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Antonio López Ortega

Frases para Mónica

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Desde la múltiple profusión de imágenes que se desató la misma noche de Reyes para recordar el rostro, los gestos, la sonrisa de Mónica Spear, rescato una sencilla pero muy significativa que se le atribuye a ella misma como una de las últimas que grabó. Se trata de un video mínimo, que no llega al minuto, en el que se muestra una toma sostenida de un paisaje llanero. Lo curioso es que la toma gira hasta cubrir 360º y llegar a su punto de inicio, que por el asomo de unos maderos parece un corral. He imaginado a Mónica dando una vuelta completa sobre sí misma para dejarnos ese legado preciso, que es el de la inmensidad. La imagen puede leerse como un planeta resumido, como un horizonte inabarcable, o como un homenaje a la Madre Tierra. Ese círculo que fue su último concibe la existencia no por partes sino como una totalidad. ¿Por qué mostrarle al espectador sólo secciones, un ángulo definido, si su espíritu quería compartir la grandeza, lo inabarcable? Esa toma, por lo mínimo, me ha llevado a dos frases: una es de Jorge Luis Borges, cuando reconocía que la pampa argentina era un “vértigo horizontal”, y otra es de García Lorca, cuando describía la faz de la tierra de esta manera: “Forma pura cerrada al porvenir”.

La toma concluye apenas el círculo se cierra y, de seguidas, el video salta a otra toma en la que Mónica va cabalgando. La vemos ahora en un plano americano, del torso a la cara, tan relajada como ensimismada. Su cara va subiendo y bajando de cuadro, por efecto de la cabalgadura y, de repente, como si renaciera, Mónica se vuelve a la cámara y arroja un beso, después otro y, por último, un tercero que parece estar más dirigido al caballo, suponemos que para aligerar el paso. He vuelto a ver esos besos sucesivos, entre afirmativos y amorosos, y su firmeza es tal, su voluntad tan absoluta, su expresión tan pura, que el espectador queda sumido en el bochorno, como si tanta belleza concentrada en un solo punto fuera un imposible. Luego Mónica sale de cuadro por la derecha, para que la cámara quede suspendida en el aire, como si después de perder a la grácil figura ya no tuviera sentido registrar nada, ni siquiera el vacío.

Esas dos secuencias –la exterioridad (el llano) y la interioridad (Mónica)– conforman un todo indisoluble, las dos caras de un mismo sentimiento, o de una sola cosmovisión. En medio de la inocencia y la juventud, su intuición mucho abarcaba y su convicción de la existencia parecía una constante celebración. ¿A qué se viene a Tierra? –parece que su rostro susurrara. Se viene a agradecer, se viene a presenciar el milagro, se viene a formar parte del misterioso afán de saberse existente. La vida, finalmente, es un don, un obsequio, un accidente festivo en medio de la nada y del silencio de los planetas que orbitan sin saber por qué.

He podido refugiarme nuevamente en Borges y pensar, como él, que en cualquier asesinato todos somos asesinos, pero esta vez prefiero optar por García Lorca y creer, como él, que en el rostro de Mónica reposaba la tierra, “la tierra lisa, limpia de caballos”, la tierra que ella retrató a su imagen y semejanza. En ese improvisado video de cierre debemos reconocer su legado, que no es otro que el de su rostro perpetuo, esa “forma pura cerrada al porvenir”.