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Elsa Cardozo

Foto en grupo

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Allí están, sonrientes, celebrando en La Habana, la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, con Raúl Castro en el centro de la primera fila. Esta colorida fotografía de mandatarios y sus representantes tomada en enero de 2014 es muy distinta de las que se conservan de las deliberaciones de la Conferencia Tricontinental hace casi cincuenta años. Era enero de 1966 cuando ante revolucionarios de más de ochenta países Fidel Castro, el anfitrión, confirmaba y justificaba su apoyo a la lucha armada, con expresa mención de Venezuela, valga recordarlo.

Si entre uno y otro encuentro se mantuvo el férreo control político de “la revolución”, personificado en Fidel Castro y asumido por su hermano desde 2006, en el camino fracasó la costosa estrategia de la lucha armada, terminó el subsidio soviético y, de uno a otro plan especial, arreciaron el racionamiento y la pobreza entre los cubanos.

Otro ciclo comenzó a partir del año 2000, con el cuantiosísimo subsidio venezolano.  Con todo, en julio de 2007, a menos de un año de haber recibido el poder de manos de su hermano, Raúl Castro reconoció públicamente la necesidad de reformas económicas. Entre ellas se cuentan la cancelación de deudas a los campesinos, el aumento de la retribución por la venta obligada de las cosechas, el permiso para trabajos por cuenta propia, el pago de parte del salario en pesos convertibles, la exclusión de ciertos bienes del sistema de racionamiento, las autorizaciones para comprar y vender viviendas y automóviles, permisos para viajar, flexibilización del régimen para las inversiones extranjeras que aporten tecnología, mercados y empleo, y el inicio de la supresión de la doble moneda.

Esta muestra de incompletas reformas, quién lo hubiera dicho, empieza a sonar como música a los empobrecidos venezolanos, con un gobierno empeñado en llevarnos a los orígenes del costosísimo fracaso castrista y a sus oscuridades más represivas.

Es mucho lo que se ha perdido en el país que con tanta firmeza resistió la insurgencia armada apoyada desde Cuba contra los primeros gobiernos de la democracia. Hoy el gobierno, con sus acciones y omisiones ante el enorme deslave material e institucional de Venezuela, parece sentado entre los asistentes a la perorata tricontinental de Fidel, insurgiendo contra su propio país.

De vuelta a las imágenes habaneras, donde alternaron también los secretarios de la OEA y las Naciones Unidas, hay que decir que vistas con atención las noticias sobre las urgencias de cada cual, antes y después de la fiesta, no es tan grupo el de la foto.

Mirándolo de cerca, hay dos perfiles de interés desde nuestro patio. El primero es el del bien aprovechado y animado anfitrión, que para impulsar las lentas reformas que le van abriendo puertas y acercando inversionistas ha necesitado y sigue contando con los recursos que proveen los acuerdos con Venezuela. Entre los inversonistas más celebrados se encuentra Brasil (país que recibe médicos cubanos pero no descalifica a los propios), con la publicitada inauguración de la primera fase del puerto de Mariel.

El otro perfil es el del presidente venezolano, también en primera fila, por dispuesto a recibir consejos y firmar decenas de acuerdos, en la repetición de gestos para los que ya no hay con qué, considerando las penurias que padecemos los de aquí.

 elsacardozo@gmail.com