• Caracas (Venezuela)

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Paul Desenne

Gladiadores

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Cada cuatro años el fútbol disciplina al mundo con su arsenal de tarjetas amarillas y rojas, lo educa con el gran muestrario de variantes geográficas de la cultura atlética del balón. El espectáculo de la rebeldía o el salvajismo de jugadores aislados se ve derrotado por la superioridad de la estrategia en equipo.

Gran lección, el combate entre violencia individual e inteligencia social. El auge del fútbol corresponde a una tendencia planetaria irreversible: muy pronto la totalidad de la humanidad vivirá en ciudades. Estas tendrán que absorber las últimas olas rurales y afrontar el desafío de educar explosiones demográficas desatendidas; sacarle tarjeta roja al que muerda al prójimo, enseñarle a pensar en equipo.

El fútbol es una escuela masiva, mediática y universal en la operación indispensable de domesticación humana; es quizás también un sustituto del instinto de la guerra, aunque no muy eficaz por lo visto. Sin embargo, la humanidad se ha dado una variedad de herramientas para crear ciudad. Si el fútbol es un denominador común de entendimiento cuasi universal, existen otras formas de tejer redes humanas inteligentes y funcionales, además del deporte.

La urbe actual no depende solamente del estadio, del espectáculo del gladiador moderno, para consolidar el civismo. En el estadio se desahoga el grito primario del combate mortal, extirpado de la ciudad en la simbólica de la cancha; pero en la sala sinfónica se construye el diálogo entre emoción y pensamiento, en la más inteligente sincronía social. Si era inconcebible la antigua ciudad griega sin el estadio, también lo era sin su teatro, donde nace el término “sinfonía”.

Los políticos modernos, subestimando gravemente la necesidad de crecimiento cultural de la población, siempre prometen el estadio y se olvidan del teatro. Creen que una vez desahogada la bestia primaria en su cancha se echará a dormir frente al televisor. En la configuración urbana, simbólica y real, la gran sala de conciertos tiene un papel fundamental que el estadio solo no puede aportar. Cuando funcionan perfectamente su acústica, su arquitectura, su integración al vecindario, la sala de conciertos une su magia espacial a la de los eventos para crear vida sublime en la ciudad. Sin esas grandes salas los conglomerados urbanos no son más que cachapas de concreto sin centro, sin pensamiento, sin movimiento, sin modas; sin emociones que no sean más que la simple victoria del gladiador. El magno esfuerzo desplegado para construirlas es ampliamente superado por el florecimiento de vida social que propician.

La inauguración del complejo cultural Teresa Carreño, hace casi 40 años ya, marcó un gran cambio en la sociedad caraqueña que hoy necesita por lo menos dos centros más. Los Valles del Tuy estabilizarían simbólicamente su maltrecho urbanismo con un gran centro de salas. Ni hablar de las carencias graves de Maracay y Valencia. El ejemplo lo está dando hoy Barquisimeto, con el gran proyecto de salas diseñado por Frank Gehry, impulsado con firmeza en el timón por el sistema de orquestas. No es preciso llegar al extremo de afirmar como Wilde que “únicamente lo superfluo es indispensable” para entender que, aunque falten escuelas y hospitales, si una ciudad no tiene un gran teatro, ya no vale la pena luchar por sobrevivir en el laberinto de sus dificultades.