• Caracas (Venezuela)

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Manuel Malaver

Gracias, Soledad

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Oír a Soledad Bravo seduciéndonos con los tonos de siempre, pero abriéndolos como flores a los registros altos y bajos que jamás oídos oyeron, no solo es una experiencia para rememorar y contar, sino para estacionarla en esa intimidad que después traspasaremos al cofre de la fantasía y de los sueños.

Sucedió el domingo en la tarde, en la sala de conciertos del Centro Cultural BOD, y ave de mi tiempo que explora sin cesar las ofertas que la tecnología digital ofrece en CD y videos, hacía algunos años que disfrutaba a Soledad en mi casa y en su incomparable discografía.

Pero el domingo fue otra cosa, pues las circunstancias se vinieron como en tropel para que de repente me viera ahí, sentado en mi butaca, entre cientos de amantes de la cantante que estaban ahí para oírla, verla y amarla.

Nunca un amor fue mejor correspondido, desde la iniciática “Alma mía” de María Grever, que extendió su tapiz de añoranzas, melancolía y desesperanza para decirnos que estábamos ante la versión del clásico de una clásica cantada por otra clásica.

No hubo lugar para otro asombro, sin embargo, pues ya estaba en el auditorio “Nosotros”, melodía y letra que el cubano Pedro Junco compuso como una despedida para un amor que no se fue, porque ahí estaba Soledad trayéndolos en toda su tristeza, sublimidad y alegría.

Sería imposible detenerme en todas las estaciones de un viaje que pasó por “Noche de Ronda”, “Miénteme” “Sabor a mí”, “Farolito”, “Escándalo”, “Qué vale más”, “La tirana” (entre otros inmortales), pero dejó la sensación inmensa de que estábamos ante una bolerista que, si bien pocas veces había recorrido el repertorio como esa tarde (que ya era noche), lo había vivido desde dentro, que es como se conocen y cantan las canciones.

No pasó así en la segunda parte, pues de siempre la sentimos enamorada del Sur (como también ha amado a Venezuela, a España, a Brasil, y a Cuba, los países raigales de su canto) pero fue para llevarnos a la sorpresa de una noche tanguera, en la que Gardel, Demare, Santos Discépolo, Homero Manzi y Aníbal Troilo se unieron para arrimarnos en la voz de Soledad la mejor versión que he oído de “Sur…paredón y después”.

Una despedida con la infaltable “Alfonsina y el mar”, tratándose de Soledad (Ariel Ramírez-Félix Luna), otra de despecho, de esos despechos que Soledad canta a pleno plumón como desgarrándose el alma, “Paloma negra” (Tomás Méndez), que Chavela Vargas dejó como un himno que tiene su mejor intérprete en Venezuela.

Y ahora así, para decirnos adiós, su regreso al Caribe de Pablo Milanés, con este son antología que ha quedado como lo mejor de una música que ha derrotado adversidades.

Por último, ¡qué bueno el trío de Alberto Lazo en el piano, Carlitos Rodríguez en el bajo y Nené Quintero en la percusión!, solistas de altísima categoría que esa noche se ensamblaron para seguir a Soledad.

¡Gracias, Soledad!