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Pedro Palma

Información dolosa

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Joseph Goebbels, el intrigante y degenerado ministro de propaganda del régimen nazi, fue también una persona brillante y genial que usó toda su astucia e inteligencia para montar una estructura informativa y de propaganda de gran eficacia, que ayudó a Hitler a consolidar un poder omnímodo en Alemania. Su filosofía de la información dolosa, por lo engañosa y fraudulenta, se resumía en unos pocos principios que hoy parecen tener gran vigencia en nuestro país. Solo me referiré a algunos de ellos. El primero de estos es “adoptar una única idea, un único símbolo”, que en nuestro caso sería el socialismo del siglo XXI de la revolución bolivariana-chavista. El segundo principio consiste en “reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada”; obviamente, para el régimen actual ese adversario es la burguesía parasitaria y apátrida plegada al imperio, cuyo objetivo es conspirar contra el pueblo al que depreda con saña.

El tercer principio consiste en “cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Sobran los ejemplos de esta práctica, entre los que destacan las reiteradas acusaciones de sabotaje para explicar el caos del servicio eléctrico o los frecuentes accidentes, incendios y explosiones en las instalaciones petroleras, incluida la de la refinería de Amuay del año pasado. También se pueden mencionar las frecuentes acusaciones de acaparamiento y especulación que esgrime el gobierno contra el empresariado privado para explicar la desenfrenada inflación y la creciente escasez que padecemos.

Otro de estos principios consiste en “acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines”. Aquí encajan las recurrentes desestimaciones de investigación por parte de las autoridades competentes de casos flagrantes y notorios de corrupción, como el del maletín que viajó a Buenos Aires, o las graves acusaciones de malversación, peculado o tráfico de drogas que se han presentado con sólidas pruebas. El objetivo de silenciar estos casos se ha fortalecido con la eliminación de medios de comunicación no afines al gobierno, y la proliferación de otros que de forma abierta y exclusiva apoyan la gestión gubernamental. También se pretende encubrir estas irregularidades y delitos a través de la censura, que cada vez se hace más evidente mediante acciones como la reciente creación del Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria.

Sostenía Goebbels que había que convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave, y limitar la propaganda a unas pocas ideas y repetirlas incansablemente, pues “una mentira que se repite lo suficiente acaba por transformarse en verdad”. Igualmente, sostenía que la propaganda debe ser popular, sencilla y de fácil comprensión, ya que “la capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además tienen gran facilidad para olvidar”. No creo necesario dar ejemplos de las múltiples veces que estas directrices las aplica el gobierno al pie de la letra, incurriendo en un cinismo descarado y reiterado, al punto de que después de casi 15 años de gobierno, aún son frecuentes las acusaciones de que los males que hoy padecemos son culpa de las anteriores administraciones.

Cuánta razón tenía el Libertador al decir en el Congreso de Angostura en 1819 que “un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la venganza por la justicia”.