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Eli Bravo

Finalmente, unas Navidades en casa

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Inspirulina

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Aunque pensó que este día jamás llegaría, finalmente ocurrió. Al despertar se sintió feliz de estar donde estaba. Aquello no había sido fácil; la verdad, nunca lo es, sobre todo durante los primeros años cuando abrir los ojos y sentir el sabor de la nostalgia en la boca eran la misma cosa. Recordaba muy bien aquella desazón y pastosidad en la lengua, una sensación de vacío en el gusto y en el alma. Era como amanecer con una hallaca desabrida entre los dientes.

De todos los meses, diciembre había sido siempre el más difícil. Desde el principio le sorprendió como a ella, que desde niña se emocionaba con las fiestas, la llegada de las Navidades lejos de casa se le habían convertido en un dolor agudo. El resto del año el malestar era un asunto crónico, como un ruido de fondo, como un extrañar cotidiano de todo lo que había dejado atrás, lo que una vez tuvo, lo que pudo haber tenido, lo que no tendría más. Sin embargo, esta mañana era distinta y eso la hacía feliz.

La verdad, todo el año había sido diferente. Seguía sintiéndose extranjera, y quizás lo sería siempre, pero ahora podía respirar un aire familiar. Miró por la ventana y le gustó lo que vio. “No cambiaría nada”, se dijo, y al escucharse sintió una mezcla de culpa y alivio. Culpa por sentirse así, desapegada, ya que pensaba que cometía una suerte de traición. Alivio porque le dolían los hombros de tanto llevar la nostalgia a cuestas. La nostalgia tiene su peso. También tiene su encanto, sin duda, así como una dulce tibieza y un sentido existencial, pero igualmente pesa, y con los años puede llegar a fermentarse.

Caminó hasta la sala y pasó un rato observando las decoraciones. El pesebre, el pino, las tarjetas de amigos en un idioma extranjero. Bueno, ya no tan extranjero, lo entendía y sentía por cada una de aquellas personas un afecto real. Ya no eran conocidos, eran sus amigos. Su familia lejos de casa.

¿Lejos de casa? Se acercó al cuarto de sus hijos. El mayor había vivido más de la mitad de su vida en este país. El otro había nacido acá. Escuchó a su esposo que le llamaba desde el cuarto con voz de almohada. No respondió. Caminó hasta la cocina y al abrir la nevera comprobó que allí estaban sus hallacas. Las había preparado junto a unas compatriotas y estaban deliciosas. Quizás algún purista podría decir que no tenían el sabor del terruño, pero para ella tenían el sabor de su casa. Ya no estaba lejos de casa. Estaba cerca de sí misma y de los suyos.

Volvió a mirar por la ventana y pensó en tanta gente querida que hoy despertaría en su ciudad natal. Gente que compartía con ella un mundo de referencias, de esquinas, de olores e historias. Gente que la recordaba, así como ella los recordaba y los quería. “Nunca te olvides del país que te vio nacer”, le habían dicho. Ella no olvidaba, pero ahora tampoco nostalgiaba. El recuerdo había dejado de ser una ausencia conjugada en tiempo continuo. Ahora era parte de su nueva vida. De su nueva identidad. De su felicidad en el momento presente. De su aprendizaje del amor y el desapego.

Se acercó de nuevo al pino de Navidad, luego al pesebre y después volvió a la ventana. Ahora que conocía el nombre de los árboles en su calle, que sabía cocinar las tortas navideñas que amaban los que habían nacido aquí y que era capaz de pronunciar el nombre de esta ciudad sin sentir que estaba simplemente de paso, ahora podía sentir que estas eran, finalmente, unas Navidades en casa.

La casa, el hogar debería decir, es donde están los afectos. Los que abrazamos y recordamos. Los que nos han acompañado por siempre y que nada ni nadie podrá quitarnos. “Son nuestros”, se dijo, aquí, allá y en cualquier lugar.