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Santiago Zerpa

¿Futuro?

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No tengo idea de cómo va a ser el futuro. Muy atrás quedó la idea de Los supersónicos y nadie sueña con autos voladores o amas de casa robotizadas. ¿Se imaginan la cola para bajar a La Guaira pero con gandolas flotantes y taxis aeropropulsados que te pasen por arriba, abajo, por todos lados? Sin duda el paradigma que Hanna Barbera quería instaurar sobre la familia del 2062 no es solo lejana y risible, sino más bien improbable.

Recuerdo que cuando vi la película Wall-E, de los estudios Pixar, pensé haber hallado la respuesta. Ahí, una enorme nave espacial surca sin rumbo la galaxia con lo que queda de población humana en su interior. Todos son obesos, ya que están incrustados en unas sillas mecanizadas que no solo los transportan (por lo que no se ejercitan nunca), sino que además sacia sus necesidades en cuestión de segundos. Sándwiches, refrescos, lentes de sol… pide y tendrás. La idea de que nuestra población se vuelva una masa de gente inútil completamente dependiente de la tecnología no era muy descabellada. Vivir sin preocupaciones ni responsabilidades, sin emociones ni aventuras, sin altibajos, transforma el mismo concepto en otra cosa muy distinta. Estos personajes no viven, sino “existen”. Están ahí, y ya, al igual que los tornillos y cristales que adornan la nave. Ahí es cuando la propuesta de Pixar me abandona. El ser humano es incapaz de existir y ya. Es incapaz de estar flotando y conviviendo amablemente entre humanos gordos por la eternidad. El ser humano tiene un instinto animal de violencia: mata, maltrata y se sobrepone a otros desde sus inicios. La coexistencia en una nave espacial es absurda cuando sabemos que ya de por sí es imposible en un planeta entero. Nuestra naturaleza de destrucción no puede permitirnos existir, ni vivir. Ya lo había dicho el Agente Smith, ¿villano? de la película The Matrix, cuando se refiere a la raza humana: “Verá, me di cuenta de que, en realidad, no son mamíferos. Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un lógico equilibrio con el hábitat natural que les rodea. Pero los humanos no lo hacen. Se trasladan a una zona y se multiplican y siguen multiplicándose hasta que todos los recursos naturales se agotan. Así que el único modo de sobrevivir es extendiéndose hasta otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón ¿Sabe cuál es? Un virus. Los humanos son una enfermedad, son el cáncer de este planeta, son una plaga…”.

Bajo esta idea de nuestra naturaleza destructiva se desarrolla Interstellar, película dirigida por Christopher Nolan y estrenada el año pasado. Apartando los efectos especiales, las actuaciones y el hecho de que el astrofísico Neil de Grasse Tyson diga que tiene un ocho o nueve sobre diez, en cuanto a verosimilitud, si hay algo a rescatar de la película es que plantea al ser humano como un virus. Una plaga que ha secado y destruido el planeta y que anda desesperada buscando otro lugar dónde vivir. Nosotros como garrapatas hinchadas de sangre que buscamos aferrarnos a otro perro antes de que este termine de convulsionar. Es fuerte, pero es cierto; y basta con investigar un poco para ver que el futuro plasmado en la película no es muy lejano. Cada vez es mayor el número de animales extintos y los porcentajes de riesgo de las otras especies. En los últimos dos años se han declarado extintas dos grandes especies de mamíferos, como el leopardo nublado y el rinoceronte negro, y aunque sea terrible, quizás más miedo deba dar que en muchos lugares las abejas (aquellos insectos que polinizan un enorme porcentaje de plantas de las zonas que habitan) estén acabándose. Sin abejas, se acaban las plantas, y se acaban quienes dependen de aquellas plantas, y así muchos ejemplos más. Ahora, esto no es un artículo Greenpeace para salvar el planeta ni para decir: “¡Oh, Dios, somos muy malos!”. No, nada de esto. Lo que hablo es de la idea de que somos, como raza humana, un organismo que se va extendiendo y consumiendo todo a su paso. Que más temprano que tarde nos encontraremos con un planeta resentido por tanto abuso y ahí, cuando las comodidades se acaben y el papel moneda no sirva para nada, nos daremos cuenta de que nuestra naturaleza no es vivir, ni existir como los gorditos de Wall-E, sino más bien la de sobrevivir. Soportar otro día entre nosotros mismos, chupándole toda la sangre al perro sobre el que andamos aferrados, y luchando para que ningún otro se atreva a venir a quitarnos una gota. El apocalipsis zombie no será como en la serie The Walking Dead entre humanos y muertos. Será entre puros humanos que se saben muertos pero que intentan seguir sobreviviendo.

Y no, no tengo idea de cómo va a ser el futuro. Aunque me haya gustado Interstellar dudo mucho que un Matthew McConaughey aparezca para salvarnos y mostrarnos un nuevo planeta. Aunque crea que la gente cada vez será más obesa y dependiente de las máquinas, dudo mucho que se pueda vivir en paz encerrados en una nave espacial. George Orwell y Aldous Huxley abordaron muy bien una mirada a lo que es nuestro presente. Ahora, ¿cuál es la clave para abordar lo que nos viene? Quizás encerrarse y seguir leyendo, averiguando, investigando. Quizás seguir conectado a The Matrix y disfrutar de un pedazo de carne sangriento mientras afuera de tu mente todo se derrumba. Quizás unirse a Greenpeace y destruir con letras amarillas aquello que luchamos por preservar. Quizás morder tu pedazo de perro y luchar contra las otras garrapatas que quieren venir a quitártelo. No lo sé.