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Humberto Márquez

El 28, la Gran Guerra

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Con dos disparos de su Browning FN 1910, un joven activista de la organización clandestina serbia La Mano Negra, Gavrilo Princip, asesinó al archiduque Francisco Fernando y a su amada esposa Sofía, a las once de la mañana de hace exactamente un siglo, el 28 de Junio de 1914. Ese crimen en Sarajevo, capital de la actual Bosnia-Herzegovina, detonó la Primera Guerra Mundial, en la que combatieron 67 millones de soldados y casi 10 millones perecieron.

Capturados, procesados y condenados varios responsables del asesinato de Francisco Fernando, heredero de la corona del imperio austrohúngaro, que llevaba ya por seis décadas su tío Francisco José, Austria-Hungría presentó a Serbia, en ese entonces eje de los pueblos eslavos de la península de los Balcanes después reunidos en Yugoslavia, una serie de exigencias y reparaciones que fueron desoídas o sólo parcialmente atendidas.

Alemania unificada bajo la corona de Prusia y aliada de Austria dejó claro que apoyaría las acciones del imperio centroeuropeo sobre la desafiante Serbia, en lo que la historia conoce como la Crisis de Julio. Austria buscó liquidar la injerencia serbia en sus entonces posesiones de Eslovenia y Bosnia. Serbia contaba con el respaldo de Rusia. Ésta, a su vez, sostenía acuerdos con Gran Bretaña y Francia. Como telón de fondo estaban los intereses de los imperialismos que habían completado su reparto del mundo a finales del siglo XIX.

Sobre esa mesa servida, un ultimátum austríaco del 23 de Julio no fue satisfecho por Belgrado y otro día 28, el de Julio de 1914, Austria comenzó las hostilidades, que rápidamente escalaron e hicieron guerrear a las grandes naciones de entonces en dos alianzas contrapuestas, así: las Potencias Centrales con Alemania, Austria-Hungría, el Imperio Otomano (Turquía) y Bulgaria, de un lado, versus Serbia-Montenegro, Rusia, Francia, Gran Bretaña y su Commonwealth (Australia, Canadá, India), Italia, Japón. Bélgica y, más adelante, Grecia, Rumania, Estados Unidos, Brasil y algunos otros latinoamericanos que se adhirieron de un modo nominal o simbólico.

En varias capitales se habló ese verano boreal de una guerra rápida, de “regreso de las tropas antes de las Navidades” de 1914, pero la lucha se prolongó sin mayores resultados, con una dantesca matazón en las trincheras europeas, mientras debutaban como armas a gran escala los aviones, acorazados y submarinos, ametralladoras, blindados, gases y lanzallamas. La guerra cambió su curso una vez que a comienzos de 1917 Estados Unidos se decidió a intervenir en favor de los aliados y, a finales de ese año, los comunistas se hicieron con el poder en Rusia y negociaron una paz con Alemania. Exhaustas, desmoralizadas, vencidas, las potencias centrales se rindieron en noviembre de 1918.

Un resultado fue el desmantelamiento de varios imperios: el alemán, despojado de sus colonias en África y el Pacífico, y recortadas sus fronteras en Europa; el austrohúngaro, que dio paso a nuevas repúblicas, como Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia y una modesta Austria; y el otomano, reducido a la actual Turquía mientras aparecían en el mapa los reinos árabes y quedaban latentes –hasta hoy– conflictos en el Medio Oriente, como el que ha opuesto a judíos con palestinos y la existencia de un pueblo sin Estado, el kurdo. El antiguo imperio de los zares dio paso a la Unión Soviética, y en medio de otros frágiles equilibrios internacionales tomaron nuevos bríos los imperialismos japonés y estadounidense.

Otros resultados fueron el resentimiento alemán que favoreció el nazismo y llevó a la Segunda Guerra Mundial, el mayor conflicto en la historia de la humanidad; la creación de la Sociedad de las Naciones con la pretensión –como su heredera Naciones Unidas–  de evitar que esas guerras se repitiesen; una intervención más decidida de los Estados en los asuntos de la economía, para garantizar el abastecimiento bélico y estratégico; y se remozaron los escenarios para el auge de sindicatos y otros movimientos sociales, las luchas de las mujeres, de los movimientos por la descolonización, corrientes culturales novedosas y la aparición de nuevos medios para las comunicaciones y las artes.

Entre las enseñanzas dejadas por el Asesinato de Sarajevo y la Crisis de Julio están las que los estudiosos de asuntos internacionales consideran políticas y medidas erradas o que no llegaron a tiempo para evitar la guerra. Citan por ejemplo que Alemania en realidad deseaba que el conflicto no excediese los Balcanes pero erró al darle ánimos a los austríacos. Gran Bretaña quería tejer nuevos lazos con Alemania pero no llegó a tiempo. No hubo suficiente presión sobre Serbia para que contuviese a sus extremistas. Francia y Rusia sobrevaloraron sus fuerzas y su alianza.

Pero una que particularmente destacamos es cómo lo súbito, lo imprevisible, lo diferente, la liebre que sorpresivamente salta entre los matorrales, es capaz de detonar procesos históricos, incluso los de mayor calibre. Puede aducirse que el crimen de Sarajevo fue apenas el pretexto para que se desatasen las formidables fuerzas políticas, económicas, sociales y militares engatilladas en aquellas naciones, y que si el archiduque no hubiese muerto la guerra la habría desatado cualquier otro suceso. Quizás. Por cierto, Francisco Fernando era partidario de una modernización, apertura y federalización de las nacionalidades apretujadas en el imperio regido por su conservador tío. Pero lo que ocurrió fue que un enfermizo muchacho que aún no cumplía los 20 años, lector de poesía, de Alejandro Dumas, de las aventuras de Sherlock Holmes y de los anarquistas rusos, henchido de nacionalismo eslavo, dio al traste con una época y desató una hecatombe.

 

@hmarquez26