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Antonio Sánchez García

Grandes crisis, pequeños liderazgos

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“La afirmación de Hastings no reviste, por ello, ninguna sorpresa: pobres aquellos países enfrentados a grandes crisis con liderazgos pequeños. Los espera la ruina. En eso estamos”

@sangarccs

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Leo en el periódico madrileño ABC (11/12/2013) una estupenda entrevista al gran historiador inglés Max Hastings con ocasión del lanzamiento en España de su último libro sobre la Primera Guerra Mundial 1914, el año de la catástrofe (Editorial Crítica, Barcelona). De la que me interesa resaltar una de sus afirmaciones, que viene a corroborar una sospecha historiográfica de honda significación política sobre la que venimos reflexionando desde los sucesos que dieran al traste con el sistema democrático venezolano y permitieran la irrupción de la barbarie militarista que hoy padecemos: “En la historia las naciones se han enfrentado a crisis terribles con dirigentes muy pequeños. Como podemos ver hoy, con la posible excepción de Angela Merkel en Alemania, ninguno de los líderes de Europa son apropiados para bregar con un desastre de esta magnitud”. Dios libre a Europa y al mundo de la reiteración de desastres de esa espantosa magnitud, que costara en su momento la friolera de 15 millones de muertos.

No quisiera ahondar en las causas últimas, indudablemente de naturaleza antropológico cultural, de esta terrible contradicción entre los tamaños de las crisis y la estatura de los liderazgos potencialmente llamados a conjurarlas, si bien es evidente que la brutal masificación, vulgarización y banalización de la política en la era del espectáculo –una inevitable consecuencia de la masificación de las instancias cuantitativo democráticas en la era de la masificación tecnológica- ha llevado a que figuras de incuestionable medianía, pobreza intelectual y carencia de atributos se puedan hacer con el control político de sus países gracias a características que más tienen que ver con el show bussiness que con la gerencia pública de las naciones. Si Max Hastings sólo rescata a la dirigente socialcristiana Angela Merkel del foro de liderazgos presentes en la hora actual europea, en América Latina debemos conformarnos con figuras de segundo y tercer nivel. Con mucha suerte. Y en algunos casos, con parvenues que se sostienen en sus cargos gracias al aterrador y abusivo poder de las fuerzas armadas o la banalidad de los electores. E incluso a la injerencia de fuerzas de ocupación extranjera. Pues para la inmensa desgracia de algunos países de la región, como es el caso del nuestro, Venezuela, esa crisis de liderazgo también se hace sentir y de manera particularmente notable en el que debería suponerse el liderazgo en sus fuerzas armadas. Copadas hoy por el oportunismo pandillesco, el arribismo inescrupuloso y la ambición crematística más rampante.

 

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Estas últimas elecciones han vuelto a poner de manifiesto el descomunal esfuerzo en dinero, abusos y manipulación que se hacen necesarios para mantener el tinglado que sostiene a un pobre hombre sin otros atributos que la cerril obediencia a los dictados de la tiranía cubana. Rodeado, como corresponde, de una pandilla de asaltantes de camino que a cambio del disfrute del erario se hacen la vista gorda ante el control extranjero de nuestras riquezas, nuestras instituciones y nuestra soberanía. Abruma al respecto oír a quienes, del lado opositor, insisten en señalar el error que supone “subvalorar” al hombre de La Habana, como “se subvalorara” al teniente coronel Hugo Chávez. Como si la estatura de un hombre público fuera objeto de una suerte de concurso de valoraciones y no la expresión objetiva de valores fácilmente reconocibles en lo que la ciencia política llama “autoritas”. ¿O el más versado de los asesores de imagen puede negar que de esa autoritas, de origen romano, el pobre hombre puesto en Miraflores por la voluntad desquiciada de Hugo Chávez no posee un adarme?

Pero sería faltar a la verdad desconocer la inmensa mediocridad de nuestro propio liderazgo, del cual, para destacarlos por su cultura, su experiencia, lucidez o valía, sobran los dedos de una mano. ¿Quiénes de entre los dirigentes de partidos, alcaldes y diputados pertenecientes a la oposición destacan por su “autoritas” o cumplen con los elementales requisitos de la excelencia como para legitimar los puestos que ocupan?

A esa dolorosa constatación de atributos y correspondencias se refiere la vieja conseja de que los pueblos tienen los gobiernos – liderazgos – que se merecen. Y así arriesguemos la absoluta incomprensión de nuestros lectores, ¿alguien negará que ese escandaloso enanismo de los liderazgos nacionales afecta por igual a tirios y troyanos? Así se me acuse de injusto y arbitrario, me cuesta inmensos esfuerzos tamizar entre tanto político deleznable para encontrar a los líderes opositores a la altura de las circunstancias. Por elemental discreción no los menciono, pero ninguno de ellos parece pronto a asumir los destinos e la Nación. No cuentan con el favor de la unanimidad nacional. La farándula, la complacencia, la apatía y la absoluta falta de exigencias de una masa política carente del fuste de las exigencias han puesto en el primer plano del liderazgo a figuras de indudable valía, pero muy alejados de la capacidad de responder a la inmensa gravedad de la crisis que enfrentamos.

Sobre todo si los medimos en relación a circunstancias semejantes vividas en nuestro inmediato pasado. No tememos volver a repetir que la democracia venezolana usufructuó de la obra de la generación del 28 hasta que agotara todos sus cartuchos. Una vez fuera del escenario por el envejecimiento y la muerte, el país se nos derrumbó como un castillo de naipes. La afirmación de Hastings no reviste, por ello, de ninguna sorpresa: pobres aquellos países enfrentados a grandes crisis con liderazgos pequeños.

Los espera la ruina. En eso estamos.