• Caracas (Venezuela)

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Entre los reparos que sectores extremistas de la disidencia hacen a la Mesa de la Unidad por haber participado en las elecciones municipales –con la irritante coletilla del ¡te lo dije! que alimenta el sesgo de confirmación de quienes se creen depositarios de la verdad y la razón– destaca la supuesta legitimación de Maduro, lo cual no pasa de ser una falacia, pues como bien señala Ibsen Martínez en la última de sus, por él así llamadas, bagatelas dominicales, “la legitimidad no es algo que la oposición concede como quien baja la cerviz ante el más fuerte y avieso, sino algo que el gobierno está obligado a construir todos los días respetando la Constitución, aceptando la existencia y los derechos del adversario político, en lugar de amenazar con la cárcel a los líderes opositores”.

No iba a ser el párrafo anterior el introito de esta entrega en la que pensaba plasmar mis objeciones a esos reproches fundamentalistas, en función de los innegables avances de la propuesta unitaria, no solo en números, sino en lo que atañe al germinar y florecer de liderazgos, uno de los frutos más jugosos de la pasada vendimia comicial, porque ello es, sin duda, garantía de futuro; pero la pertinente apreciación de Ibsen (a la que podríamos agregar que no son, precisamente, los paquetazos como el anunciado por Ramírez, instrumentos de certificación de origen), motivó que me planteara el asunto en otros términos y decidí referirme someramente, para decirlo en jerga beisbolera, a la poca profundidad del relevo chavista y el pobre desempeño de su banco.

La verdad es que muerto y enterrado su cabecilla, en el bando oficialista no hay quien pueda dar lustre a un partido narcisista y de conveniencias, creado a partir del superávit burocrático, basado en el más descarado clientelismo y con la hacienda pública a disposición de su secretaría de finanzas. Una organización así pensada puede comprar adhesiones y lealtades perrunas, pero no reclutar militantes con criterio ni cuadros de valía, sino más bien seducir a toda suerte de oportunistas, agitadores, tramoyistas y correveidiles cuyas mezquinas ambiciones de ascenso social se anteponen a los objetivos e intereses de la organización; en síntesis, el PSUV no ha conseguido formar una élite competente que pueda darle continuidad su antihistórico proyecto, ecléctico derivado de la ensoñación bolivariana y el embrujo castrista.

En los movimientos y procesos políticos hay siempre una figura que, por sus cualidades, descuella como líder, aunque en el colectivo en el cual se apoya haya otras personas cuya contribución a la causa es vital para su defensa y promoción… y que, a veces, estorban. Stalin, que recelaba de sus pares, se deshizo de la cúpula bolchevique porque veía allí a potenciales rivales. Bolívar llegó a sostener que era como el sol entre sus tenientes y que si estos brillaban se debía a la luz que él irradiaba sobe ellos.

El exacerbado personalismo de algunos líderes relega a las sombras a mentes brillantes y eclipsa liderazgos en ciernes. Hay toda una historia de castraciones políticas, y hay también, sin embargo, otra de compañeros de ruta que destacaron no solo por su fidelidad, sino por su inteligencia y el haber sabido colocarse a la altura de las circunstancias. Es emblemático en el caso de Chu En-lai, a quien el Nouvel Observateur llamó “el número dos más grande del mundo” y, sin ir muy lejos, en Venezuela, el de Gonzalo Barrios, bautizado por Manuel Caballero como “un número dos de primera”. En ambos individuos se trata de liderazgos ganados por la contundencia de sus pareceres y su capacidad de aportar ideas y ofrecer consejos. Todo lo contrario de Maduro, cuyo secundario puesto en el roster de los rojos le fue asignado en La Habana, con base a vaya usted a saber qué voto de obediencia, y nunca se sabrá realmente si con beneplácito o resignación de parte del número uno.

Nicolás es un segundón de tercera en un partido sin primeras figuras, con improvisados dirigentes mayoritariamente de cuarta, que juega a la gallinita ciega buscando espaldarazos que justifiquen su irregular estatus. Así, entre síncopas, improperios y muletillas, cada vez que se presenta la oportunidad, condiciona la posibilidad de cualquier encuentro al reconocimiento de una majestad de la que carece. Y una reunión hecha espectáculo y montada para ganar legalidad no puede lograr su cometido mientras quien la convoca irrespete a sus contendores tratando de imponerles el plan de la patria, incautando bienes patrimoniales y colocando a sus comisarios políticos como autoridades paralelas en aquellos territorios que no comulgan con su credo y lo expresan mediante el voto.