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Sergio Dahbar

Garganta Profunda

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Dos libros, aparecidos en el primer semestre de 2012, aportan puntos de vista, opiniones, comentarios extraviados y versiones encontradas, sobre el informante (Mark Felt) que colaboró con uno de los casos políticos más famosos de Estados Unidos del siglo XX, Watergate.

Este escándalo comenzó a rodar el 17 de junio de 1972, cuando cinco hombres entraron ilegalmente en el edificio Watergate. Fueron sorprendidos por la policía y se les confiscó dinero en efectivo, junto con equipo fotográfico y de grabación. Finalmente, se supo que trabajaban para el Partido Republicano y que la misión había sido encomendada por el presidente Richard Nixon.

Felt pasó a la historia como Garganta Profunda y lo encarnó en el cine el veterano actor de reparto Hal Holbrook, en una película que convirtió en mito romántico el caso de dos periodistas (Bob Woodward y Carl Bernstein) del Washington Post que se enfrentan –de la mano de una fuente oculta– a las maquinaciones oscuras de un presidente que deseaba reelegirse.

La obra cinematográfica se llamó Todos los hombres del presidente, como la investigación periodística que apareció impresa. Ni el cine ni el libro revelaron la identidad de Felt. Fue un secreto bien guardado por periodistas que reverenciaban a un informante de inestimable valor. Hasta el año 2005, cuando Felt salió del anonimato, quizás porque ya no tenía nada que perder, o eso creía él.

Felt era el número dos del FBI. En 1972, cuando fallece el director J. Edgar Hoover, debía ascender. Pero Nixon nombró a Patrick Gray. El segundo hombre sin futuro pasó a ser también un enemigo de cuidado. Lo que llaman en la jerga periodística “una viuda”.

Felt nunca aceptó su participación en la caída de Richard Nixon, quien renunció en 1974 para evitar que lo destituyeran de la Presidencia. Felt le temía a la opinión pública: podían verlo como un fanático moralista o como un hombre que enlodó la imagen de Estados Unidos.

Hasta la fecha, aparte de Todos los hombres del presidente, el libro de referencia era El hombre secreto (2006), de Bob Woodward, donde analiza su relación con Felt. Ahora han aparecido dos libros. Uno se llama Leaks, de Max Holland, y el otro Yours in Truth, de Jeff Himmelman.

El primero analiza por qué Felt devino en confidente. Y el segundo es una biografía del jefe de Woodward durante el caso Watergate, Ben Bradlee, monstruo del periodismo norteamericano, que dirigió Washington Post por años.

Ambos libros lanzan sombras sobre Mark Felt. Holland se ensaña con la idea de que un hombre tan resentido con Nixon debería haberse apartado y dejar que las investigaciones corrieran libremente. Establece un punto de vista moral. Y trata de restarle el romanticismo que le otorgó la película de Alan Pakula.

El interés de Himmelman es Bradlee, pero no deja pasar así nomás las notas que encuentra donde este director de periódico mítico exhibe dudas sobre una fuente que sólo se deja ver en estacionamientos.

Holland asegura que Felt buscaba dinero cuando reveló públicamente que era Garganta Profunda, a los 91 años. Himmelman relativiza su importancia a través de los temores de Bradlee, que como buen director de medios debía dudar de todo, incluso de una fuente tan sorprendente como Felt.

Sin duda estos testimonios se suman a los precedentes para configurar un fresco complejo de Estados Unidos. Es como si cada nuevo libro permitiera aclarar más una foto que comenzó siendo desvaída y a medida que se suman las investigaciones adquiere mayor nitidez.

Quizás el dato que menos sobresale entre tanta información privilegiada es que Woodward se reunió con Felt en el año 2000. Allí advirtió que su fuente comenzaba a perder la memoria. Tenía 86 años. Cinco años más tarde, cuando hizo público su secreto, no reconocía a sus interlocutores, olvidaba los nombres y se confundía con las épocas.

Cuando Estados Unidos y el resto del mundo descubrieron que Felt era Garganta Profunda, en 2005, este anciano se convirtió en leyenda. Había sido una pieza clave para desenmascarar a un tramposo que vivía en la Casa Blanca. Los nuevos aportes bibliográficos intentan relativizar su heroísmo. Es una batalla de la palabra contra el mármol de la historia. No la tienen fácil.