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Francisco Javier Pérez

Guarimba en dos acepciones

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Nunca habrá poder más grande que el de la lengua. Rige y conduce, se quiera o no, los destinos de los hombres, al tiempo que los explica y divulga. Es amable si la queremos amable; odiosa o piadosa si estamos cargados de odio o bañados de buenos sentimientos. Será miserable o misericordiosa tanto como los ánimos así la alimenten. Complace y sirve la lengua para el disfrute y por ello es al tiempo objeto y sujeto del humor. Pensamos con ella y amamos gracias a ella e, irremisiblemente, deviene en amor y pensamiento. Inabarcable por esencia, pretendemos abarcar todo el saber que ella promueve. Duda el hablante y brilla la lengua.

Brillos y dudas que hoy se congregan (resurgen, quizá) para entender los usos de una voz que se ha hecho habitual en el léxico venezolano del presente y que ha crecido en volumen semántico y en extensión de usos y que, en idéntica proporcionalidad, se ha hecho materia de dudas sobre su origen y sobre sus posibilidades de expresión. Así las cosas, Francisco Pimentel (Job Pim), en clave de serio humor, en su incomparable Enciclopedia Espesa, del año 1931, marcaba origen noble e indígena a la curiosa palabra y la quería quechua o quichua (peruana, en suma y sin matices; hecho de antropología popular). En modo de “sin embargo”, nuestros sabios en léxico indígena no lo corroboran (el bíblico Glosario de voces indígenas, de Lisandro Alvarado, no consigna siquiera la palabra).

Poco importa, por otra parte, su origen léxico cuando la potencia semántica de la voz se impone, y así lo hizo, y sus registros son muchos y buenos. Una brecha distingue entre “la guarimba” vinculada con un juego infantil de nombre arcano: “el gárgaro malojo”, conocido más tarde como “la ere” (y hasta con s: “la eres”), y que venía a ser el lugar (espacio u objeto) que daba a los jugadores inmunidad frente al que corría detrás de ellos para contagiarlos, me supongo, de ese gárgaro tan malojo. Era, pues, lo que en otros juegos y en otro momento vino a denominarse “la taima” (time out); un fuera de juego necesario para tomar aliento y reconducir las estrategias de huida y salvamento. En 1959, Juan Liscano la hace insumo de lírica nostalgia y extinción como aporte verbal de su Nuevo Mundo Orinoco: “Cayó herida la plaza de mi infancia/ el gárgaro de entonces, la guarimba encantada”.

La segunda acepción busca otros horizontes que son los de la llegada y la salvación. Se la define como refugio. Lugar de asilo la marca el vocabulario de la novela de  Francisco Herrera Luque En la casa del pez que escupe el agua (1975); novela de dictador. El ámbito social (político) de la voz queda recogido en cierto diccionario de venezolanismos, como uso derivado y figurado: “Refugio, lugar para ponerse a salvo”.

Verdad o ironía, la palabra guarimba del presente ha enriquecido su entidad de significación al hacerse equivalente a lo que desde los tiempos de la comuna parisina (esa pesadilla para el barón Haussmann), año de 1871, se entendió, llanamente y simple, como una barricada. En París, quedar inmune a las barricadas implicó una superación mental y urbanística.  En lar criollo, supondrá urbanizar nuestra espiritualidad con mejores sentimientos y superar los atascos de nuestra vida actual, triste y mediocre. El olvido de las guarimbas y las barricadas será el inicio de un nuevo amanecer y el paso definitivo del tiempo tenebroso y funesto. Quizá, un criollo homenaje al noble alsaciano que, estoy seguro, hubiera admirado la singularidad de muchos de estos monumentos erigidos por el miedo y por el odio y como consecuencia de la sordera, de la parálisis de la justicia y de la falta de libertad. Transitoria e inestable feudalización del poder fugaz y del espacio irrisorio. Acción bruta contra la brutalidad. Acepción dos de una de las más creativas y sonoras palabras de nuestro español.