• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Frustraciones

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Durante años no me bañé ni me afeité en  casa porque lo hacía en el baño turco situado a pocos pasos de mi casa. Sudorosos, los que íbamos allí nos veíamos iguales ya que apenas nos cubría una toalla alrededor de la cintura. Las toxinas que cada uno pudiera arrastrar consigo, incluyendo las políticas o ideológicas, desaparecían en el sudor.  El sauna resultaba ser un aprendizaje de tolerancia, de democracia, de aceptación de las opiniones del otro. Era liberarse no solo de las preocupaciones de una vida de compromisos, sino de las angustias políticas, ¡que son las más dañinas! Algunos, con fuerte resaca, salían del sauna dispuestos a naufragar en otra.

Un día me dio por indagar en las profesiones. La mayoría eran profesionales de éxito; abogados, ingenieros, hacendados, agentes financieros. Lentamente fui componiendo una suerte de encuesta. ¿Casados? Si. ¡Fidelidad conyugal? Frágil. ¿Dinero?  Suficiente. Pero la pregunta clave era: ¿Qué te hubiera gustado ser en lugar de lo que eres? Las respuestas se encuadraban en un marco relativamente estrecho: actor, escritor, arquitecto, periodista. Sólo uno declaró que habría querido ser bailarín clásico. Otro, aviador; otro mas: químico industrial. Algunos se manifestaron satisfechos con la profesión que eligieron. Pero lo sorprendente era constatar que la gran mayoría arrastraba una carencia, una frustración. En el sector de las mujeres, cuando se comentaba que la mía fue bailarina clásica y luego, de danza moderna todas suspiraban y aseguraban haber querido serlo. Cuando se me ocurrió decirle a mi amigo Nicolás Curiel, esa leyenda viva del Teatro, que siempre quise ser actor, me enfrentó y dijo; “¡No es verdad! ¡Si hubieras querido ser gente de teatro, habrías revuelto el cielo y la tierra!”. ¡Desde entonces me cuido de no repetir semejante necedad!

La revelación que emanó del sudor y del agua de aquel baño turco fue la de comprender que también el país venezolano arrastra muchas y terribles frustraciones que no le permiten alcanzar el horizonte: aspira a ser moderno y no lo es; cree ser rico y cada vez se descubre más harapiento y subdesarrollado; desea vivir en democracia pero el fantasma de Juan Vicente Gómez en uniforme militar lo jala por los pies y, en el mejor de los casos, cuando el caudillo civil llega a Miraflores tiende a colocarse a la sombra del cogollo de su partido lo que le arruina la ilusión de creerse el presidente de todos los venezolanos. Trata de detener la corrupción pero descubre que los generales, los jueces y los tribunales de justicia son garrapatas agarradas al ejecutivo mientras éste, en total impunidad, se corrompe cada vez más. Cuando se enferma acude a los hospitales y encuentra que son un pudridero humano y llora de impotencia al conocer que la ministra que debía velar por la salud es una corrupta de escándalo. Se siente joven con talento y energía, pero los jóvenes que son los que poseen el talento y la energía se han ido y se siguen yendo a otros países en los que aspiran a encontrarse a sí mismos y prosperar. No quieren permanecer en un lugar cada vez más alejado del mundo moderno en el que el horizonte es una ilusión que se hace pedazos. Sale a la calle temeroso de no encontrar los alimentos básicos o de que algún malandro de mente débil pero criminal lo mate por cosas de ninguna importancia. ¡Este es el país en el que nos ahogamos!

Frente a desilusiones mundiales como la del 7-1 futbolístico, las del venezolano son, desde luego, mucho más abrumadoras porque arrastra no sólo las frustraciones mencionadas sino otras mas dolorosas que la soberbia, la torpeza militar y el vergonzoso populismo bolivariano tratan de ocultar hundiéndonos aun más en la ciénaga donde también van a pudrirse nuestras desoladas y personales ilusiones.