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Jonathan Reverón

Gabo, déjela pasar

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Cuando voy a casa de un amigo por primera vez y consigo su biblioteca, la curiosidad se adueña de mis acciones y voy directo a ella, muchas veces sin pedir permiso. En casa de Alejandra Ravelo, encontré una colección nutrida de obras de Gabriel García Márquez. Ediciones de todo tipo. Escolares, conmemorativas, tapas blandas y duras, narrativa, ensayo periodístico, artículos, algo también de Plinio Apuleyo Mendoza, hablando de su gran amigo. Alejandra pertenecía a la enorme masa latinoamericana que veneraba al escritor, ah, también a Olga Guillot, para ella así como “Gabo”, “Olguita”, pues. Hablo en pasado porque desde hace unos pocos meses Ale no está con nosotros, falleció anticipadamente. Y cuando hablo de nosotros, hablo del gremio periodístico, y en buena parte otra masa, otra fauna, la raza radio.

Alejandra Ravelo se formó en una época que me hubiese gustado vivir dentro de Radio Caracas Radio, la de la gerencia que formó profesionales como Marycarmen Sobrino o Marlene Rodríguez (que le dio sus mejores años a 92.9). Todos mis colegas que se formaron, junto y como productores como Alejandra, le dieron el potencial periodístico y moderno a la radio que hoy escuchamos. Tenían detrás jefes como Sergio Gómez, Enrique Cuscó, más tarde John Fabio Bermúdez, Jaime Ross o María Alejandra López. Jefes que se convertían muchas veces en padres, mejores amigos, abuelos. Mentores que vieron nacer Cien años de soledad, y discípulos que se convertían en la segunda generación en leer el mayor clásico hispanoamericano –después de Don Quijote...–.

Ale lo veneraba, y era una fan de esas que hacía puchero frente a una foto de García Márquez, no escatimaba en reverencias y discursos a favor del premio Nobel colombiano. Ale pertenecía a esa logia que sabía la verdad verdadera del desencuentro con Vargas Llosa, y el puñetazo del rompimiento. Su sueño, no recuerdo si cumplido en parte, fue pasar de alguna forma por la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano.

En los pasillos de radio y televisión donde había, y siguen existiendo, periodistas de la raza radio, las computadoras humean, los teléfonos están calientes constantemente, se grita, se pauta con rudeza, a veces con cuchillo en los dientes por una primicia. Me tocó contemplar a Alejandra desde la tenue luz de las 6:00 de la mañana, yo con mi primer café y ella con el tercero porque estaba allí desde las 4:30 am, levantando una escultura llamada información. Sus pautas, como sus cuadernos, eran impecables. Su agenda era como una réplica del santo grial, aunque más de una vez sentí orgullo de que me llamara para pedirme algún contacto que no tenía en su atávica libreta de direcciones.

Era una época no menos siniestra que esta para la libertad de expresión, pero definitiva para ser los últimos en decir cosas con una ley de contenidos aún no aprobada pero con sus arcadas en preparación. Periodistas como Alejandra, como lo reza el difunto Nobel, tenían como deber una cultura popular amplia, donde los periódicos prácticamente dominaran la prosa, y el medio llegase a la gente de forma potable, esa “pasión insaciable”. Alejandra particularmente amaba la naturaleza y fungió también como periodista ecológica.

Esa generación se ríe hasta llorar de las tragedias de su oficio, en cualquier tasca o rincón con cerveza, para seguir trabajando, contándose la jornada muchas veces hasta la borrachera y excesos, estando activos frente a una computadora pocas horas después de la juma. A mayor sentido del humor, mejor periodista eres, y mientras más te rías ante una situación antiética, más te rebelas contra el baboso monstruo de la censura.

Decía que contemplaba a Alejandra, corriendo entre teléfonos, cuartillas con noticieros, televisores encendidos y personalidades variopintas de operadores (ella se entendió con todos), y siempre veía a una gran periodista, un personaje sacado de Noticia de un secuestro con fondo del Gran Combo de Puerto Rico. Por eso, señor Gabriel García Márquez, esa gorda bien maquillada, medio bajita, pero escandalosa, esa que le está pidiendo entrar al VIP de su cielo, es ella, es Alejandra Ravelo, por favor déjela pasar.