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Mauricio Gomes Porras

Futbolito

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Siempre me gustó el olor de la grama mojada. Y la grama siempre está mojada cuando se juega en la mañana. Cuando era niño nuestros partidos se jugaban siempre en la mañana, a las 9:00. Yo me paraba horas antes y me vestía. Me ponía unas medias rojas con rayas amarillas y verdes que picaban como bachacos, unas canilleras enormes, unos taquitos negros, y una camisa cuyo cuello estaba hecho del mismo material que las medias, era terrible... Pero me encantaba. Rondaba la casa durante horas hasta que mi papá se despertaba, lo fastidiaba para que se apurara en llevarme a la cancha, aunque siempre al llegar teníamos que esperar media hora más por el árbitro, mi papá siempre tuvo razón en que no había motivo para apurarnos. Pero me emocionaba tanto ir a perder todos los sábados... Nunca, jamás, en la historia de esa liga de Compoticas, mi equipo ganó algún juego. Y siempre fui con entusiasmo a perder. A veces, el olor de la grama mojada todavía me regresa a un lugar seguro.

Yo estaba absolutamente obsesionado con el fútbol cuando era niño. Recuerdo que mi mamá me regañó bastante molesta en algún momento porque todos los dibujos que hacía en la escuela eran el mismo una y otra vez: un muñequito con la camisa de Brasil jugando fútbol. Y eso es todo gracias a la influencia de mi padre. La idolatría hacia mi padre era tal que recuerdo a mi mamá leyendo una boleta de preescolar que decía que yo no sabía usar tijeras mientras yo estaba en el suelo, escribiendo y recortado decenas de papelitos con el nombre Zico... El ídolo futbolístico supremo de mi padre. Estaba haciéndole autógrafos de Zico para regalarle, antes de siquiera saber escribir (y por lo visto, cortar).

Zico formó parte de la que es considerada la selección más bonita de Brasil, la del Mundial del 82. Una selección en la que cada jugador era como un músico virtuoso de jazz y toda la banda improvisaba en conjunto sin enredarse nunca. Para entender el tamaño de estos personajes y lo irrepetibles que son, basta con decir que el capitán del equipo, actualmente considerado uno de los mejores mediocampistas de la historia, era un médico borracho y de izquierdas que medía un metro noventa, era delgado como un palillo y se llamaba Sócrates. La selección del 82, la mayor exponente del jogo bonito en la historia del fútbol, perdió ante Italia... Porque los italianos en el fútbol siempre hacen eso: destruyen todo lo que es bueno y justo.

Mi papá es el mejor futbolista que he conocido. Tiene 54 años y todos los jueves de su vida juega fútbol religiosamente. Es el capitán, el número 10, el dictador benevolente... Ha pasado por todas las categorías posibles. Lo he visto envejecer y pasar de jugar en el campeonato de Veteranos a Superveteranos, y de allí, a Master. Para que tengan una idea de cómo es esa categoría: el delantero estrella de su equipo, alias Papita, tiene 71 años. Y Papita es todo un caballero con el balón: corre, la pasa, y dribla elegantemente con una sola pierna, la única que todavía le responde.

Cuando era niño, papá siempre me llevaba a sus juegos. Y me fue metiendo su ideología: me decía que no fuera defensa porque yo sabía jugar, que fuera 10, que Adidas es mejor que Nike, que los tacos de los jugadores con clase deben ser de colores oscuros, que los uruguayos son los más sucios, que los argentinos también porque qué clase de persona puede salir de la mezcla entre un español y un italiano, y lo más importante: me enseñó que no se trata de hacer truquitos, porque jugar elegante es jugar simple. Me hacía sombreritos una y otra vez, me bailaba con tanta facilidad. A medida que fui creciendo, las rodillas ya no le daban más para hacerme sombreritos. Pero yo lo vi, yo recuerdo cómo era, cómo jugaba... De la misma forma en la que él recuerda cómo jugaba Zico para el Flamengo en el Maracaná, yo simplemente sé que él es el mejor futbolista que he visto jugar.

