• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

Guerra de cuarta

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rfuentesx@gmail.com

 

Soy dado a encadenar historias, por lo general imaginarias, con los temas que trato. En esta oportunidad me hubiese gustado relacionar comadreos como los que pudiesen discurrir en el gran bazar de Estambul, en la lonja pesquera de Tokio o en cualquier rastro que convoque al regateo, con las quejas y reclamos que aderezan las colas que pueblan nuestros paisajes; pero, así como es improbable que los atenienses, acostumbrados a la divagación de escépticos, epicúreos, cínicos y peripatéticos, se ocupasen del precio de los higos ofertados en el ágora por algún vendedor ambulante, es poco factible que en un zoco de Islamabad o en un mercadillo de Chichicastenango se entablen conversas del tenor de las que nos toca oír mientras esperamos aparezca la parca ración de lo que estamos urgidos y no se consigue, pero que por insondables atajos siempre llega a manos de estraperlistas que desarrollan su floreciente comercio al amparo de obesas miradas oficiales.

Despojados de tonos y circunstancias, no creo que el blanco y negro de las palabras  pueda duplicar con precisión los iracundos sarcasmos contenidos en un colorido diálogo que la escritura hace más congruente y menos verosímil que su oralidad:

—Tal como marchan las cosas, en diciembre comeremos hallacas de patria –afirma, con voz de hastío, una mujer a la que zapatillas y pamela delatan paciente y experimentada en el menester de las colas.

—¿Y qué pasa si se agota antes de tiempo? –inquiere, provocador, un listillo lenguaraz con vocación de advocatus diaboli.

—Serán hallacas de mierda, pues.

—¿Y alcanzará para todos, porque ya se la están comiendo…? –vuelve a la carga el jodedor, ese siempre inoportuno pesimista que Chávez bautizó, y Maduro confirmó, espía del imperio, paraco al servicio de la oligarquía cachaca, habilitado de los Welsares y agente de la Casa de Contratación de Sevilla.

—Esa contingencia no me quita el sueño; mi pesadilla es la posibilidad de que, si siguen culpando a los colombianos por el gran desastre nacional, se arme un soberano peo en do mayor sostenido.

—¡Pero, señora, el barullo fronterizo es puro teatro, un montaje para la galería, una película que ya vimos…!

En este punto de la socarrona plática pensé en cuánta razón asistía al desfachatado buscarruidos: ya habíamos visto esa película y, para colmo, la que se está rodando no es ni siquiera un remake, sino un curioso caso de realidad copiando a la ficción, porque no es la primera vez que un gobierno en apuros recurre al canallesco expediente bélico para darse baño de patriotismo y echar tierra a sus deposiciones. Tampoco es la primera vez que aludimos a un filme de Barry Levinson, Wag the dog (19979), cuyos nombres en el mercado hispanoparlante son tan poco creativos como harto reveladores de la trama (La cortina de humo o  Mentiras que matan), en el que se cuenta cómo un presidente de Estado Unidos, con unas elecciones encima y amenazado por  la chismografía amarillista que lo quiere culpable de acoso a una jovencita de visita en la Casa Blanca –referencia más que obvia a lo que sucedió a Bill Clinton cuando Mónica Lewinsky lamió la fama con el celebérrimo chupetazo en el despacho oval–, busca sortear acusaciones y se pone en manos de un especialista en enderezar entuertos quien, con el concurso de un productor de Hollywood, fabula una guerra con Albania; una conflagración de mentirijillas, explotada a través de una manipuladora –y emocional– campaña de despistaje, que no solo dispara la popularidad del mandatario de cara a su reelección, sino que además sepulta en el olvido ese resbalón que cualquiera da en la vida.

Como sostuve al comienzo, me deleita entreverar lo real con lo ficticio. Son coincidencias con hechos narrados en la cinta, el viaje presidencial al Lejano Oriente y unas elecciones en ciernes. Pero la arremetida chauvinista en la frontera con Colombia –con deportaciones y maltratos sin efectos especiales– no es ilusoria ni azarosa: fue urdida para sopesar las repercusiones de un estado de emergencia orientado a entorpecer el proceso electoral (tortuosamente conducido por un árbitro que, al rechazar la observación internacional, pone de bulto su alcahuetería) o a justificar un autogolpe. Tampoco es fortuita la mención de la  “guerra” en el discurso oficial. En la OEA, donde el Caricom pagó con su respaldo lo que Venezuela le suministra en especies, Chaderton, con altanera faz de plenilunio, leyó un texto deplorable, falaz y delirante: “Lo que nos ocurre en Venezuela es parte del formato de la guerra mediática, de la guerra asimétrica de cuarta generación emprendida por la derecha internacional para desestabilizar a los gobiernos progresistas del continente”. ¡Vaya duro y venga suave! No es prudente tan exagerado circo con tan exiguo pan.