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Carlos Delgado Flores

Generación de cambio

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El pasado lunes, en el marco del foro Generación de Cambio, que el movimiento estudiantil de la UCAB realizó “para renovar la esperanza en nosotros mismos” (Virtuoso dixit), Lorenzo Mendoza dijo algo con lo que este escribidor no solo está de acuerdo, sino que además lo predica, palabras más, palabras menos: “Hay que cambiar la cultura, eso es fundamental. La cultura es de esas pocas cosas que se pueden cambiar de arriba hacia abajo, y a ustedes, generación de cambio, a ustedes, miembros de la academia, le corresponde hacerlo”. ¡Bravo!, me dije, haciendo el conocido gesto con los puños que celebra el aserto, pues no otra cosa este escribidor intenta decir en este espacio, en las aulas, en los textos académicos, en las tertulias y, sin ánimo de exagerar, hasta en los sueños; desde hace ya bastante tiempo, cuando recogió el testigo de quienes, largamente, lo han precedido en la prédica.

Moderado el entusiasmo, reconozco que cambiar la cultura se dice fácil, pero también que, como bien lo afirma Mark Twain –recordado por Djamil Hassir en el discurso de apertura del evento–, “un hombre con una idea es un loco hasta que la idea triunfa”.  Cambiar los significados compartidos, las costumbres, los modos de hacer las cosas, trasciende la capacidad de acción de una sola persona, y allí resuenan las palabras de Erasmo de Rotterdam y su Elogio de la locura: “Por el contrario, el verdadero prudente sería el que sabiendo que es mortal, no se meta en libros de caballería y obra como la mayor parte de los hombres, que, o se avienen a hacer como que no ven, o se engañan con mucha cortesía. ¡Pero esto, se diría, no es más que necedad! De ningún modo he de negarlo, con tal de que se reconozca a su vez que tal es el modo de representar la comedia humana”.

Tal es la complejidad de la circunstancia del país que requiere, nuevamente, poner el foco en lo importante antes que en lo urgente, para que haya una opción de cambio que no termine dejándolo todo como está. De allí que este escribidor sea de la idea de que un compromiso generacional de esta magnitud debe trascender tanto la diatriba electoral como la pugna de los modelos de transición política y fijar el punto de partida mirando al futuro, sin dejar de tomar posiciones y acciones frente al presente y sus derivaciones, haciendo público ejercicio tanto de la razón dialógica como de la libertad de acción.

Pues cambiar un país toma tiempo. El primer gobierno de la generación estudiantil de 1928 tuvo lugar 17 años después de su aparición, manu militari mediante; su impronta fue crucial para la construcción del imaginario democrático venezolano contemporáneo. El primer gobierno –local– de la generación de 2007 fue elegido en diciembre 2013, seis años después del 2D; y aunque David Smolansky fue capaz de mostrar –en el mencionado foro– una imagen de futuro, eso aún no constituye un horizonte de país compartido que constituya un marco para que surjan nuevas fuentes de legitimidad para la acción política en el país.

Si la Generación de Cambio va a cambiar la cultura, debe formarse y accionar para que surja un nuevo imaginario político que sustituya eficazmente al que desde el trienio (1945-48) y anclado en la tradición, actualmente luce agotado, inmerso en un mar de contradicciones que el estamento político actual parece incapaz de sortear. Imaginario donde pueblo, partido y caudillo vuelven bando a una nación entera, o como afirma María Fernanda Madriz en su texto La institución del imaginario político de la sociedad democrática venezolana (1941-1948): “En rigor, el imaginario democrático venezolano se construyó como una nebulosa de significaciones referidas todas ellas a un único sol semántico, polisémico, que fue el pueblo. Solo con el líder partido compartió este su centralidad. De hecho, fueron las prácticas discursivas del primero, masivamente comunicadas, las que dieron existencia imaginaria al segundo. La polimorfa identidad popular articuló por lo dicho con las estrategias retóricas que permitieron a Rómulo Betancourt y a Acción Democrática hipotecar el agradecimiento de la mayoría. El soberano agradeció, primero, ser salvado y luego protegido de quienes en el imaginario se instituyeron como sus enemigos”.

70 años después, con la hipoteca vencida, cambiada de manos, la idea de pueblo instituida desde el trienio sustenta sin eficacia tanto a la burocracia mandante como a los populismos de diverso cuño e incluso la idea de sujetualidad popular; sin dar cuenta de que en el paso de casi cuatro generaciones, el país ha avanzado en su propia –aunque incompleta– modernización y que acaso en función de ella, de garantizarla como continuidad histórica, sea necesaria una nueva noción de pueblo, aceptada y compartida, para ubicarla en la  base de un nuevo imaginario político nacional. De ese tamaño es la locura.