• Caracas (Venezuela)

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Alexandra Palmieri Di Iuro

Gas del malo

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El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático creado por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente alertó que, pese a todos los intentos por disminuir el calentamiento global, las emisiones de dióxido de carbono aumentan cada vez más. Se estima que de no producirse un cambio radical en las políticas energéticas y económicas, los impactos ambientales, sociales y económicos serán irreversibles.

El informe alerta sobre algunas consecuencias visibles del calentamiento global y otras que no tardarán en estar presentes: el desplazamiento de poblaciones afectadas por la subida del nivel del mar; mayor pobreza y perturbaciones económicas; posibles conflictos violentos con motivo de la reducción de cosechas, destrucción de viviendas, inseguridad alimentaria y escasez de recursos naturales básicos como el agua potable; la extinción de más especies; la degradación de los ecosistemas; etc.

El objetivo principal en la lucha contra el cambio climático es limitar para el año 2050 la elevación media de las temperaturas mundiales a 2° C respecto de los niveles de la era preindustrial, para evitar consecuencias catastróficas. Pero, ¿cómo conseguir dicho objetivo? Entre las distintas medidas que pueden implementarse, una de las más importantes es la promoción y desarrollo del uso de energías renovables, tal y como lo establece el Protocolo de Kyoto de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático –suscrito por Venezuela–. La energía tradicional producida a partir de fuentes no renovables o combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas natural, constituye el principal agente contaminante de la atmósfera.

En razón de ello, nos preguntamos: ¿Qué ha hecho Venezuela para adaptarse y mitigar los efectos del calentamiento global?

Venezuela posee un gran potencial geográfico y climatológico para producir y desarrollar energías renovables. Y ni hablar del potencial económico petrolero que tanto ha caracterizado al país como “rico”. La producción de energías limpias no solo contribuiría a mitigar los efectos del calentamiento global y con ello cumplir los compromisos internacionales suscritos por Venezuela. También serviría para satisfacer la creciente y permanente demanda de energía para las generaciones venideras, resolvería en gran medida la crisis del sector eléctrico que atraviesa el país desde hace varios años, y le daría más coherencia al hipócrita discurso ecologista del gobierno venezolano.

Empecemos por advertir sobre la carente información oficial y la poquísima transparencia sobre lo que ocurre en Venezuela en materia ambiental, principales límites para la investigación desde cualquier perspectiva profesional, cuestión que puede verificarse con solo ingresar en las precarias webs de los ministerios e instituciones públicas “competentes”. Un problema que afecta constantemente a todos los profesionales y académicos que intentan estudiar, investigar y contribuir con el progreso del país. De allí que sea necesario acudir a fuentes internacionales de información, que con gran esfuerzo logran reflejar medianamente la situación de Venezuela en distintos ámbitos.

Pese a su potencial, Venezuela es uno de los países de América Latina y el Caribe con mayor emisión de gases de efecto invernadero. Según indicadores del Banco Mundial con base en las estadísticas de la Agencia Internacional de Energía, en lo que se refiere a emisiones de dióxido de carbono (toneladas métricas per cápita), en el año 2010 América Latina y el Caribe mantenían un índice promedio de 2,7 toneladas, mientras que Venezuela superaba las 7 toneladas. Y en lo que respecta al consumo de energía procedente de combustibles fósiles en el total del consumo energético anual de la población entre 2003 y 2011, en Venezuela ha sido de 90%.

También son interesantes los datos contenidos en el Climascopio 2013 realizado por el Fondo Multilateral de Inversiones, miembro del Grupo del Banco Interamericano de Desarrollo, en colaboración con Bloomberg New Energy Finance. El estudio evalúa el clima de inversión en torno al cambio climático en América Latina y el Caribe, evaluando la capacidad de cada uno de los países de la región para atraer inversiones hacia fuentes de energía con bajas emisiones de carbono. 

Según el Climascopio 2013 “Venezuela sigue siendo la economía más grande situada por debajo de la media en la clasificación”. El país no ha promovido políticas de apoyo a la energía limpia y ha mantenido su política de precios subvencionados para el petróleo y productos refinados. En el marco de dicho panorama no es posible que exista una demanda por las energías limpias. La generación de energía en Venezuela se divide entre los combustibles fósiles y las grandes hidroeléctricas (estas últimas tampoco son fuente renovable por su gran impacto ambiental, sin contar que además son insuficientes y se encuentran en mal estado –a la crisis del sector eléctrico me remito–).

Han sido 15 años de bonanza petrolera sin reales apuestas por políticas ambientales y energéticas eficientes y sostenibles. Ingresos embolsillados que podían haberse invertido en proyectos energéticos renovables, con los cuales por lo menos se garantizaría hoy día el suministro eléctrico en todo el territorio nacional. Quizás mucho que pedirle a un destructivo gobierno.

Las necesidades del mundo están cambiando y Venezuela no está preparada para un futuro pospetrolero. Debe empezar por reinventar sus políticas energéticas y fomentar la inversión que apunte a los nuevos tiempos. Las claves: certidumbre regulatoria, voluntad política, planificación y educación ambiental.

Pronto no les hará falta “gas del bueno”, porque sobra gas del malo.

@aledpd