Papá rozó la profesionalidad en varias ocasiones y su historia para mí es una leyenda. Yo, como respeto su leyenda, nunca le he preguntado bien. Pero sé que jugó fútbol en cada país en el que vivió y casi estoy seguro de que en algún momento vistió un uniforme juvenil del Flamengo, el de Zico. Siempre he creído que mi papá recuerda Brasil como su época dorada, de hecho, en el mundo futbolísitico, su nombre es Brasil. Todos le dicen Brasil, como si al ver a la selección del 82 él hubiera decidido que a partir de ese momento, donde sea que estuviera, él quería ser brasileño.

En la liga en la que papá juega casi todos los equipos están compuestos por inmigrantes. Personas que aprendieron a jugar cuando eran niños, en otras tierras. Al verlos me da la impresión de que lo más constante de sus vidas ha sido el fútbol. De que seguir jugando es una manera de seguir siendo ellos. A mi padre se le han muerto jugadores en la cancha, otros padres de familia que seguían jugando fútbol todas las semanas a pesar de tener marcapasos. Cada vez que los veo jugar pienso lo mismo: ahí hay un documental esperando a ser filmado. Un documental sobre señores que juegan fútbol, que es muy distinto a un documental de fútbol. Porque no se trata de eso, nunca se trató de fútbol... Incluso, si vas a los juegos, te das cuenta de que no están ahí para eso. No es solo el ejercicio, el deporte, la catarsis, no... Es lo que simboliza seguir jugando, es el ritual de seguir siendo lo que eran.

Mi papá odia perder. Mi papá les grita, los insulta, los humilla... Y son unos viejos ya con familias, con negocios, con vidas hechas. Pero ahí está él, gritándoles a todo pulmón frente a una treintena de otros hombres todas las semanas. Igual casi todos siguen volviendo, semana a semana, para que mi padre les grite y así tener el lujo de poder perder estando en su equipo. El lujo de seguir siendo, de seguir jugando.

Mi padre es igual, lo que le importa de verdad es seguir jugando. Por eso ha jugado en equipos de chinos, sirios, españoles, chilenos, portugueses, vascos... La cantidad de gente que ha conocido gracias a esto es una locura, la cantidad de historias y amistades raras que tiene dan para varios libros.  El otro día, por ejemplo, mi papá estaba viendo el noticiero español y en una noticia sobre la liberación de presos de ETA se dio cuenta de que uno de los liberados que aparecía en la pantalla era un amigo suyo con el que iba a jugar fútbol todas las semanas en la Valencia extraña de los ochenta.

Mi papá siempre que puede juega dos días a la semana, aunque a veces no pueda ni caminar del dolor. Desde niño lo he visto con una venda en la rodilla izquierda, con morados, con fracturas y esguinces que nunca se trató en un médico. Creo que también aprendí algo de ahí: está bien que las cosas que te gustan te duelan.

Cuando tenía siete años me dio artritis. Suena raro decir “me dio”, pero fue así. De un día para otro, mi sistema inmunológico comenzó a atacarme y el dolor se hizo una presencia casi constante. El dolor y los médicos, las agujas, la voz de mi madre preocupada y mal disimulada, la atención extraña de todos los adultos, el coctel de pastillas diarias, la alienación... A partir de ese momento comenzó mi separación de los otros niños, a partir de ahí comencé a sentirme distinto. Recuerdo un día en el que había faltado al colegio para hacerme unos exámenes, era segundo grado, al terminar fuimos a recoger a mi hermana, y mi padre aprovechó para justificarle mi ausencia a la profesora. Mientras ellos hablaban, recuerdo que un niño en la puerta del salón me preguntó por qué había faltado, yo le contesté que me habían sacado la sangre y le mostré la curita en mi antebrazo, su boca se abrió y llamó a los otros niños. “Le sacaron la sangre, y sigue vivo”, les dijo a los demás, todos me miraban sorprendidos.

A partir de esa época comencé a saber que yo no era como ellos, comenzó una extraña sensación de superioridad: yo sabía, de verdad, lo que era el dolor. Como si estuviera adelantado en la vida, como si ya hubiera experimentado lo que ellos todavía no imaginaban. De otras maneras, a veces todavía me siento así. La enfermedad se llevó mi infancia, lentamente fui dejando de ser un niño y yo lo sabía. Comenzó la arrogancia para equilibrar lo fuera de lugar que siempre me sentí con los otros niños. Comencé también a faltar a la escuela muchísimo, casi todo tercer grado lo pasé en mi casa viendo The History Channel y Discovery. Comencé a no entender absolutamente nada de matemática y mucho de nazis, gangsteres, extraterrestres, y tiburones. En ese momento, se firmó mi vocación humanística. Quizás de no haberme enfermado habría sido competente con los números. Capaz ahorita sería simplemente un ingeniero que escribe sus informes con cierta creatividad. Pero no lo soy, porque fui el niño que aprendió a hablar con palabras grandes viendo programas sobre la Inquisición.

