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Sumito Estévez

Gordos inocentes

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Imaginemos una escena en donde poco a poco la disposición de objetos en lugares públicos (restaurantes, parques, etcétera) hace que con cada vez más frecuencia la gente tropiece con ellos. La consecuencia es ver que muchas personas andan por allí con moretones. Espinillas amoratadas por doquier. Personas que dejan de usar ropa corta para que no se les vean esas manchas. Esos morados son un mecanismo de defensa (no olvidar la palabra defensa, porque cobrará importancia más adelante) del cuerpo, que tapona el lugar del golpe con células sanas para evitar la propagación de infecciones. Pero, sobre todo, esos morados son el síntoma visible de un problema: la gente se tropieza. A raíz de ello, continuando con este ejercicio hipotético, se arma una industria descomunal para el tratamiento de moretones. Analgésicos, quitamanchas, desinflamatorios para la gente normal y medicinas naturales homeopáticas para la gente consciente. Todo un arsenal publicitado para traerle a la población soluciones ante este terrible mal que la aqueja. ¡La lucha contra los moretones en su cenit! Millones de dólares cambiando de mano tras la búsqueda de la pierna perfecta.

La pregunta que habría que hacerse es: ¿no hubiese sido más fácil decirle a la población que caminara con cuidado y a los constructores que dispusieran mejor los objetos para que la gente no se tropezara?

Muchos médicos comienzan a hacerse la misma pregunta con respecto al síndrome metabólico, esa epidemia de la modernidad que tiene a mucha gente obesa y, sobre todo, diabética. Vemos gente gorda que llega enferma de diabetes a las consultas de los médicos e inevitablemente la juzgamos y culpamos. ¿Por qué no te cuidaste? ¿Por qué no comiste correctamente? ¿Qué te costaba intentar hacer ejercicio?, mientras se arma una industria millonaria para adelgazar y para controlar la resistencia a la insulina. Pero, ¿qué pasa si la obesidad es el morado que está avisando de algo más perverso? ¿Y si intentamos pensar distinto y vemos la obesidad como el síntoma de un cuerpo que se defiende ante lo que es un problema mayor? ¿Y si la obesidad no es más que un mecanismo de defensa? De pensar así entonces el obeso no es culpable sino víctima, y la solución al síndrome metabólico está en otro lugar. De ser así, el obeso, en lugar de ser maltratado por la sociedad por su descuido, merecería la compasión de la que es digna cualquier persona víctima involuntaria de una enfermedad. No es lo mismo alguien que tiene cáncer porque decidió fumar que alguien con dengue porque dormido lo picó un mosquito.

El gran exponente de esta teoría es el doctor Peter Attia, y así lo explicó en una conferencia excepcional que puede verse en http://goo.gl/J8tbI7 (en la página puede escogerse el idioma de los subtítulos). Attia actualmente dirige un estudio masivo en Estados Unidos en el que equipos paralelos y hasta rivales, no conectados entre sí, prueban cada una de las teorías que hay con respecto a la diabetes. La teoría de Attia es una de ellas. Es decir, el planteamiento de que la obesidad no es la causante de la resistencia a la insulina sino el síntoma visible de una resistencia que ya ha comenzado.

Cuando una célula recibe más energía de la que puede procesar trata de hacer algo con ella para no morir. El mecanismo usual es guardarla en forma de grasa, pero ese trabajo va agotando el sistema hasta que la resistencia a la insulina se presenta como enfermedad. La célula puede estar recibiendo más energía de la que puede procesar bien porque le estamos dando mucha (el caso de cuando comemos en exceso) o porque la célula ha empezado a enfermar y procesa poca energía. Por eso hay diabéticos flacos y por eso hay obesos sanos. Un obeso o un flaco sanos tienen un metabolismo en perfecto equilibrio entre lo que consumen y lo que son capaces de procesar. Un flaco diabético o un obeso diabético ya no pueden procesar lo que entra al cuerpo. Y el flaco u obeso que empiece a engordar aun comiendo lo de siempre debe asustarse mucho, porque probablemente hay un morado avisando.

¿De qué se protege una célula que se vuelve resistente a la insulina? Pues no es exactamente del exceso de comida sino del exceso de glucosa, y es aquí en donde entra la alimentación en la teoría de Attia: es el exceso en el consumo de granos refinados, almidones y azúcares el que nos está matando. No es tanto lo mucho que comemos sino lo que comemos. Ahora le damos al cuerpo una energía altamente eficiente, una bomba nuclear, y el cuerpo se está defendiendo. Puede ser tan dañino correr 100 km (o comer mucho) como correr solo 5 km pero a velocidad enloquecida (o comer poco pero energético en exceso), así que, siguiendo el ejemplo de los morados, quizás la solución sea la más obvia: comer menos glucosa. Evitar harinas refinadas, azúcares puros, exceso de almidones y alcoholes. Es decir, comer como se hacía hasta hace poco, cuando no existía la comida chatarra y comíamos más en casa.