• Caracas (Venezuela)

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Sergio Antillano

Guerra entre ciudad y naturaleza

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La sociedad global contemporánea es urbana. La población del mundo, que ya superó la cifra de 7.000 millones de seres (7.000.000.000) se aglutina mayoritariamente en zonas urbanas. Ya 52% de esa población mundial habita en decenas de ciudades megalópolis, y centenas de metrópolis y ciudades medianas o pequeñas. El resto de los humanos vive en pueblos que pronto serán ciudad o en zonas rurales. Vivir en ciudades es una tendencia mundial que no parece reversible y que en Venezuela está más acentuada puesto que más de 80% de nosotros vive en ciudad. Los habitantes del planeta somos mayoritariamente urbanos y sabemos leer y escribir. 82% de las personas que habitan la Tierra está alfabetizado.

No obstante la capacidad de leer y la concentración en zonas urbanizadas, los problemas ambientales afectan dramáticamente la calidad de vida. Usualmente conformadas en territorios cercanos a lagos o ríos, las ciudades en su mayoría parecen no saber mantener una relación armónica con los ecosistemas y servicios que le brinda la naturaleza. El conflicto entre procesos de crecimiento urbano que ignoran las leyes naturales y el ambiente ha alcanzado niveles de crisis cuya solución pasa por transformar los actuales estilos de vida urbanos en otros que impacten menos al ambiente natural. Se ha dicho muchas veces: los modos de vida deben evolucionar hacia actividades más cónsonas con la necesidad de conservar la naturaleza y poder así alcanzar mejor calidad de vida. En Venezuela la evolución va más lenta que en muchos lugares del planeta y a veces hasta parece detenerse.

La forma como nos trasladamos es un problema. Tenemos un sistema de transporte ineficaz, arcaico y altamente contaminante. Investigadores científicos estiman que 25% de los gases de efecto invernadero son emitidos por el descomunal número de automóviles y otros vehículos impulsados por gasolina y lubricantes derivados del petróleo. Ayudaría mucho mejorar los servicios de transporte público masivos, hacerlos eficaces pero hacer que ellos sean impulsados por fuentes de energía sustentables y  menos contaminantes (biocombustibles, gas natural, hidroelectricidad, etc.). También ayudaría a la calidad ambiental del planeta propiciar el uso de bicicletas, triciclos y otros medios de transporte que usan la fuerza humana así como hacer que nuestras ciudades sean “caminables”, que ello sea posible (con seguridad, sombra y continuidad de bulevares, aceras, senderos, veredas en el tramado urbano)… Ir “a pie” a nuestro trabajo, escuelas o a cualquier parte es una utopía posible por la que debemos luchar.

Por otra parte, los modelos constructivos debieran revisarse y orientar el diseño arquitectónico a formas más adecuadas al medio tropical y neotropical de nuestro país. Hacer diseños adecuados al clima y dejar de usar modelos constructivos que obligan al uso de aires acondicionados. El cemento en exceso contribuye a multiplicar el calor y condiciona la ciudad a ineficientes moles de concreto armado que son altamente consumidoras de energía. La sabiduría para adaptarse al clima y vencer su inclemente luminosidad y calor, está en las arquitecturas de las culturas indígenas y campesinas, y también en la arquitectura que heredamos de la colonización española (que recoge siglos de evolución de arquitectura mozárabe) y que se refleja en el legado moderno de Villanueva, y los  aportes puntuales de Fruto Vivas y cientos de arquitectos que han asumido el reto de innovar, adaptarse al clima y tomar del pasado esas valiosas enseñanzas para hacer arquitectura ecológica.

Las formas de consumo también requieren evolucionar. En especial, ayudaría una transformación de los sistemas de empaques y embalaje para hacerlos más sencillos, menos consumidores de materiales. Propiciar el uso de menos material y la reducción de residuos se puede lograr con diseño ecológico y estrategias como la venta a granel, el re-uso de envases, la sustitución de las bolsas plásticas por bolsas duraderas reusables y muchas otras iniciativas que evitan basuras y bajan precios. Así como evitamos el uso de bolsas plásticas llevando al mercado nuestras bolsas reusables de mayor tamaño, es posible y necesario aumentar esa tendencia que combate lo desechable al avanzar hacia envases y empaques recargables, reusables. Las bebidas de consumo masivo en muchas ciudades del planeta circulan en botellas de vidrio que son retornables para ser rellenadas, o plásticas que son recicladas en otros usos. Es una tendencia que debemos impulsar en Venezuela en función de hacer nuestros centros urbanos menos demandantes de energía y materiales, y contaminar menos.

