• Caracas (Venezuela)

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Marianella Salazar

Grinch bolivariano

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El Gobierno nos dio un regalo imposible de olvidar: la tristeza. Logró arruinarnos las navidades y ni siquiera en la cena de Nochebuena pudimos olvidar lo ocurrido este año. No me refiero a la derrota electoral de la oposición, sino a las truculencias montadas en los medios oficiales por la grave enfermedad del presidente Chávez, que no dejaron disfrutar de la Navidad, comernos con sosiego las hallacas y sentir el espíritu navideño en el calor del hogar, sin que las teorías más oscuras cobraran fuerza.

La cuenta atrás ya empezó, el tiempo es un cohete a propulsión, faltan 15 días para saber si Chávez reaparecerá para su toma de posesión el próximo 10 de enero, convertida en una fecha fatídica, pues se teme que cuando llegue juramenten a un ser invisible, que no hemos podido siquiera escuchar. El 24 en la noche, cuando estábamos sentados frente a la mesa de Navidad, faltando apenas 40 minutos para abrir las hallacas y los niños sus regalos, vino el vicepresidente Maduro, transmutado en una especie de grinch bolivariano, a anunciar que había sostenido una conversación telefónica con el Presidente, que le impartió numerosas instrucciones políticas, económicas y sociales, y nos contó que ya “camina y hace ejercicios como parte de su tratamiento diario”.

Es extraño que Chávez deje a todo un país en la incertidumbre y se comunique por interpuesta persona, cuando puede hacerlo directamente en comunicación telefónica, si en verdad camina y hace ejercicios. La supuesta recuperación no sería otra cosa que un milagro del Niño-Dios, que parece haber escuchado las peticiones y los golpes de pecho de toda la dirigencia bolivariana, que ha abandonado las prácticas del bilongo en Miraflores por las misas en la iglesia de San Francisco. Me contenta que el Niño Jesús haya escuchado sus ruegos, prefiero tener a Chávez seis años más en la Presidencia de la República que a un trasnochado Nicolás Maduro, que no hace otra cosa que andar moqueando en todas las apariciones públicas, o a un retrechero como Diosdado Cabello, que vive enredando las cosas y despierta todo tipo de suspicacias. Prefiero una y mil veces a Chávez. Me contentaría mucho que recupere su salud, para que venga a poner orden entre los desatados que tienen que probarse a sí mismos que son más antiimperialistas y procubanos que él. Como comprenderán, fue muy difícil disfrutar de la cena de Navidad hablando y comentando sobre esos temas, que debíamos olvidar aunque fuese la noche más hermosa del año, cuando celebramos la Natividad del Señor.

Tenía que venir Maduro a arruinarnos el momento y poner el tema en la cena de Navidad. ¡No hay derecho! Una buena celebración, supongo, consiste en conseguir un perfecto estado de olvido, en transitar por un bello camino que nos conduzca hacia un esperanzador despertar, que no lo perturbe sino la resaca. Hay cosas que quiero olvidar: la resurrección, la transición, la debacle en la oposición, el culto a Chávez, las elecciones presidenciales con Maduro candidato, el narcotráfico y los narcogenerales, la devaluación de la moneda, el encarecimiento y la escasez de productos básicos, el empobrecimiento del país, la tragedia que enluta a cientos de miles de familias a causa de la violencia promovida por el discurso de odio y resentimiento social, la crueldad del Gobierno y, especialmente, del jefe del Estado con los exiliados y presos políticos, el dúo perverso de Fidel y Raúl. Quiero olvidar esta Venezuela sin calidad de vida, donde los amigos más entrañables se han ido por causa de la inseguridad y los secuestros. También les deseo que olviden, aunque sea por unos minutos, cuando falten cinco pa’ las doce del Año Nuevo.