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Eduardo Mayobre

Grandes alamedas

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El 11 de septiembre se cumplirán 40 años de uno de los actos más infames de la historia de América: el derrocamiento del presidente constitucional Salvador Allende. Ese día final de su vida, ante la inminencia de la derrota, Allende pronunció su última alocución a los chilenos. En ella dijo: “Más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre”. En el momento más duro de su vida y el más aciago de su patria, señalaba un camino a la esperanza.

Todo álamo es alto, delgado, hermoso y marca un camino que invita a soñar con destinos mejores. Cuando son muchos se llaman alameda, como se conoce la principal arteria de Santiago. En eso pensaba el presidente de Chile en el momento que constataba el derrumbe de sus ilusiones.

Lo que no pudo imaginar fue el grado de barbarie y de crueldad en el cual caería su país en los años siguientes. Le resultaba inconcebible que el ejército de Chile –quizás el primero bien organizado en la etapa republicana de nuestro continente– fuera no sólo a traicionar su juramento de cumplir con la Constitución sino degenerara en una máquina de terrorismo de Estado destructora de las tradiciones democráticas, culturales y morales del pueblo, en el cual Andrés Bello realizó lo mejor de su obra.

Mientras caían y explotaban bombas sobre el palacio presidencial, debió recordar la solidaridad y campechanía de su pueblo, al que conocía entrañablemente después de haber recorrido el país innumerables veces. Sabía del sufrimiento del campesino aherrojado en un trozo de tierra ajeno; de la ira del minero que debía compartir “camas calientes” con sus compañeros de “otro turno”, sin tener siquiera un lecho propio. No olvidaba la lucha de los obreros que pedían pan y no mendrugos, y de los marginales cuyo mundo se circunscribía a las covachas. Todos ellos pudieran ser hombres libres si sólo se abrieran las grandes alamedas.

Conocí a Salvador Allende en 1963, en el camino de tierra que entonces unía Concepción –la tercera ciudad de Chile– con Lota –la mayor mina carbón–. En un recodo se dirigía a viva voz a aproximadamente 20 campesinos con el fin de despertarles la conciencia. Aspiraba por tercera vez a la presidencia del país y se empeñaba en conquistar cívicamente cada uno de sus votos. No fue un fenómeno electoral sino un empecinado.

Todos esos sueños se fueron por la borda el 11 de septiembre de 1973: la revolución democrática, el socialismo a la chilena, la nacionalización del cobre y la dignificación de los obreros y campesinos naufragaron ante la reacción de los grupos de poder tradicionales y el temor de las fuerzas armadas estadounidenses y del Departamento de Estado de ese país –como cuenta Henry Kissinger en su memorias– de que el comunismo pudiera conseguir una nueva base en el hemisferio occidental.

Allende no era comunista. Insistió en ser demócrata y lo demostró en su actuación como parlamentario y presidente. Su ascenso político se afincó en su participación en todas las elecciones que tuvo a su alcance. Se diferenció claramente de los seguidores del Kremlin a lo largo de su vida política, pero se alió con ellos en una posición de frente popular para oponerse a la rancia aristocracia que había dominado a su país desde la independencia.

Fracasó en su gobierno. Quizás aspiró a más de lo que permitían las condiciones objetivas, pero dejó un mensaje de honestidad cívica y de identificación con las luchas populares que sólo pudo ser derrotado por fuerzas que originalmente pretendían ser solamente salvaguarda del orden, pero se convirtieron en instrumentos de opresión y de pauperización de las mayorías.

Lamentablemente, las lecciones del 11 de septiembre no se limitan a un asunto moral. A partir de entonces, se cerraron a sangre y fuego todas las posibilidades de que el hombre libre pudiera transitar, no sólo por las grandes alamedas, sino por los caminos de su trabajo y de su hogar. Se instauró la violencia en un país, que no la conocía desde hacía varias décadas. Y la muerte, la cárcel, el exilio o el silencio fueron las únicas alternativas para los hombres dignos.

17 años después, el pueblo chileno reaccionó contra la alevosía. No se abrieron las grandes alamedas, pero por los caminos verdes se fueron colando las ansias de libertad. Después de años de democracia cautelosa, inhibida por el temor a un posible pronunciamiento de los hombres de armas, Chile puede recordar el 11 de septiembre de 1973 como algo superado, pero no por ello menos vergonzoso. Ojalá que empiecen a abrirse las grandes alamedas porque los álamos mueren de pie.