• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

La universidad descafeinada

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I.

Subió el precio del transporte y las redes sociales hicieron lo suyo. Las manifestaciones populares aumentaron de volumen y sumaron otras causas: la educación deficiente y segregada, la mala calidad de los servicios públicos, la corrupción gubernamental y paremos de contar. Muchos creen que quedaron al aire las costuras de un modelo que llevó a Brasil a convertirse en la quinta o sexta economía del planeta.

La llamada Copa de Confederaciones puso la vitrina para que las protestas se hicieran mundialmente visibles y añadió un motivo más al menú contestatario: la cuantiosa inversión deportiva en un país en donde la pobreza sigue siendo un rasgo que define el paisaje social. Por fortuna, en el juego final, la “canarinha” derrotó a España y con ello Brasil se ahorró daños mayores, por ejemplo, la caída del gobierno de Dilma Rousseff, como pronosticaban algunos politólogos de tribuna. Es que, por lo que parece, también en política el fútbol hace milagros.

Así las cosas, la Presidenta tragó grueso y declaró que las voces de protesta habían traspasado los mecanismos tradicionales de las instituciones, de los partidos y de los propios medios de comunicación, y dejado un mensaje nítido que debía ser escuchado. Hay que replantear, añadió, la participación política de la gente, y colocó sobre la mesa la necesidad de firmar un nuevo pacto social. Aparentemente el enojo colectivo no caerá, pues, en saco roto. Un chino de a pie diría que los brasileños tratan de hacer de la crisis una oportunidad.


II.

Mientras tanto, por estos lares venezolanos una buena parte de las universidades públicas protesta con la suspensión de las actividades porque su presupuesto sólo da para funcionar a duras penas y para malpagar a sus profesores. Pero, más allá de lo anterior, protesta para preservar un concepto de universidad armado en torno a la autonomía, a fin de que la educación superior sea un espacio libre y diverso, sin dogmas políticos que la marquen o sesguen, sin gríngolas sectarias que le estrechen su mirada y restrinjan sus posibilidades de evolución en el campo del conocimiento.

Lo hace porque las autoridades gubernamentales tienen una cosa muy distinta en la cabeza. En efecto, durante los últimos años se ha preferido orientar los recursos hacia otras instituciones, creadas conforme a nociones distintas. Bajo la loable intención de llevar adelante un proceso de la inclusión social –que deja dudas sobre su éxito, pero eso es tema para otro artículo–, se ha creado una nueva institucionalidad que prescinde de la autonomía. La universidad tiene que estar al servicio de la nación, dice el ministro Calzadilla, asumiendo, así se desprende de su discurso, que nación y Gobierno vienen a ser más o menos lo mismo. Se trata, pues, de una universidad que no rezongue, que no discuta, que no asome dudas y opciones, en suma, una universidad descafeinada, factoría de profesionales que, bajo su aparente politización, queden inhabilitados para disentir de un proyecto político parido en lo más alto de la burocracia gubernamental.


III.

El Gobierno venezolano no es, ciertamente, el Gobierno brasileño. En efecto, a diferencia de aquel, ha descalificado la protesta distorsionando sus fines y sus medios y, lo peor, evadiendo la realidad. Resulta difícil, entonces, saber cuál será el desenlace de la crisis universitaria, aunque los vientos oficiales soplan contra el optimismo. El ministro de la Educación Superior se ha transmutado en presidente del Indepabis: anda a la caza ideológica de culpables y les saca el cuerpo a los problemas

En fin, luego de que cese el conflicto, ¿pasará algo con nuestras universidades? El mismo chino de a pie ¿podrá decir que convertimos la crisis en oportunidad? ¿Servirá, en suma, para que tengamos el diálogo, pendiente desde hace rato; un diálogo para acordar los cambios necesarios, a fin de equipar a la universidad venezolana en función de los tiempos que corren? Ojalá que sí.


Harina de otro costal

Su director técnico les sale al paso a los que le reclaman la ausencia del “jogo bonito”, histórica marca de fábrica del fútbol brasileño. Alega, luego de vencer a España, que la victoria bien vale una buena dosis de pragmatismo táctico. Habrá, pues, que resignarse: Brasil seguirá jugando bien sólo en la nostalgia.