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Rodolfo Izaguirre

Entrar en la geografía

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A. R., abogado adinerado y presumido, había alquilado un coche con el propósito de recorrer Castilla la Vieja y detenerse en las ciudades que apetecieran al pequeño grupo que disfrutábamos la aventura. A los amigos se les acepta como son y tolerábamos sus petulancias mientras recorríamos lugares y nos deleitábamos ante las maravillas que veíamos y comíamos. Llegamos a Burgos y A. R. detuvo el automóvil e interpeló a un hombre en la calle: Por favor, ¿dónde queda la Catedral de Burgos? El hombre lo miró visiblemente asombrado, se repuso de inmediato y respondió con tono seco e irritado: ¡Joder! ¡Pues si la Catedral de Burgos no está en Burgos sólo Dios sabe dónde está! Nuestro amigo, puesto en ridículo, arrancó sin decir palabra y siguió de largo hasta que encontramos lo que buscábamos porque al parecer todas las calles de Burgos conducen al gótico prodigio de su Catedral.

Lo que pasa es que en Venezuela la mencionamos diciendo: la Catedral de Burgos; de la misma manera que decimos la Torre de Londres y sólo un necio preguntaría en Londres: ¿Dónde queda la Torre de Londres?

También ocurre que no consideramos la importancia demográfica o administrativa de nuestros pueblos. En los alocados viajes a Valera que desde Caracas hacíamos los jóvenes poetas y escritores vinculados al grupo Sardio preguntamos en territorio trujillano a una mujer muy gorda que cuidaba una venta de piñas: ¡Señora! ¿Cómo se llama este punto? La vendedora hizo un enorme esfuerzo para contenerse y molesta, con un orgullo atesorado desde el momento mismo en que nació, dijo: Este “punto”, ¡señor!, se llama ¡Flor de Patria! Evidentemente, ignorábamos que la parroquia Flor de Patria no era un punto: era la segunda parroquia más poblada del municipio Pampán famosa, además, por ser la torrefactora del café Flor de Patria.

Se alcanza el ridículo cuando la retórica arropa los conocimientos elementales. Recuerdo haber leído en una columna periodística considerada como vocero del Ejército venezolano un artículo en el que su autor, un teniente coronel, se emocionaba al mencionar las regiones y lugares de la geografía nacional donde nuestras gloriosas Fuerzas Armadas cumplen sus patrióticas obligaciones y enumeraba las costas, los llanos, las montañas, las selvas, ciudades, pueblos, aldeas y aldehuelas. Al llegar ahí me dije: Este teniente coronel cagó la jaula porque si a ver vamos no hay aldehuelas en mi país, tampoco villorrios. A lo sumo, hay caseríos, poblaciones rurales dispersas. Puede ser que en España haya aldehuelas, pero nunca he sabido de nadie que en Venezuela haya nacido en una. En estos casos, lo prudente es seguir a Juan Ramón Jiménez cuando al referirse al lenguaje cotidiano aconsejaba no hacerlo literario: “Si existe la palabra pájaro no digas ave”.

No podemos olvidar lo embarazoso que fue escuchar al ilegítimo anunciar en plena campaña electoral que se dirigía al estado Cumaná y al estado Margarita porque fue como si un tsunami de confusa e incierta incapacidad geográfica avasallara mi condición venezolana. Me hizo retroceder al tercer grado de primaria en la escuela parroquial de San Juan regentada por los hermanos de La Salle cuando el hermano Hermógenes pidió a uno de los alumnos que señalara en el mapa la isla de Margarita y el muchachito comenzó a mirar por el estado Bolívar y luego puso la vista en los Andes demostrando que ni siquiera sabía lo que era una isla. Nunca he olvidado este episodio que tantas veces me ha entristecido, pero me doy cuenta ahora con escalofriante alarma de que aquel desorientado condiscípulo también podría, dentro del socialismo del siglo XXI, ser ¡presidente ilegítimo de Venezuela!