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Orlando Luis Pardo Lazo

Gabo y yo

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Dos veces conocí en persona a Gabriel García Márquez. En Cuba las dos, en los años cero o dos mil.

 

Él entraba y salía como “Gabo por su casa” de la Isla de la Libertad, donde año tras año a muchos nos negaban sin explicación el Permiso de Salida para escapar. A mí y a miles de ciudadanos, sin causa judicial. Así como a millones de exiliados cubanos, pues aunque muchos pueden visitar su patria, no se les permite residir permanentemente en ella. Ni tampoco se les reconoce otra nacionalidad.

 

Por entonces ya no existía la Revolución Cubana, por supuesto.Deshabitábamos en una especie de inercia disciplinaria, mitad hedonismo y mitad horror, a la espera de que el Comandante en Jefe se desmayara tras los micrófonos, fuera picado por un mosquito que le provocó linfangitis,se rompiera la rótula en ocho pedazos tras su caída antológica, y finalmente sus intestinos se vaciaran de sangre fecal (todo lo cual aconteció, pero ahí sigue aún sobre sus pies “El Caballo”, casi senil, pero rebautizado ahora como “El Caguairán”).

 

Mi más reciente macondazo fue en una celebración de esos cursos de guión para izquierdistas de la desaparecida Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en San Antonio de los Baños, en el 2006. Gabo lucía eufórico más que afónico, y jugaba a ser un Chaplin chapucero con los cubiertos de nuestra última cena en comunión.

 

Lo vi encasquetarse entonces unas orejas de conejito sobre su cana cabeza. Su esposa no parecía andar por todo aquello, por suerte. Lo rodeaban—lo rodeábamos—jóvenes ilusos de mirada limpia de cara al futuro. Sin memoria de los cadáveres en el closet que implica todo boom cultural. Es sabido que no hay arte inocente. Que la literatura es bien culpable al respecto. Y que por eso mismo es un arte tan humano, demasiado humano, que se confunde con lo social.

 

Me le acerqué y le dije a GGM:

 

—Ni se le ocurra vomitar un conejito, Maestro, o sería una parodia pésima de Cortázar.

 

No sé cómo me atreví a semejante lance. Rieron—reímos— en grupo, sobre todo las muchachas que iluminaban la escena. Y El Gabo era también todo cuacuacuá entre aquel coro de talentosas inéditas.Olía a virgen (esta es o debió ser la primera línea de algún cuento de él).

 

Confieso que me dio gusto verlo brillar de puro feliz, al margen de las ideologías idiotas y de las fidelidades fósiles. Como si por primera vez, en semi-cien años de socialismidad, Gabriel García Márquez se sintiera libre de Fidel dentro de la Cuba que Gabo quiso tanto y tan poco entendió.

 

Ni siquiera se dirigió a mí en aquella velada. Es casi seguro que ni me viera en mis revoloteos de autor. A lo mejor me confundió con una de sus alumnas ávidas de ser des/cubiertas (y yo lo era, como es obvio, todavía lo soy y siempre lo seré: su pupila de provincia, provocadora y pacata, su lector-hembra de pasividad post-proustiana).

 

Esa fue nuestra despedida, de La Habana a la eternidad. Adiós, Gabo querido e inquerible.

 

Pero mi primer macondazo fue antes, en el inviernito inverosímil de cuatro años atrás, en diciembre de 2002. Cruzábamos la Plaza de Armas y lo vi. Él iba como de la mano de Eusebio Leal Spengler, ese buitre de sacerdocio ninfómano que era o es el Historiador —Expropiador— de la Ciudad: un déspota decimonónico con ínfulas de castrismo cooltural.

 

A mi lado iba un escritor maldito, Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), recién censurado por formar parte de la Agencia Decoro de Periodistas Independientes, dirigida por el que muy pronto se revelaría como el Agente Orrio de la Seguridad del Estado.La Revolución en su laberinto luctuoso…

 

JAAD cargaba en la mochila una de las últimas copias de su libro “Adiós a las almas”, cuentos publicados por la editorial estatal Letras Cubanas, que enseguida los hizo pulpa por órdenes del talibán totalitario Iroel Sánchez, el impresentable presidente del Instituto Cubano del Libro (ICL), hasta su expulsión por indisciplina o acaso corrupción a mediados de 2009.

 

Le arrebaté un “Adiós a las almas” a JAAD y crucé corriendo el parquecito del Casco Histórico de la ciudad. Lo dediqué al vuelo como si fuera mío (yo amo ese libro, y por tanto es mío) y detuve con mi cuerpo a la comitiva garcíaministerial.

 

—Maestro—es obvio que desde el inicio tengo esa palabra en la boca para referirme al Gabo—: este libro es de un autor cubano que no cupo en el anaquel de las Letras Cubanas…

 

Eusebio se puso azul (él normalmente es verde). Pero García Márquez sonrió bajo el sol solemne de la mañanita no enmarañada. Parecía en paz. Un pez en su saludabilísima salsa. Ya se rumoraba sobre sus enfermedades, pero igual me dio la impresión de que GGM sobreviviría a Fidel, que en el 2002 seguía sin síntomas de ser mortal.

 

El Gabo aceptó el libro de JAAD como si fuera mío, me dio unas domingueras gracias de personaje garcíamarquiano, y siguió con sus acólitos hacia alguna institución oficial. Acaso hacia la propia oficina de Iroel Sánchez, pues el ICL quedaba a un costado de la Plaza de Armas, en el Palacio del Segundo Cabo. Sólo espero que el irascible Iroel no le haya decomisado aquel librito al Premio Nobel de Literatura.

 

Y en este punto ya no tengo nada más que añadir. Bueno, sí.

 

La dedicatoria decía: Por la libertad de Cuba. Maestro, ¿cabe la libertad de Cuba en su anaquel?

 

Esa fue la pregunta que no le hice al Gabo en una noche de conejitos y conejitas, todos contentos e incontinentes en aquella noche inimaginable de la EICTV.