• Caracas (Venezuela)

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Leopoldo Tablante

Foco fijo

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A través de la tele, los epigramas de Twitter o esa pesca de arrastre que son los titulares de Google News,la violencia sucede en el planeta como esperando su turno pararobarse el show. La lógica de competencia que caracterizaba la actividad de los medios de comunicación tradicionales parece haberse volcado hacia un universo de comunicadores particulares –a menudo equipados de muy bajos instintos− dispuestos a cortar cabezas frente a una webcam con tal de cobrar su recompensa de atención pública.La existencia de cámaras capaces de registrar la violencia cotidiana no intimida a quienes, armados de cuchillos, pistolas o partes pudendas, arremeten contra otros y, en la carrera, nos dejan los fluidos de su sombra.

En otro tiempo, cuando en Francia se imprimían esas crónicas en primera persona que la etnografía primero y el periodismo después han llamado “relato de vida”, los editores se cercioraban de incorporar sobre la portada de los libros la palabra “vivido”, manera de recordarle al lector que las intimidades que estaba por leer (el testimonio de los asesinatos y las agresiones sexuales sufridas por una mujer durante alguna guerra civil, por ejemplo) eran rigurosamente ciertas. Por crudos o sórdidos que fueran los testimonios, el lector se dejaba envolver por la instigación de su propio voyerismo, a menudo más persuasivo que la pretendida autoridad moral del relato.

Con la imagen, la misma lógica opera para convertir la tragedia de todos los días en animación multimedia. En 1975, un astuto distribuidor cinematográfico, Allan Shackleton, que quería explotar el filón de las películas de destripamientos −de moda a comienzos de los años setenta (tipo La masacre en Texas)−, resolvió reciclar una cinta titulada Masacre, realizada por la pareja compuesta por Roberta y Michael Findlay. La tituló Snuff. Las secuencias originales de Snuff habrían sido rodadas en Argentina hacia 1971 y describían los abusos sexuales, las mortificaciones y los asesinatos infligidos por una secta a lo Charles Manson contra víctimas adultas pertenecientes a una familia uruguaya, incluso contra una mujer embarazada.

Con el objeto de sembrar intriga, Shackleton resolvió promocionar Snuff por medio de una campaña que insinuaba que todo lo que el espectador veía en pantalla eran asesinatos reales captados en América del Sur, lugar del mundo “donde la vida humana no vale nada”, sobre todo en el momento histórico en que las represiones militares de derecha asolaban al Cono Sur. La intriga funcionó comercialmente. Porque, además, Snuff introducía la ilusión de que dentro del film se rodaba otro. Cuando la secta acaba su orgía de sexo y sangre, la cámara se aleja para revelar otro escenario cinematográfico −con director, cámaras y luces− en el que una entusiasta asistente de guion le dice al director que la escena presenciada la había excitado tanto que ella también quería ser actriz. La declaración anuncia la guinda del pastel: la violación, mutilación y asesinato en cámara de la muchacha por el director, convertido en otro psicópata más y que, después de darle rienda suelta a todos los filos de que puede servirse, agota sus rollos de película −que no la cinta de audio− y aplica la técnica de la disolvencia a negro conservando de fondo los alaridos de la tortura.

No hay lista de créditos.

Según quienes la reseñan y la comentan como film de culto, Snuff sería un producto contrahecho y de bajo presupuesto en el que los personajes sobreviven a los actores que los encarnan en escenas diferentes. Pero la mala vibra que quiso representar debe haber impregnado el aire. Su propio director, Michael Findlay, murió decapitado por el aspa de un helicóptero en el helipuerto de la vieja torre PanAm (hoy MetLife) de Nueva York. Y a pesar de lo escabroso del suceso, ¿quién echa en falta su imaginación? Haga la prueba: entre en YouTube o en otros servidores de video y busque escenas de golpizas, ensañamientos a machetazos u otros placeres sangrientos: encontrará allí todo aquello con lo que la ficción soñó un día.