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Carlos Balladares Castillo

García Márquez: el vecino anónimo de San Bernardino

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García Márquez: el vecino anónimo de San Bernardino

García Márquez: el vecino anónimo de San Bernardino

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La primera vez que escuché que el Gabo había vivido en San Bernardino me di a la tarea de preguntar a los vecinos con más años en la parroquia, pero nadie sabía. Luego me enteraría que alquiló un apartamento en un edificio de nombre Roraima, pero yo solo conocía unas residencias con ese nombre en una avenida homónima y con un solo piso. Al final supe que había otro edificio con ese nombre. Me acerqué, y al preguntar por el famoso escritor, la gente se sorprendía porque ni siquiera estaban enterados de que fue nuestro vecino. Sin duda, el Gabo vivió entre nosotros con la inmensa felicidad del anonimato.

En su libro Cuando era feliz e indocumentado (1973) hay solo dos referencias a San Bernardino, ambas en el artículo “Caracas sin agua”, y las mismas no son de gran relevancia en lo relativo a anécdotas de sus vivencia en la parroquia. Donde encontramos bastantes datos es en la obra del periodista venezolano Juan Carlos Zapata: Gabo nació en Caracas, no en Aracataca (2007). En ella señala que vivió en el piso 6 del edificio Roraima (ver foto) pero se equivoca en el nombre de la avenida, porque dice que es la Juan de Villegas cuando la verdad es que es la Guaicaipuro.

En el Roraima vivió desde finales de 1957 hasta principios de 1959, y según el propio Gabo – tal como afirma en “La infeliz Caracas” - fue en nuestra ciudad y en buena parte como vecino de nuestra parroquia donde le “ocurren tantas cosas definitivas”. Me atrevo a elegir entre ellas las que seguramente corresponden a San Bernardino: “Me casé para siempre” (no lo hizo en Caracas sino en Barranquilla pero fue acá donde vivió su luna de miel y engendró a su primer hijo, aspecto que resalta Juan Carlos Zapata). “Tuve una dirección fija” (el Roraima, por supuesto). “Escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané” (muy probablemente lo escribió semidesnudo en el balcón de su apartamento, y por el cual ocurre la famosa anécdota donde el vecino del edificio gemelo, El Pilar, se queja). “Definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo” (queremos pensar que en ello influyeron sus lecturas hechas en un sexto piso).


Juan Carlos Zapata agrega: “En el apartamento de San Bernardino tecleó y tecleó hasta terminar los cuentos de ‘Los funerales de Mamá Grande’”, también en el Roraima nació el reto con Plinio Apuleyo Mendoza de ganar el concurso de cuentos de El Nacional, lo vieron subir y bajar las escaleras por el ‘miedo claustrofóbico a los ascensores’ (ver fotos de ascensor y escaleras), y desayunaba empanadas ‘en el puesto de Gervasio del café de la panadería Normandie (…) y almorzaba y cenaba en el Rincón de Baviera”. Estos lugares ya desaparecieron.

Imaginamos al Gabo sentado en el balcón escribiendo o leyendo, mirando a nuestra hermosa montaña y quizás pensando: “Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer” (“La infeliz Caracas”). Eso le ofreció Caracas y San Bernardino en 1958, un lugar donde se escuchaban “más las chicharras que los carros, y se duerme (…) soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en unas albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo”.. Los que tenemos más de dos décadas viviendo en esta urbanización del norte de Caracas sabemos que todo esto es cierto, y nos gustaría que algún día – como hacen en tantas partes del mundo donde valoran la memoria – se colocara una placa en la planta baja del edificio Roraima, para que no olvidemos nunca que acá vivió como un caraqueño más el gran García Márquez.

@profeballa