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Ignacio Ávalos

Futbolistas actores (Consideraciones sobre el arte de engañar al árbitro)

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I.

En el fútbol actual ya es hábito que el jugador trate de engatusar al referí.  Que finja una patada mentirosa en la canilla, un codazo en la cara que, en verdad, pasó rozando la oreja o, lo más frecuente, una zancadilla imaginaria que sirve para lanzarse de cabeza sobre la cancha, convertida ésta símil momentáneo de una piscina.  Y, así, otras  acciones no muy santas, envueltas en la pretensión de lograr un castigo indebido para el equipo contrario y, ojala, una tarjeta para el supuesto infractor, preferiblemente roja.

 

Si bien de trata de una vieja costumbre, durante los dos últimos mundiales ha aumentado el per cápita de simulación, de acuerdo a las estadísticas de la FIFA. Los futbolistas han desarrollado cualidades histriónicas envidiables, aprovechándose de la circunstancia de que seguramente en ningún otro deporte el encargado de impartir la justicia se encuentra tan alejado del incidente que debe apreciar y ubicado, muchas veces, en un lugar que no es el más adecuado para apreciarlo.  Es lógico, por tanto que sea muy fuerte, la tentación de burlarlo.  Como se sabe, sólo si el árbitro logra darse cuenta de la treta , el jugador es sancionado, usualmente con la tarjeta amarilla, cosa que al parecer no ocurre en un buen número de casos.

 

II.

Dentro de la cultura del futbol, el fraude al árbitro pareciera ser entendido como un delito menor, como una trasgresión que muestra la cara simpática de la picardía y la habilidad. Narradores, comentaristas y fanáticos lo alaban públicamente, como si fuera parte del empaque con el que debe venir el buen jugador : chutar con ambas piernas, cabecear bien, buena gambeta, rapidez, resistencia física ….. y maña para confundir al árbitro. En fin, lo miran  como un “foul light”, a pesar de que sus consecuencias sobre el desarrollo del partido pueden no ser ligeras. 

 

Así las cosas, no sería de extrañar, entonces, que el arte de fingir llegue a ser ensayado en los entrenamientos, de la misma forma como se hace con los tiros libres.  La pantomima se ha ido institucionalizando, es parte de la táctica del juego. Se trata de desdoblar al futbolista en un actor con condiciones para representar de manera persuasiva el papel de víctima ante una agresión inexistente del rival. De contar, así pues, con un jugador capaz de inventar un golpe que supuestamente le propina el lateral del equipo contrario y, de seguida, poner en marcha una gestualidad que incluye, al menos, cara de dolor extremo, cuerpo en posición fetal, en lo posible lágrimas y hasta quejidos como si temiera quedar lisiado de por vida.

 

En suma : el disimulo institucionalizado.  Es como si la ética del fair play pudiera  coexistir con otros códigos menos explícitos que transitan en la ambigüedad moral, cosa que, según algunos, no debiera extrañar, pues, según se ha dicho, el fútbol es la dramatización de la vida social.

 

III.

Al tiempo que la trampa se ha multiplicado y perfeccionado a fin de ocultarla a los ojos del juez los avances tecnológicos la han convertido en una fechoría clara y fácilmente perceptible para millones y millones de espectadores, excluidos, seguramente, los que se encuentran en el propio estadio.

 

En el transcurso del mundial de Brasil los intentos, unos exitosos, otros no, de enredarle la labor al árbitro, han sido noticia frecuente, señal de lo que se indicó anteriormente: se trata de un delito frecuente en el balompié de nuestros días.  El caso de Arjen Robben, el excelente futbolista holandés, ha sido particularmente visible. Es, dicen los expertos, tan bueno driblando como zambulléndose, al menor toque, en la piscina de grama. Así, en el partido de su equipo con México consiguió un penalti que todavía se discute, gracias al cual su equipo clasificó. En declaraciones posteriores admitió haber simulado en otra jugada anterior con el fin de conseguir la pena máxima  y hasta pidió perdón por ello.  La FIFA no se hizo cargo del asunto, al parecer no consideró los videos disponibles y, desde luego, no procedió de oficio, vaya a saber Ud. por qué.

 

Pareciera que los recursos que la tecnología pone a disposición para observar las incidencias de un partido y administrar justicia siguen causándole problemas a las autoridades del balompié.  No terminan de establecer los criterios para procesar la información que les proveen los nuevos dispositivos : que peso darle, como tratarla cuando contradice la sentencia del árbitro, o cuando pone de bulto un hecho irregular que éste no alcanzó a ver.  No hay duda de que los últimos avances tecnológicos llegaron para complicarle la vida a la FIFA. Como que no sabe cómo lidiar con ellos.  Permítaseme ensayar una posible explicación : le incomoda la transparencia que posibilitan los videos y demás yerbas técnicas.