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Pedro Conde Regardiz

Geopolítica del pacto energético Rusia-China (II)

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El pasado 28 de mayo pronunció el presidente Obama un discurso importante en la academia militar de West Point sobre política exterior. Díjole a los graduandos cadetes que la nación a la cual servirán todavía lidera el mundo y que no caerá en “military misadventures” en el exterior. Estados Unidos debe liderar la escena mundial, afirmó. Pero la acción militar no puede ser la única componente del liderazgo en cada momento. “Just because we have the best hammer does not mean that every problema is a nail”, esto es: “Porque tengamos el mejor martillo no significa que cada problema es un clavo”. Afirmaciones que buscan refutar acusaciones relacionadas con una presunta debilidad ante la cascada de crisis internacionales. Prometió otra vez que el último soldado estadounidense saldrá de Afganistán a finales de 2016. Que existe una amenaza más difusa de grupos radicales islamistas situados en un arco que va del Oriente Medio al Sahara. Las amenazas no están centralizadas. Anunció una alianza contraterrorista. Y referente a Siria, afirmó que se ha convertido en un santuario de terroristas. Estableció prioridades: las negociaciones nucleares con Irán, el problema climático, desarrollar una estrategia hacia el este asiático para un acuerdo transpacífico, al par que prometió defender a los aliados de Estados Unidos en sus disputas territoriales con China: Japón, Filipinas, Corea del Sur.

Muchos estadounidenses cuestionan que no se haya instrumentado, como en Libia, una zona “no-fly” en Siria, como la negativa a suministrar armas al ejército ucraniano, lo ineficaz de las sanciones a Rusia por su anexión de Crimea, la reducción presupuestaria en defensa que obliga a reducir personal, bases militares, equipos. Muchos piensan que esta nación comienza a recorrer la ruta de la declinación que ya transitaron imperios anteriores, como Inglaterra, es decir, comienzan por la imposibilidad de financiar el aparato imperial cívico- militar planetario, aunque Obama dice que no hay tal declinación, pues se logrará lo mismo por otros medios.

La crisis financiera que explotó a finales de 2008 y transformose en económica haciendo estragos en el empleo, aparentemente el capitalismo estadounidense está en trance de superarla. La economía ha creando puestos de trabajo para situar el desempleo en 6,3%, lo cual significa una reducción considerable respecto al comienzo del segundo mandato de Obama. Si continúa ese ritmo de crecimiento, no hay dudas de que esta tasa alcanzaría, para 2016 o antes, lo que Friedman llamaba “tasa natural del desempleo”, es decir, entre 3% y 4%, casi pleno empleo.

Rusia desea ser el corazón de una Eurasia renaciente. Moscú anuncia la creación de una unión económica “eurasiana” con Bielorrusia, Kazakhstán, Armenia y Kirguizistán, la cual unión se ampliaría después. En enero de 2015, este conjunto de 170 millones de personas debe instrumentar una política económica concertada en agricultura, energía, transportes e industria. Propone la libre circulación de los habitantes, de los productos y servicios, de los capitales, tomando como ejemplo la Unión Europea. Una Eurasia nueva sobre la cual planea la sombra de Ucrania. Con 20% de las reservas mundiales de gas, 15% de las de petróleo, en un mercado de consumo en expansión. Esta unión afirma más a Rusia con su doble carácter de pertenecer a Asia y Europa, pero la incomoda la desconfianza de esta en cuanto sus intenciones, las rusas.

En general, Asia Central ha sufrido una transformación dramática a causa de la atención internacional y el interés focalizado en la región considerada, antes de 1989, como una periferia rusa y como área con poca importancia estratégica. Después del desmembramiento del imperio soviético, la región ha experimentado una serie de problemas y una transición bastante complicada de un autoritarismo soviético hacia una sociedad más abierta, de una orientación secular a un renacimiento religioso, de una economía estatizada hacia una de mercado con valiosos recursos energéticos.

Debido a los talibanes, Estados Unidos, Rusia y China comienzan a interesarse por la región en función de la paz y estabilidad de Asia central para su propia seguridad. Tuvieron la habilidad de poner a un lado sus diferencias geopolíticas con el fin de combatir los talibanes y Al-Qaeda, quienes a raíz de los sucesos de 11-9-2001 emprendieron una gran actividad en esta región, que se vio envuelta en una intensa lucha internacional contra las fuerzas religiosas extremistas y el crimen transnacional, lo cual se acentuó con la derrota de los talibanes en Afganistán, pero aumentando la tensión entre las grandes potencias. Los estados de Asia central se encontraron en medio de esta lucha y ofrecieron sus territorios y espacios aéreos para ser utilizados por la coalición antiterrorista. Bien que las grandes potencias no han abandonado en la zona sus particulares y vitales intereses geopolíticos y geoeconómicos que, por lo demás, no siempre coinciden.

