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Juan Manuel Mayorca

Francisco

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Los  juicios de adultos son infantiles al tratar de enfocar a otro semejante. Esa es la lección que nos enseña  Saint- Exupéry poniéndose en boca de un astrónomo turco. Decimos conocer (que en una de sus acepciones es experimentar, sentir) cuando sabemos el nombre y alguna actividad de alguien. Si de lugares se trata pensamos, apenas haberlo oteado, que ya es factible darlo por conocido. Y ni hablar de lo económico y laboral: “Sé de quien me habla: tenemos cuentas en el mismo banco”. Pero incapaces de conocer su nombre y menos aún preguntar: ¿Qué tono tiene su voz?, ¿qué juegos prefiere?, o ¿le gusta coleccionar mariposas? Al final, en la línea del autor y libro supra citados, escupirán que “lo esencial es invisible a los ojos”, como si tan bella sentencia fuese el proyectil  guardado en la recámara. Pero lo escrito hasta ahora resulta ser una introducción un poco larga aunque haya omitido mi agradecimiento a quienes, por esta misma vía, han hecho  comentarios (en acuerdo o desacuerdo) sobre mi nota anterior, máxime cuando “es de hijos bien nacidos saber ser agradecidos”. Y vamos a lo de hoy que, a primera vista, parece no tener relación con los párrafos iniciales. “Veremos” - como decía papá-.

Todos los vocablos tienen magia, encanto y hasta hechizo. No las hay buenas y malas como recalcaba Angel Rosemblat aunque algunas, como los verbos, son los reyes del lenguaje, mientras los sustantivos poseen tal riqueza que por derecho propio forman parte importante de la Casa Real del hablante y pueden llegar a ser aspirantes prioritarios para suceder al monarca gramatical. Y por fin hemos logrado el meternos en el tema de hoy. Cuando ese sustantivo es nombre propio y está vinculado a una persona apiñada en espacio y tiempo de la comunicación, la sola mención parece describirlo o atrae tanto nuestro interés que buscamos conocer mejor a quien lo lleva. No viene mal en este momento un ejemplo sencillo que sugiere mucho más. He escogido Francisco.

Estoy seguro que nadie ha pensado en nuestro Precursor Miranda, ni en el que vende pescado o en el ministro que estudia los objetos no identificados. Tampoco interesa que sea su nombre de pila. Lo importante para humanos y alienígenos es que él es su santidad o el Papa, para quienes siguen rascándose su virosis izquierdosa. Para mí –y así lo entrego- detrás de ese nombre hay mucho más, sin haber realizado una investigación al respecto aunque reconozco estar impregnado por los medios de comunicación. ¿Y quien no?

Dije arriba que podía no ser un nombre de pila o surgido del bautismo. En este caso o cuando se trate de registro civil y sin la intención de ocultar la identidad, como ocurre con apodos y alias de los delincuentes, se habla de un pseudónimo. Aceptemos estas noticias técnicas pero ¿escogió alguien el apelativo o fue el propio Francisco? Y digo esto porque a 40% de los famosos sus productores les cambian el nombre al igual que a los deportistas. Él lo escogió y dejándolo saber en su primer discurso: “De ahora en adelante, para servir a Dios y a ustedes me llamaré Francisco”. Pero, existiendo un extenso santoral, ¿por qué Francisco? Es jesuita (que de ignorantes no tienen un ápice) y argentino que son los reyes de la gambeta. Basado en ambos atributos podía haberse llamado Juan por el apóstol amado y Pablo por el discípulo que sacó al cristianismo de la clandestinidad y del parroquianismo judaico. Como un Papa reciente (elevado a Beato) llevaba esos dos nombres  pudo Francisco adoptarlos, pasando a ser Juan Pablo III. Pero no fue de esta manera ¿Por qué?

He barajado dos explicaciones. Es posible –y sólo eso- que alguna satisfaga, aunque todas sean meras especulaciones emanadas de mis solitudes que, con la calina avileña, se enardecen adhiriéndose a las paredes mentales, hoy muy debilitadas. La primera es el homenaje que Francisco rinde a dos de sus hermanos de la Compañía de Jesús: uno es Francisco de Borja –duque de Gandía y en el cual me detendré.

El duque era fiel servidor del rey de España, cuya esposa había fallecido en Portugal y la Corte deseba enterrarla en Granada. Por ello confiaron su traslado a Francisco de Borja. Entre pompas fúnebres, discursos típicos y largo camino, cumplió al milímetro tan pesada encomienda. Al llegar muy cerca de la catedral ordenó destapar el sarcófago. Con gran horror percibió creciente la podredumbre y en ballet una danza insultante de larvas y gusanos. Soltó una frase que más tarde recogería en un libro de poemas, citado tan solo por referencia: “Nunca más he de servir a señor que se me pueda morir”. Tiempo después dejaba la Corte hasta encontrar –creo que en París- al que sería su superior por varios años: Iñigo de Loyola, Primer Padre General de la Compañía de Jesús quien no alcanzó a ver la elevación a los altares de San Francisco de Borja.

El otro, era un atleta muy prestigioso en la Universidad de París. Hombre de triunfos y de grandes fiestas, al tiempo que excelente estudiante y vecino de Ignacio de Loyola quien le había puesto el ojo para que fuera  co-fundador de la Compañía lo cual implicaba dejar su estilo mundano. Era conocido como Francisco de Javier y para algunos, como quien escribe, sin el pomposo de.

Partiendo de las capacidades de ambos candidatos fundadores de los jesuitas parecería que el apelativo para el nuevo Papa había encontrado su razón de ser. Sin embargo, no creo que fuera así porque podía llamarse Francisco sin pecar de sectario con su orden obviando comentarios de críticos siempre despiertos cuando del clero se trata y especialmente para con la organización de mayor solera en el seno de la Iglesia. Entonces y sin dogmatizar, ¿de quien tomó el hombre Su Santidad? Tengo tiempo pensando en esto y casi no me atrevo a mencionarlo.

 

Parafraseando una sentencia latina (“Nada de lo humano me es extraño”) a quien comienzo a describir se la podría ampliar a “nada de lo creado me causa extrañeza” lo cual suena a petulancia, aunque se tratara de un ser grandiosamente humilde y por ello tenía línea directa con cualquier especie. Lo grave es que era comprendido por ellas. Era monje y esto le llevó a crear una orden. Nació en Italia, en un pueblo hermoso y pequeño. En cierto momento, según recoge en un corto poemario pidió a las flores silvestres “bajen la voz porque me aturden” y al hermano lobo hacerse manso. Universal, humilde, generoso, sabio e italiano cierran esta nota con Francisco de Asís… ese es el resplandor adquirido por su tocayo. Al de Italia se le hizo corta, estrecha y hostil esta tierra, marchándose a otra galaxia. ¿Y yo? Aquí como decía un juglar: “digo mi canción a quien conmigo va…