En algún punto borroso de esos años, me dio una complicación llamada síndrome de activación macrofágica. Palabras más, palabras menos: me estaba muriendo. Estuve hospitalizado quince días, viendo a todos los adultos a mi alrededor intentando aparentar calma cuando era imposible. Todos eran muy malos actores. De ese episodio hay muchas cosas que recuerdo, pero esta es la que importa ahora: mi padre hizo la promesa de dejar de jugar si sobrevivía.

Quizás no sobreviví y este es como el final alternativo de Supercampeones, en donde Oliver Atom nunca fue al mundial con la selección de Japón sino que todo el tiempo estuvo en coma con las piernas amputadas en un hospital. Pero el punto es que mi papá, años después, luego de hablarlo con un cura, llegó a la conclusión de que a Dios no le podía parecer malo que él siguiera jugando. Y volvió al fútbol. Yo, por mi parte, nunca volví a jugar con un equipo. No habría podido soportar el ritmo de los entrenamientos y los partidos. Por cada partido que jugábamos en el colegio yo pasaba por lo menos tres días adolorido. Pero siempre quería jugar. Pasé un par de años sin hacer absolutamente nada en Educación Física, solo me sentaba y miraba a los demás correr. Sentado al borde de la cancha, comencé a hacerme amigo de los demás raros que no hacían deporte: dos gordos y un malaconducta, los amigos con los que pasaría la mayor parte de la adolescencia y con los que desarrollé todo mi sentido del humor. Ese fue el momento en el que la artritis terminó de hacerme lo que soy. Una vez añadido el humor a la arrogancia, ambas cosas como mecanismos de defensa, ya tenía los elementos clave de mi manera de escribir, de crear, de ser.

En mi primer cumpleaños luego de ese episodio (al que todavía mis doctores y mis padres se refieren crípticamente como la crisis), me regalaron un perrito, Spuky. Un cocker negro, el mejor ser humano que he conocido. Todas las tardes salía a pasearlo con mi papá y siempre nos llevábamos una pelota. Mi papá comenzó a enseñarnos a todos los niños del parque a driblar, parar la pelota con el pecho (él le dice matar la pelota), patear tiros libres... Al mismo tiempo, el coctel de pastillas se estabilizó y comenzó a funcionar, así que pasé probablemente desde los 12 hasta los 15 jugando todas las tardes en el parque. Jugábamos sin luces, jugábamos en medio de los atracos, una Navidad jugamos hasta en la madrugada de año nuevo...

Yo sabía que nunca iba a poder ser futbolista, ser como mi padre y hacerlo orgulloso. Poco a poco dejé ese sueño morir. En algún momento, remplacé el fútbol con otras cosas y dejé de ir al parque, crecí y dejé de acompañar a papá a sacar a Spuky. Los paseos para él se convirtieron entonces en espacios solitarios de reflexión que duraban horas; Spuky y él se entendían como se entienden dos amigos que juegan fútbol todos los días. Se predecían el uno al otro sin hablar. Cuando dos personas juegan juntas mucho tiempo, comienzan a hacer magia intuitivamente, todos los pases salen perfectos y funcionan como un solo cuerpo y no como una suma de individualidades. Papá lo miraba, le hacía gestos, y él respondía a eso. Spuky también, lo miraba de cierta forma, se movía de cierta forma, y solo mi papá sabía exactamente qué estaba comunicando.