Ahora, con la salida de las fuerzas militares de la OTAN de Afganistán, esta región se complica políticamente. Revive el talibán. Aumenta la inestabilidad, la controversia, se hace más difícil alcanzar la paz. Cundirá la inseguridad para las actividades energéticas: petróleo y gas, al proponerse el talibán expandir su influencia cuando Occidente abandone definitivamente Afganistán. Comenzará así una nueva etapa en la región: competición aguda entre las grandes potencias oxigenada por numerosos factores, siendo principal el energético.

China busca más peso internacionalmente, le preocupa que la región pueda utilizarse contra sus intereses. Sus crecientes necesidades energéticas la ha llevado a celebrar diversos acuerdos de cooperación con estas naciones. Vladimir Putin está desesperado por recuperar y mantener la influencia que tenía Rusia cuando existía la Unión Soviética, máxime después de que Georgia y Ucrania miran hacia Occidente. Y Estados Unidos con la “Marcha de la Libertad” tiene mucha presión nacional e internacional para evitar que estos países, muchos con regímenes autoritarios, no usen el combate antiterrorista como excusa para infringir principios democráticos y los derechos humanos.

De modo que esta parte del planeta, Asia central, ha pasado de una oscura región asociada con radicales islámicos a otra donde forcejean las grandes potencias: Rusia buscando concretar su verdadera política exterior. China probando transformar prosperidad económica, poder económico, en una herramienta de dominación. Estados Unidos mostrando su habilidad para promover un cambio liberal global.

Como el trasfondo de este pugilato estratégico es la energía proveniente del petróleo y del gas, conviene preguntarse qué papel geopolítico juega Venezuela con sus inmensas reservas probadas, las más grandes del mundo: 297.600 millones de barriles. ¿Significa la incursión de China en Venezuela su deseo de dominación, de asegurar energía, y arrojará un forcejeo con Estados Unidos? ¿Seguirá la OPEP ocupándose únicamente que de topes de producción y defensa de los precios? ¿O está llamada a desempeñar un papel más trascendente en la geopolítica mundial?

Conviene además señalar que en América del Sur destaca la inestabilidad,  ingobernabilidad, en la sociedad venezolana, arrojada, entre otros factores, por el origen muy cuestionado de la presidencia de Maduro, por la injerencia cubana, la acentuación de la pobreza, los estragos de la inflación, el paroxismo devaluacionista con fines fiscales, privilegia importaciones masivas al desestimular la producción nacional, la entrega y subasta de riqueza y recursos nacionales, la hipertrofia del Estado originando ineficacia, pésimos servicios públicos, y, principalmente, el propósito de instrumentar un modelo comunista rechazado por la gran mayoría de la población, a la par que pretende entronizarse en el poder permanentemente con todo tipo de cuestionables maniobras electorales (dicen a cada rato: “La revolución llegó para quedarse”); mejor dicho, no creen en la alternabilidad en el poder, en el pluralismo político, ideológico, como lo demuestran las actuaciones desde la Asamblea Nacional, el deterioro institucional a causa de la partidización en todas las esferas del Estado, el sectarismo, el odio, la exclusión no solo del que disienta sino también del que no apoye activamente esta acción política antinacional que, para rematar, lo consideran enemigo, antipatriota, provocando indignación por haber nacido y crecido al fragor de los valores de la nacionalidad. Pero este resentimiento surgido de insistir con la malintencionada propaganda oficial en que una gran parte de la población no está en su país podría explotar y las consecuencias serían imprevisibles.

En fin, es un régimen antidemocrático que, además, bloquea el libre juego de las fuerzas sociales para el cambio y el progreso en el marco de las libertades en general y en particular de la libertad de expresión y de prensa. Entonces, hay inseguridad jurídica, Estado de Derecho nulo, desorganización, involución y destrucción nacional, puesto que el territorio, el asiento de la república, corre altísimo riesgo al descuidar la reclamación del Esequibo, los 640.000 kilómetros cuadrados de áreas marinas y gran parte de los 400.000 kilómetros cuadrados de Guayana, así como la calidad biológica del venezolano azotado por la pobreza y carencias de todo tipo.

Para colmo, sus recursos minerales se entregan, se subastan, sus profesionales emigran. 57% de los médicos del país se ha ido. La oposición no se percata de la gravedad de la crisis a juzgar por su impresionante y cómplice tranquilidad. ¿En estas condiciones, puede Maduro sacar al país de la crisis? “Por sus obras los conoceréis”, dice la Biblia. ¿Puede Venezuela sumida en esta calamidad como miembro fundador de la OPEP contribuir asía que esta evolucione y a formular una estrategia acorde con los retos geopolíticos del mundo actual? Reflexione, presidente Maduro. Venezuela necesita un cambio de rumbo. Permítame sugerirle que comience visitando la frontera con el Esequibo. ¡Piense geopolíticamente!

 

*Profesor de Geopolítica del Petróleo, UCV