Habría que sumar a ello un adecuado e inteligente sistema de manejo de residuos sólidos, que incorpore clasificación y reciclaje y la eficacia en la recolección, así como lavado y barrido de calles. Con un sistema integrado lograremos ayudar al ambiente y a la salubridad de las ciudades.

Combinar reciclaje, con reducción de desechos y residuos sólidos al hacer cambios en los diseños y formas de distribución y venta de bienes. El reciclaje es algo necesario pero debe formar parte de un sistema que contemple otros componentes. No obstante, si nos preguntamos ¿por qué hay tan poco reciclaje en el país? es inevitable apuntar hacia la crisis extrema del aparato productivo venezolano. Una producción nacional de bienes debilitada y vulnerable que a duras penas logra colocar algunos productos en los anaqueles, cuando más de 80% de lo que consumimos es importado, difícilmente puede alcanzar sistemas de retorno, re-uso y reciclaje de envases, empaques y materiales en general. El reciclaje florece donde hay demanda de materiales para fabricar nuevos productos, marco legal que lo propicie, apoyo y asesoría que lo facilite, educación que lo explique  y conciencia que lo haga valor colectivo. Si no hay un aparato productivo fuerte y creciente, que demande esos materiales… ¿quién los va a reciclar? La ausencia de cifras importantes de reciclaje en el país no es un problema de inconsciencia ciudadana… es algo más complejo; en un país quebrado no florecen sino las plantas. Recordemos, además, que los sistemas basados en el reciclaje al final de la cadena, donde toda la responsabilidad es dejada al consumidor final del producto, fracasan. Se le pide al ciudadano, como consumidor, que  busque un espacio en su hogar para acumular papel y periódicos, botellas, latas y plástico; luego debe transportarlos por sus propios medios a lugares (muy escasos, por cierto) donde los reciban y ello no tiene retribución económica alguna. El fabricante, el envasador, el distribuidor y el vendedor del producto deben asumir su responsabilidad en el ciclo de vida de ese producto. No se puede exigir que solo el ciudadano consumidor y el Estado, resuelvan el problema de los residuos sólidos…

El manejo adecuado de las basuras son parte del saneamiento básico que requiere toda comunidad para proteger su salud, evitar enfermedades y muertes prematuras. Y ese saneamiento incluye el adecuado manejo del agua. Suministro de agua potabilizada y recolección de aguas residuales debe completarse, optimizarse y hacerse sustentable.

La ciudad contemporánea demanda altos volúmenes de agua potable y cuando –como en el caso de Caracas– su fuente primaria de agua ha sido brutalmente contaminada, debe transportarse el agua desde zonas remotas y ello implica un altísimo consumo de energía y recursos, así como costosos sistemas de potabilización y distribución del líquido. Eso es usualmente insustentable y colapsa el modelo, suministrando agua de poca calidad y teniendo interrupciones frecuentes.

Debiera recuperarse el Guaire (y también el dinero derrochado en los falsos planes de recuperación de quienes ofrecieron hasta bañarse en sus aguas). Es impostergable recuperar la biota y restablecer la calidad de las aguas de ríos y lagos cercanos a centros urbanos, como son los lagos de Valencia y Maracaibo, el río Unare, el Cabriales y cientos de otros que sufren procesos prematuros de eutroficación. Ellos son fuentes primarias de agua para las ciudades. En Venezuela, las ciudades han asesinado los cuerpos de agua que les dieron origen y esa situación no debe continuar.

La vegetación urbana requiere ser densificada, conservada y protegida. Mucho se ha perdido con la dispersión y enrarecimiento de las responsabilidades en materia de vegetación urbana. Lo que campea es la negligencia de los organismos encargados de su cuidado y la inconsciencia de muchos que derriban árboles por cualquier “razón” o intereses. Indudablemente que ello ha afectado el micro clima en las ciudades y la presencia de fauna urbana que es cada día más escasa.

Lamentablemente, muchos en los cargos de decisión política en las zonas urbanas no entienden todavía que el patrimonio más valioso de una ciudad son los conocimientos y que hacer gestión pública urbana en la sociedad globalizada de hoy exige basar decisiones en lo que la ciencia va determinando. La necesidad de hacer nuestras ciudades más “ecológicas” y menos contaminantes es una necesidad económica ya que las soluciones ambientalmente sustentables son respuestas a los problemas sociales que, a mediano plazo, reducen costos que tiene para la sociedad el transporte, la salud, los servicios públicos y la producción.

 

*Ingeniero civil. MSc en Planificación Ambiental y Comunicación Visual.