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Héctor Silva Michelena

Universidad y transformación social

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Peter Drucker, en su libro La sociedad poscapitalista (1992), establece que dentro de la sociedad poscapitalista es el conocimiento el nuevo recurso que ha de dominar, al dejar de lado el capital, el trabajo y la tierra. Esta nueva idea llevó a que se considerara la tecnología y el conocimiento como la mayor fuerza productiva de la sociedad moderna. Lo mismo ha ocurrido con la concepción del gerente; éste era definido como “alguien responsable del trabajo de unos subordinados”. Un gerente era un “jefe”, y gestión era jerarquía y poder.

Sin embargo, a principios de los cincuenta ya la definición había cambiado a “un gerente es responsable del rendimiento de la gente”. Ahora sabemos que esta definición también es demasiado estrecha. La definición justa es: “Un gerente es responsable de la aplicación y rendimiento del saber”.

En la sociedad poscapitalista vale más asumir que alguien que sepa algo tendrá que adquirir nuevo saber cada dos o tres años o, de lo contrario, quedará desfasado.

La profesora Josefa Ramoni P., de la ULA, en la revista Análisis de Coyuntura, v. 13, n. 2, Caracas 12-2007, escribió un artículo de vigente actualidad. Después de considerar la teoría de las diferencias salariales como inadecuadas para fijar las remuneraciones de los profesores, sostiene que esa teoría, aunque algo lógica, no siempre se cumple. “En la práctica pareciera que la fijación de los sueldos y salarios obedece más a las características propias del trabajador que a las del empleo. En otras palabras, es el capital humano del trabajador el que determina las remuneraciones (no el igualitarismo), entendiéndose como capital humano el cúmulo de habilidades, destrezas y conocimiento adquirido por el trabajador a través del estudio, el entrenamiento y la experiencia. El por qué de este sesgo a favor de las cualidades individuales de cada trabajador por encima de las del trabajo obedece tal vez al hecho de que la definición de condiciones de trabajo desagradables es muy subjetiva, mientras que los conocimientos y destrezas de un trabajador son relativamente más fáciles de medir.

Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776) hace referencia al pago que el trabajador merece con base en su capital humano, a fin de compensarlo por el tiempo y esfuerzo empleados en adquirirlas: “Cuando se construye una máquina muy costosa, debe esperarse que la obra extraordinaria que con ella haya de hacerse pueda reemplazar, antes de gastarse o maltratarse, el capital invertido por lo menos en ella con las ganancias regulares u ordinarias. Un hombre educado a expensas de mucho trabajo y tiempo, en cualquiera de aquellos oficios que requieren una destreza y pericia extraordinaria, debe compararse a una de estas extraordinarias máquinas. (…) La diferencia entre los salarios de un trabajo de mucho talento y de otro más común está fundada en este principio (Smith, 1983:152)”.

Del recinto de los negocios, el economista Gary Becker (Nobel 1992) llevó el concepto desde análisis micro y macroeconómico a un mayor alcance de comportamientos humanos, en especial las universidades.

Becker concluyó en su estudio que el mayor tesoro social es el capital humano que se posee, esto es, el conocimiento y las habilidades que forman parte de las personas, su salud y la calidad de sus hábitos de trabajo; además, redefine al capital humano como importante para la productividad de las economías modernas, ya que esta productividad se basa en la creación, difusión y utilización del saber. El conocimiento se crea en las universidades, laboratorios y prácticas sociales.

La única política a largo plazo que promete tener éxito en la transformación social es la centrada en el conocimiento y no en controles estatales con cortes drásticos en la educación superior.