo invisible. Cuestiones de formación cultural, de un determinado modo de producir, de una forma especial de hacer y de pensar. Cuestiones, en fin, de historicidad. Más que el conocimiento de las similitudes, como ha indicado Foucault, el reconocimiento tiene sus fundamentos en el registro cuidadoso de los signos y en nuestra capacidad para descifrarlos. Entre tanto, el rostro del mundo está cubierto de cifras y caracteres, de palabras que -labor de la inteligencia- conviene descifrar: “el gran espejo tranquilo en cuyo fondo se miran las cosas y se envían, una a otra, sus imágenes, está en realidad rumoroso de palabras. Los reflejos mudos son duplicados por las palabras que los indican. Y gracias a una última forma de semejanza que implica todas las demás y las encierra en un círculo único, el mundo puede compararse a un hombre que habla”.

La aparente mudez del mundo es, ella misma, un signo de los tiempos. La forma abstracta, impuesta, funge cual mordaza para velar -y acallar- lo que tarde o temprano termina por manifestar que la condición meramente receptiva, pasiva, de simple observación, es una construcción ajena, impuesta y, por ello mismo, inadecuada del ser. Basta con asumir lo que Heidegger designaba como “la cura”, cabe decir, la conciencia de la interacción del sujeto consigo mismo, su carácter decididamente constructivo de la intersubjetividad, o lo que es igual, de la objetividad social y política, para superar el desgarramiento, develar el espejismo de la inversión, recuperar la razón y la libertad.

Bizarro es palabra que siempre indicó Virtud. Fue Maquiavelo, apasionado apologeta de la Roma republicana, quien puso de manifiesto, precisamente para la conciencia de su tiempo, la consistencia del término, a fin de caracterizar el talante del 'condottiero' que, capaz de enfrentar al destino -la Fortuna-, siempre -o casi siempre- encontraba el modo de superar los límites que éste le imponía, no sin esplendor, generosidad, lucidez y, sobre todo, gallardía. La Virtud es bizarra porque se adecúa con la integridad y la excelencia, el poder y la fuerza de arrojo. Es la cualitas que posibilita, a quien es capaz de poseerla, y auxiliado por las circunstancias, superar las dificultades y ponerlas a su favor. Virtuoso -bizarro, en suma- es, además, sabio, porque sabe cómo llegar a sus propósitos sin interferir con los de los otros. Es, en síntesis, la conjunción de la teoría y la praxis, el portador de “la cura”, aquel que “sabe remar contra la corriente”.

En los últimos años, en Venezuela, la palabra “bizarro”, como casi todo lo que circunda a un país material y espiritualmente empobrecido, escindido en sus ideas y valores, profundamente afectado por el fenómeno del llamado “mundo invertido”, ha derivado en extrañamiento de sí misma. El recuerdo de su significado original se encuentra disociado de sus orígenes. Y fue por cierto el gran Aristóteles quien pusiera por vez primera de manifiesto esta consistente necesidad: las cosas sólo se pueden comprender por sus orígenes, “pues mediante ellos y a partir de ellos se conocen las demás cosas, y no ellos a través de lo que les está sujeto”.

Claro que el “mundo bizarro”, surgido de la mitología contemporánea presente en los comics, terminó por invertir el origen del término. Bizarre, de hecho, significa extraño o raro (“freak”) en inglés y representa, por cierto, el sentido inversamente proporcional del término en lengua española. Es 'el otro de este otro', sometido al “rayo duplicador” de Lex Luthor, quien aspira vencer al 'superhombre' -ya sugerido por Nietzsche- con su antitesis. Pero Bizarre, despreciado por los hombres, ya no vive en  Earth, la Tierra, sino en Htrae, la tierra al revés, el otro lado del espejo terrestre, quien, acompañado de “Bizarre-Lois” pueblan el planeta Htrae, un mundo hecho a su imagen y semejanza, para no decir re-torcido.

De nuevo: toda semejanza es manifiesta y oculta. Manifiesta, en virtud de la claridad y distinción que la conciencia sea capaz de hilvanar, desde sus orígenes hasta el presente, a objeto de hacer decir la verdad al mundo, ejerciendo, para ello, su derecho a “la cura” (die Heilung). Oculta, si, mediante la pérdida del propio reconocimiento, se manipulan y cristalizan las formas del pensamiento, fijándolas hasta hacerlas sentido común.

Hay entre los venezolanos una suerte de Lex Luthor llanero. El país parece haberse volteado por la acción de algún extraño “rayo duplicador”, a consecuencia de lo cual se transfiguró su condición bizarra de origen latino (piénsese en las motivaciones de un Eduardo Blanco para construir su “Venezuela Heroica”, siguiendo para ello nada menos que el modelo de las deidades del Olimpo; o piénsese, más humildemente, en esa cartilla de buena ciudadanía, que es el Manual de urbanidad, de Manuel Antonio Carreño) para devenir esta extraña especie de infamia en la que a los gánsteres se les atribuye la condición de 'héroes nacionales'.

Desde el momento en el cual este muy particular personaje 'eterno' apuntó con su rayo, cargado de ignorancia y resentimiento social -auxiliado por el odio manifiesto del conservatismo de una élite que jugó, sin duda, su última carta, con tal de recuperar el poder que las formas democráticas le habían sustraído- al corazón mismo de una nación decente, alegre y amable, respetuosa y trabajadora, desde ese mismo momento, quedó sumido en la “ley del más fuerte”, de la trampa y la emboscada, un auténtico Estado de naturaleza, indecente, triste y agresor, primitivo e intolerante, del que sólo puede anhelarse salir. Y, es probable que sea cuestión de tiempo el hecho de que, no sin 'voluntad de poderío', el mundo desate la mordaza impuesta, que hable, pero, sobre todo, que actúe en consecuencia.