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Juan Esteban Constaín

Fumando espera

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No soy fumador y lo siento mucho, porque siempre me ha parecido un vicio elegante, enigmático, delicioso. Coger el fuego entre las manos y luego soplarlo en lentas bocanadas, ah, qué maravilla; saborear el tabaco, su olor, su historia, y después dejar que se vaya yendo con el humo. Sí. Pero la verdad es que traté desde niño con el cigarrillo y nunca pude, y eso que tenía, por todos lados, una magnífica disposición genética para su disfrute integral.

Y aún hoy siento una gran envidia cuando veo fumar a mis amigos, aunque sé que hay cosas que nos fueron negadas para siempre y que es mejor no intentarlas ya cuando nos pasó el tiempo para hacerlo. Cada iniciación tiene su propia primavera, después de la cual se cierran las puertas y nunca se vuelven a abrir. No así, por lo menos. Mejor entonces que nos quede la nostalgia de lo que no hicimos, de los placeres que nos esquivaron. Mejor eso que llegar tarde a la juventud y puntuales al ridículo.

Hace poco, en Bogotá, un vendedor muy persuasivo y peligroso estuvo a punto de venderme un cigarrillo eléctrico. Le dije que por desgracia no fumaba, me respondió en el acto: “Pues para que empiece”. Como si supiera lo que esas palabras significan para mí; como si ese diablo inesperado conociera mis debilidades y mis frustraciones, tirándome al piso esa tentación perfecta. Salí corriendo. Porque además, pensaba luego, si se trata de fumar, si ya va uno a caer en el vicio, pues que sea con todo lo bueno.

No pretendo hacerle un canto absurdo al cigarrillo, una apología y una celebración. Ni más faltaba; cada quien que se rasque con sus propias penas, cada quien que cargue con su propio cenicero. Solo quiero poner sobre la mesa mi condición de fumador fallido y en la reserva, para que no se piense que esto que estoy diciendo me incluye como parte interesada o como víctima, o como beneficiario, o como vocero de un gremio perseguido y en declive al que no pertenezco.

Y claro: sé que el cigarrillo es malísimo para la salud, pésimo. Sé que las cajetillas tienen razón: fumar mata, daña los dientes, da cáncer, tuerce hacia abajo y sin remedio el dedo índice de la mano izquierda. Todo eso lo sé. Incluso acabo de leer un interesante informe científico sobre un hecho aleccionador que producirá la deserción de muchos fumadores: de todos los “Hombres Marlboro” de la historia, al menos cuatro han muerto por enfermedades relacionadas con el vicio del tabaco. Sorprendente dato.

Pero también sé que quienes fuman lo hacen porque les da un gran placer, y cada vez me aflige más que los traten como renegados y conspiradores, como si fueran los miembros de una secta a la que hay que extirpar o sacar a escobazos de todas partes, imponiéndoles a ellos, y no solo a ellos, una moral fundamentalista y tiránica, cada vez más delirante, de la salud. Como dice una amiga: maldito el día en que cayó el comunismo porque ahora nos llegó el turno a los fumadores.

Por eso me emocionó tanto, esta semana, la historia de Francisco Gómez González: el alcalde de un pueblo en Andalucía que, mientras fumaba donde no se podía, era grabado por una enemiga política. Ella le pidió que dejara de fumar, y él empezó a ladrarle como un poseso. Pueden ver el video en YouTube. Pero el alcalde no apagó su cigarrillo, apurándolo hasta sus últimas cenizas. Y ahora a él mismo le toca abrir un proceso en su contra, con una sanción de novela: su propia destitución.

Fue también un andaluz, Rodrigo de Jerez, quien primero llevó el tabaco a Europa. Su mujer lo acusó ante la Inquisición porque un hombre que escupía humo tenía que ser el diablo. Por supuesto, lo quemaron.

Como un símbolo, deberíamos empezar a ladrar siempre que alguien nos quiera salvar a la fuerza.