• Caracas (Venezuela)

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Luis Pedro España

Final de los tiempos

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Luego de dos años de recesión moderada, estamos a las puertas de una profundización de la crisis en todas sus formas. Desde las visibles vinculadas a la economía real (desabastecimiento e inflación), hasta las invisibles o difíciles de percibir por el ciudadano común en el corto plazo, tales como las rémoras sociales que provienen de la destrucción institucional del país, la piratería de los gerentes públicos y la preeminencia de los intereses políticos sobre los del ciudadano.

En tiempos como los que corren, y los que nos aguardan, el contexto sirve de oportunidad para la docencia social. En bonanza era difícil que la ciudadanía entendiera que, literalmente, nos estábamos comiendo el futuro y dilapidábamos los recursos que deberían haber sido patrimonio de varias generaciones de venezolanos y no solo de aquella que vivió la efímera riqueza petrolera.

En medio de la borrachera, era casi imposible parar la fiesta. Hoy, tras los dramáticos signos del fracaso, tenemos la oportunidad de inspirar nuevamente a los venezolanos. No desde la culpa, sino desde la esperanza. No con llamados al sacrificio, sino a las realizaciones. No desde la letanía quejona de quien asegura que pasará mucho tiempo hasta que “esto” se recupere, sino desde la factibilidad de recuperación que solo es posible por un cambio consensuado y construido desde las bases.

Quienes destruyeron a Venezuela, quienes tuvieron la increíble habilidad de dejarnos un país peor que el que encontraron luego del disfrute ominoso de cerca de 1 millón de millones de dólares en renta petrolera, no tienen cómo relanzar al país por ninguna otra senda que no sea un oscuro e infinito abismo. La única forma de que esto no sea así es entender, de una buena vez, que con este 2015 se inicia un nuevo ciclo electoral que, si se hace bien la tarea y se aprovecha didácticamente la oportunidad, puede ser una continua y larga sucesión de victorias que terminen por precipitar el cambio político que el país necesita para, entonces sí, despegar hacia el futuro que todos creemos que merecemos.

Pero las cosas no ocurrirán solas. Las crisis por muy profundas que sean no precipitan nada por sí mismas, sino cosas peores a las vividas, de no aprovecharse la desilusión del fracaso de manera correcta. Al venezolano de todos los estratos hay que explicarle lo que nos está pasando, señalar el verdadero culpable y unir a todo el país en torno a una sola necesidad y una urgencia: el cambio político.

Nunca como a partir de este año el cambio volverá a ser una necesidad que ahoga. El deseo de que esto termine, de dar paso a otra retórica, otra esperanza, otra forma de ver la realidad nacional. Acabar con las colas y la carestía, terminar con la hipocresía de quienes siguen prometiendo y ofreciendo futuros que en su largo pasado ni pudieron ni supieron cumplir va a ser una exigencia para los únicos que estarán habilitados para dar esa respuesta.

Ellos no son otros que la unidad democrática. El próximo 23 de enero quisiéramos verlos a todos juntos, inspirando ese inicio de este fin. Enarbolando ese discurso de cambio, unidad y alternancia que en el pasado solo miles de millones de dólares utilizados irresponsablemente pudieron opacar.

Hoy, liberados de las ataduras populistas y rentistas del pasado, el país está listo para iniciar el fin de estos tiempos.