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Miguel Ángel Cardozo

Gobiernos e ilusiones

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En un artículo publicado en 1996 en Harvard Business Review, con el sugerente título Managing government: Governing management, Henry Mintzberg criticaba los desequilibrios que según él existían en las relaciones entre lo público y lo privado en las democracias occidentales, así como la limitada consideración dicotómica de lo institucional que en su opinión no era capaz de reflejar las importantes contribuciones que en áreas tales como la salud, la educación y la investigación hacían otros tipos de organizaciones muy extendidas en estos países: las de propiedad cooperativa –distintas a las del “socialismo del siglo XXI”– y las organizaciones sin fines de lucro –definidas por él como organizaciones “no gubernamentales”, “no empresariales” y “no cooperativas”–.

Mintzberg advertía así sobre la necesidad de un balance entre esos cuatro sectores, dado que una influencia desproporcionada de alguno podría ejercer fuertes presiones sobre el sistema político para que en este se actúe en función de sus intereses, en detrimento de los de la población, aunque con esto él solo se refería a lo que consideraba una enorme influencia del sector privado en esas naciones, por lo que, si bien el planteamiento es coherente, no es menos cierto que se debe tener cautela al abordar esos desequilibrios, ya que en nombre de la defensa de los intereses de los individuos frente al empresariado se puede terminar allanando el terreno a los gobiernos para que controlen todos los aspectos de la vida de sus pueblos; ¿y quién podría entonces hacerle contrapeso a un gobierno omnipotente para evitar que sucumba a la tentación de mantener tal condición y sea el que actúe en detrimento de esos mismos intereses?

De hecho, no faltan los líderes carismáticos que –con claro conocimiento de esa posibilidad– desatan la histeria colectiva al pregonar con los brazos extendidos al cielo la “amenaza” que supone el abyecto “coco” monopolista dueño de tierras y empresas, sin ser capaces de definir claramente la naturaleza del “peligro” o de darle un rostro al pretendido “enemigo”, pero sí de asegurar que su destrucción es la única vía a la suprema felicidad –y esta, al parecer, al equilibrio intergaláctico–.

Sin embargo, a diferencia de lo que algunos intentan hacer creer por su propio beneficio, ni el sector privado es el responsable de todos los males de la sociedad, ni un gobierno fuertemente intervencionista es garantía de libertades plenas –y si de esto hay dudas, solo basta con preguntarles a los cientos de millones de chinos que trabajan en condiciones que casi rayan en la esclavitud, bajo la feroz mirada de su autoritario Estado–.

Ni siquiera tiene fundamento alguno la creencia de que un incremento del gasto público mejora la distribución del ingreso, conduciendo a altos niveles de equidad y justicia social; más aún, ya hace tiempo quedó demostrado que incluso los países industrializados con un gasto público superior a 50% –como Suecia, Dinamarca y Finlandia– no son precisamente los más eficientes en esa distribución –entendida esta como la participación del sector gubernamental en el ingreso de 40% de los hogares más pobres–, tal y como lo refleja un estudio publicado en 2005 por Antonio Afonso, Ludger Schuknecht y Vito Tanzi en la revista Public Choice –con el título Public sector efficiency: An international comparison–.

Para mayor decepción de los ingenuos y fervorosos creyentes de las antiguas promesas forjadas a partir de las ideas de Marx, ese estudio también evidenció que los países democráticos con los sectores públicos más pequeños –Estados Unidos, Japón, Australia, Irlanda y Suiza– son los que figuran en el conjunto de los más eficientes en términos de su desempeño económico y de la distribución del ingreso.

Pero más allá de tales consideraciones, es muy notorio el hecho de que los sistemas políticos y económicos de las naciones democráticas más industrializadas hayan podido resistir los fuertes embates de la severa crisis económica mundial de los últimos años, sin haber tomado el atajo del sacrificio de las libertades de sus pueblos; hecho que contrasta con casos como el de China, cuyo sostenido crecimiento –celebrado por algunos como un portentoso milagro– se ha logrado a expensas de la vulneración de los derechos individuales más elementales.

Y en este punto, qué se podría decir de aquellos países en los que por voraces y desenfrenados funcionarios públicos, tan solo preocupados en conservar el poder político y en enriquecerse con impúdica avaricia, ni hay un buen desempeño económico, ni una adecuada distribución del ingreso, ni mucho menos un marco de libertades y de absoluto respeto a los derechos humanos –tan propicio para el desarrollo–.

Qué decir de países en los que continuamente, cuan indeseada tara, surgen encantadores flautistas que con arengas que impelen a etéreas batallas y con vanos ofrecimientos de lo imposible arrastran a las masas a las profundas aguas de su miseria.

Escasez, aflicción y muerte es lo que a la final queda de tantas pendejadas.


 @MiguelCardozoM