• Caracas (Venezuela)

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Álvaro Requena

Ganar a toda costa

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En cuatro meses serán las elecciones. Unos piensan que se definirá, por fin, quién es quién en Venezuela; hay los que creen que votar es perder el tiempo y el esfuerzo, algunos se ven derrotados y otros ganadores por varios cuerpos. Los menos, piensan en el cabeza a cabeza. Nadie sabe que va a pasar. Sólo especulaciones.

Las encuestas empezaron a aparecer. Lo evidente es que nadie cree en ellas, pero todos las usan. Las favorables a unos son calificadas de amañadas. Las favorables a los otros dicen que son producto de una guerra sucia para fomentar el triunfalismo y que la caída sea más brutal. Las que muestran empate técnico, se consideran dudosas porque la muestra es insuficiente.

El Gobierno no pierde una. La oposición crece como el rabo de las lagartijas, se lo recortan, crece otra vez y siempre tienen rabo. La oposición no gana una y las que gana el Gobierno las pierde al abrir la boca.

Lo peor es que quien nos oye hablar se desconcierta: el gobierno escoge sus candidatos a dedo, la oposición en las primarias. Pero ni a unos ni a otros les gustan los escogidos y entonces estos no van, ponen a otros.

Como no hay temas que planteen argumentos y discusión sana y positiva –casi todos lo temas escabrosos y políticamente difíciles, son evadidos –creamos nuevos temas cada vez más complicados y más inesperados, como en las series de TV. En vez de machacar lo machacado y atornillar lo atornillado, vamos con nuevas ideas, buenas, buenísimas, magníficas, que bailan en un tusero y todavía no hemos logrado una plataforma electoral sólida que no se tambalee.

El esfuerzo hay que ponerlo en dos asuntos claves: votar y aumentar la votación. Los temas variados y muy llamativos no hacen más votos, tampoco los escándalos ni las ideas brillantes de nuevas constituciones o instituciones. Lo que gana votos es la calle. Estar ahí, hablando directo y sentidamente, con seguridad y firmeza. Estar en todas partes, personalmente. Ni la TV, la radio, los periódicos, los volantes y las pancartas mueven a los votantes. No es un problema de promesas electorales, es un sentimiento de acompañamiento, de ven conmigo, juégatela conmigo, ya somos dos, tú y yo. Los votantes quieren ver sus candidatos, quieren tocarlos, sentirlos y hasta padecer el fastidio de sus discursos, pero entre dos discursos fastidiosos se inclinarán por aquel candidato que estuvo más cerca de él o de ella.

Una mujer me dijo que en su pueblo cultivan yuca y que ella votaría por el candidato a alcalde que entendiera lo importante que era la yuca para ellos. Pero no en cuanto a cultivo que rinde financieramente, sino en cuanto a que esa yuca es una maravilla: ¡pura mantequilla! Ahí es donde está la identificación que necesitamos con los votantes, en el alma, la pasión compartida. Esa es la campaña que necesitamos para ganar.