El sueño de ser futbolista ahora está relegado a unas fantasías vergonzosas. Hace poco metí un gol, pero un gol tan bueno, tan fruto de la gracia divina, que ni sé cómo lo hice, como si hubiera sido poseído por un espíritu en esa jugada. Para poder contarlo tuve que reconstruirlo a partir de testimonios, porque yo lo veo todo borroso: la paré con el pecho, les hice un sombrerito de espaldas a dos adversarios que me hacían faltas, seguí, le hice un sombrerito de frente al arquero, corrí y terminé cabeceando mi propio autopase adentro... Llevo cinco meses contando esa historia, porque no voy a dejar que muera la vez en la que por ocho segundos fui Zidane. Una vez en Portugal fui a jugar con los de la universidad y ese día metí dos goles, jugué buenísimo. Al llegar a casa hablé con mi novia, el clima estaba raro e indiferente. Un par de semanas después, me terminó. Por un momento pensé que si me hubiera visto jugar esa noche, no me habría dejado. Todavía lo pienso, esa relación estaba condenada al fracaso, pero si me hubiera visto jugar aquella noche habríamos durado dos días más.

Hay artistas en el deporte. Hay, se podría decir, estética en la manera de hacer las cosas. Esa gente, la que juega con más intenciones que simplemente ganar, son artistas de lo efímero. Como los cocineros, los jardineros, los escultores de hielo... Como mi padre, que casi todas las semanas pierde, pero siempre me cuenta emocionado las cosas que verdaderamente importan del partido: lo que casi fue, las intenciones. Me cuenta que fue driblando desde la media cancha con la rodilla mala, que los dejó a todos en el camino, que hizo dos sombreritos, se la pasó a Caetano y él, de alguna manera mágica y sobrenatural, la botó. Se emociona, comienza a actuarlo, es igualito a mí cuando hablo de mis ideas, me veo en su espejo y somos iguales, para bien y para mal. Todas las semanas con una sonrisa me cuenta sobre cómo su esfuerzo sobrehumano para alcanzar el triunfo fue destruido por cosas que no puede controlar. A veces, llega la gloria: metió un gol de tiro libre, hizo otro de tres-dedos, le devolvió la falta a algún uruguayo tramposo y salió impune. En un marcador de 4 a 1, de repente lo único que importa es un momento breve de brillo. Eso es la grandeza humana. Es un artista, y todos los artistas saben amar la trama más que el desenlace.

La selección del 82, la más bonita de la historia, nunca ganó nada. Zico nunca obtuvo toda la gloria para la cual estaba destinado. Nunca ganó un mundial y salió al mundo demasiado tarde, comenzó a jugar en Europa ya en sus treintas, donde la sutileza por la que es conocido el fútbol italiano recortó drásticamente la vida útil de sus rodillas y así, su carrera. Falcão, su compañero de selección, dijo que el futbolista moría dos veces, y la primera era la que dolía más: cuando deja de jugar... Cada vez está más cerca el día en que mi padre va a tener que colgar los tacos. Las épocas en las que trotaba lentamente le van a parecer lejanas e imposibles. El cuerpo ya no le va a dar más y todo lo que tendrá serán recuerdos. Algún día, mi papá va a dejar ser el 10. El hombre que gritaba, interponía su físico entre los demás y armaba el juego, va a ser otro y no él. Va a llegar el momento en el que papá va a tener que dejar ir ese sueño, mirar atrás y reconocer que aunque la gloria le fue esquiva, por lo menos hizo un buen viaje.

En septiembre, luego de casi catorce años de compañía, Spuky murió. Su final no fue el que queríamos para él, de ninguna manera. Mi papá y yo cavamos su tumba detrás de la arquería, en la cancha donde él juega todas las semanas, donde yo jugaba cuando era niño y donde Spuky se divirtió tanto cazando pajaritos y siendo cazado por gavilanes y caballos. La cavamos con él todavía vivo. Nunca olvidaré la imagen de mi padre adelante con la pala y Spuky siguiéndolo, nosotros tres en fila, con los árboles sacudiéndose por el viento y el olor de la grama mojada por todas partes.  Al día siguiente, tuvimos que esperar a que terminaran los entrenamientos de los niños para enterrarlo. Estábamos unidos, mi padre y yo, por el dolor y la vastedad de la pérdida que sentíamos, sentados en silencio en la banca, mirando a los niños aprender a cabecear en el mismo lugar donde él me había driblado tantas veces quince años atrás. Luego de un par de horas, ya adentrada la noche, pudimos enterrar a Spuky con todas sus peloticas. Ese domingo, cuando mi padre fue a jugar, le plantó unas cayenas rojas. Ahora cada vez que juega pasa por esa arquería y lo visita, dos veces por semana. Dice que las flores tomaron raíz y están creciendo, lo están ayudando a sanar.