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Rodolfo Izaguirre

¿Eufemismos?

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El diccionario define con elegancia la palabra eufemismo y dice que es “la manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Ciertamente, es un ejemplo de circunspección decir que la chica tiene físico ingrato para no cachetearle la verdad. Para los optimistas, la tercera edad es una juventud prolongada y el eufemismo galopa en el país desde el momento en que comenzó a ser peligroso disentir y opinar. Bastó y sobró que el caballito del escudo dejara de galopar mirando p’atrás y de ser el que conocimos en la cuarta república para que los militares en el Gobierno recibieran órdenes cubanas y beatificaran al pajarito que sigue revoloteando sobre la cabeza de un ungido que pavonea aquí y allá su ilegitimidad presidencial.

¡Seguimos, en todo caso, chapoteando en las ciénagas del eufemismo! Nunca hemos dejado de cambiarle el agua al canario ni las mujeres de “peinarse” en los baños del teatro o de los restaurantes. En mi infancia, cuando la tuberculosis entraba en las casas como si se tratara de un pariente muy cercano, la enfermedad avergonzaba a las familias y para señalar que alguien la tenía nos tocábamos la espalda y comentábamos que el enfermo estaba “mal de los ojos”.

En la paternidad no se alude a la negritud pero hablamos de un inocultable “salto atrás”. El racismo no alcanza la ferocidad de los fanáticos del fútbol español que imitaban a los monos o simulaban comer bananas cada vez que el camerunés Samuel Eto’o salía a jugar. Los venezolanos somos pisapasitos: nos tocamos disimuladamente el dorso de la otra mano con el índice para señalar que alguien es negro y consideramos “afrodescendientes” a los que no suben al Ávila por Altamira. ¿Pero qué hacemos con el negrito del Batey? ¿Aceptaría Rolando Peña llamarse el Príncipe Afrodescendiente? Mi amigo el coreógrafo José Ledezma, mejor conocido como el Negro Ledezma, y Elisa, la Negra Maggi, viuda de Salvador Garmendia, están dispuestos a mentarle la madre a quien los llame afrodescendientes, y el hecho de que la niñita a la que se le salen los pies de la cunita sea negrita y no afrodescendiente no impedirá que Bola de Nieve y Omara Portuondo le compren la nueva cunita que va tené capité, que va tené ca’cabé.

El régimen militar se deslumbra con lo que cree estar haciendo y convierte en éxitos sus derrumbes y despropósitos: el fracaso de las viviendas se pregona como una exitosa solución habitacional; las brutalidades que perpetra la Guardia Nacional contra los civiles desarmados se justifican porque forman parte de una supuesta misión de seguridad. Los niños de la calle se llaman niños de la patria pero siguen siendo los mismos niños realengos y abandonados de siempre. Las muertes violentas de fin de semana son ilusiones que hacen reír a los ministros del castrocomunismo y los desastres de Amuay sólo causan “daños colaterales”. Al menos, con la multiplicación de los penes disponemos de una nueva misión exitosa: la Misión ¡Pene Adentro!

En un tiempo, el eufemismo jugaba garrote en los terrenos de la homosexualidad abrazándose a las expresiones más soeces: le gusta que le den por donde le dan a las balas, le gusta la coca cola hervida; reveladoras de un país primitivo, insano y vergonzosamente machista y homofóbico que se ha instalado bolivarianamente en Miraflores y en la Asamblea Nacional. Hay quienes creyendo alcanzar el humor se precipitan en el fango del deshonor cuando se refieren a la mujer preñada y comentan con abyecta picardía que se quedó dormida o que la picó una avispa.

¿Eufemismos? Lo que se desprende de ellos es desprecio; ausencia de dignidad; una alarmante erosión de la sensibilidad y la más despiadada y corrosiva degradación del alma.