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Abraham Stroka

Francisco llega a una tierra que quiere paz

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Una a de las cualidades que gran parte de la humanidad percibió en el papa Francisco es la coherencia de su personalidad y su fiabilidad. Se puede coincidir o disentir de él, pero siempre se tendrá delante a una persona de una sola pieza y un único discurso.

Conozco a quien hoy es la máxima autoridad de la Iglesia Católica Apostólica Romana desde la década del 90, cuando ejercía distintas funciones en el Arzobispado de Buenos Aires, y finalmente como arzobispo de la ciudad. Durante todos estos años me ha demostrado un profundo compromiso con la letra y el espíritu que imprimió el Concilio Vaticano II en sus definiciones de las relaciones con los judíos, manifestadas claramente en el capítulo 4 de la famosa declaración Nostra Aetate.

El concepto de hermanos mayores en la fe, que tanto solía mencionar Juan Pablo II, fue y sigue siendo un desafío existencial para él. ¿Cómo crear un punto de inflexión en la bimilenaria y compleja historia de las relaciones judeo-cristianas? ¿Cómo generar un genuino sentimiento fraternal que permita a los unos y los otros romper los muros erigidos en el pasado, para caminar juntos, cada uno con sus convicciones y fe, en la construcción de un mundo mejor? Estas preguntas, reflejadas en múltiples acciones, fueron percibidas por mí en estos largos años de conocimiento mutuo. Comprendí que formaban parte esencial entre las pasiones y luchas del entonces arzobispo y hoy Papa.

Viene a mi recuerdo, en este especial momento previo a un viaje tan significativo a Tierra Santa, el lunes 12 de marzo de 2012, en el que se comunicó conmigo para manifestarme su profunda consternación por lo revelado por Hernán Dobry en un artículo publicado el día anterior en este diario. La nota documentaba las ignominiosas torturas que infligían algunos superiores a los soldados judíos que luchaban en Malvinas. Fue una conversación entre hermanos. Una y otra vez me enfatizaba su desconocimiento del tema y cómo se asociaba a la indignación y dolor de las familias de los desdichados y de todos los miembros de la comunidad judía, acongojados por los descarnados testimonios. Sentía en sus palabras un genuino y desgarrador sentimiento por la miseria que suele hallarse en nuestra sociedad.

Toda expresión antisemita provocaba en él la ira y el dolor, al igual que las injusticias sociales, la explotación del hombre por el hombre, la inequidad y la miseria.

Después de habernos acompañado en la Comunidad Benei Tikva, en los rezos introductorios a un nuevo año hebreo, en el servicio del recitado de las Selijot (pedido de perdón a Dios por las transgresiones y errores cometidos durante el año) en el que brindó su mensaje y salutación, mientras lo acompañaba de regreso a su vivienda en la sede del arzobispado me repetía una y otra vez: "Créame, hoy he rezado profundamente junto a ustedes".

En cierta oportunidad me invitó a dar una clase en el Seminario de Buenos Aires. Hablé acerca del concepto de la profecía. Cuando recordábamos luego aquel momento, enfatizaba: "Usted no sabe lo importante que fue su presencia". Sus apreciaciones suelen ser abreviadas, su sentido trasciende las palabras.

Bergoglio es hombre de acciones y palabras sencillas. Seguramente, en este aspecto su inspiración son los profetas de Israel y el proceder de Jesús que se halla enraizado en ellos. En los hechos que va gestando y en los conceptos que va vertiendo se encuentran su credo, su convicción.

En múltiples oportunidades le manifesté mi visión acerca del Estado de Israel. Que sus bases fueron echadas mucho antes de la Shoah, a partir del despertar nacional judío en el seno de la Europa del siglo XIX; que el antisemitismo fue un factor gravitante entre aquellos que generaron el movimiento de retorno, es indudable. Pero que, por otra parte, hubo un sentimiento de querer volver a ser plenamente judío a través de un Estado que refleje en todos sus aspectos la milenaria cultura, ética y fe del pueblo de la Biblia. El movimiento de retorno se denominó "sionista", por el versículo que describe el retorno a aquella tierra en el salmo 126. No era meramente volver al solar histórico, sino a la fuente misma del ser. Hubo que recrear el idioma de la Biblia y transformarla en lengua viva. Trocar en habitable una tierra inhóspita, desecar pantanos, reverdecer arideces. Si bien la fuerza ideológica que echó las bases del moderno Estado fue socialista, y más que una teocracia siempre se sostuvo erigir una democracia, los valores de la Biblia y la recreación de la identidad histórica judía siempre fueron objetivos de la plataforma política de los partidos mayoritarios.

El ideario sionista fue en un principio la expresión de un humanismo hebraico. La Biblia y los textos sagrados servían de referencia a muchos líderes que, como Ben Gurión, dejaron de lado la observancia de los rituales, pero hallaban en los textos sagrados la esencia de su ideología.

Entre los grandes pensadores comprometidos con el ideario sionista se encuentra el renombrado Martín Buber, en cuyos escritos cabe hallar una dimensión espiritual superlativa. En 1944 escribió en Jerusalén, en la que se asentó en 1938 emigrando de la Alemania nazi, un pequeño ensayo muy particular que denominó en hebreo Bein Am LeArtzo (Entre el pueblo y su tierra). Allí desarrolla el concepto de lo particular que se halla en el nacionalismo judío. Que el retorno del pueblo a la tierra prometida por Dios posee una dimensión única, meta-histórica. Pero ese retorno no debe significar sólo un cambio del lugar que se habita sino, especialmente, un retorno a la Sión espiritual. Es un libro que debe leerse teniendo presente que en el tiempo de su escritura ya se sabía acerca del fatídico destino de la mayoría de los judíos de Europa. Pero lo escrito por Buber en aquel dramático momento sigue vigente. El desafío de Israel es recrear en su seno, dentro de una estructura democrática, los sempiternos valores explicitados en la Biblia.

En múltiples oportunidades le manifesté al entonces cardenal Bergoglio, hoy papa Francisco, estos conceptos. Le decía que al lograrse una genuina paz en Israel, muchos más esfuerzos podrían aplicarse a los temas espirituales. Bergoglio me escuchaba con atención suma. El tema fue uno de los capítulos del libro que escribimos juntos. Seguramente, fue ésta una de las razones por las que eligió la Tierra Santa como destino del primer viaje por él programado. Su relación especial hacia el pueblo judío, como lo manifiesta en Evangelii Gaudium, y el compromiso de aportar para el logro de la paz en la tierra de los profetas y de Jesús fueron seguramente factores preponderantes en su decisión. Hay una profunda convicción que une a judíos y católicos en las palabras de los profetas, cuando vislumbran un futuro de paz para la Tierra Santa que será bendición para toda la tierra.