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Pedro Conde Regardiz

Fin de semana de un obrero de Sidor

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Hace días estuve en Puerto Ordaz adonde no iba desde hace algunos años. Fui, primero,  para enterarme, más bien actualizarme de los pormenores del conflicto social generado por las luchas reivindicativas de los trabajadores de Sidor y, segundo, para visitar y compartir con amigos de hace años, de la época universitaria. En el aeropuerto me esperaba, como siempre, “el Pollo”, entrañable amigo desde cuando vivíamos en la residencia situada al lado del reloj, hoy exitoso abogado con su bella familia. Nos fuimos de una vez para el portón principal de Sidor. Había una multitud de obreros, fatigados, nerviosos algunos de tanto esperar que viniese uno de los gerentes. Cuando llegamos, la gente se arremolinó en torno al carro con vidrios ahumados creyendo  que era el personaje esperado. Como no era, se esparcieron y volvieron a reunirse pegados al portón.

Los más, sin darse cuenta de lo que hacían, caminaban inquietos del portón hacia los alrededores, sin alejarse mucho, daban vueltas y más vueltas, angustiados, mirando hacia el suelo, como si se les hubiera caído algo. Había los que discutían acaloradamente frente al portón. Pasaban los vendedores ambulantes de café “guayoyo”, al par que alguien pedía: “un negrito, socio”. Muchos no se acercaban por temor a las consecuencias, bien que estaban dispuestos a lo que sea con tal de lograr las negociaciones de los contratos y sus cláusulas salariales.

Llegó uno con algo en la cintura que muchos malinterpretaron, pero que infundía respeto cuando decía: “Es necesario hacer algo, esto no se puede quedar así, tanta injusticia, nunca nos había pasado este infortunio, nos equivocamos con esta gente del gobierno y que obrerista y revolucionario”…

En eso volteé y noté que alguien me miraba insistentemente, lo reconocí, había sido compañero en la escuela Andrés Bello en Caripito, fundada y mantenida por la Creole, donde nuestros padres trabajaban. Recodé que era de apellido Lugo, Juan Lugo, concretamente, había quedado huérfano, se vino a Puerto Ordaz “buscando nuevos horizontes”, dijo, dado el decaimiento de la actividad de la vieja refinería.

Como era amigo de la gerencia por su mística de buen trabajador, disciplinado al estilo de las empresas estadounidenses, herencia de su estada en Caripito, pasamos para ver el alto horno y maquinarias complementarias. La máquina, aquella máquina de acero reluciente, de piezas simétricas y sincronizadas parecidas a los músculos de Prometeo, que ponía en movimiento una inmensa fábrica, donde sus compañeros se quejan del trato esclavizador por falta de discusión del contrato vencido desde hace cinco años y los embates de la inflación, de las desigualdades, de las exclusiones, de los tratos preferenciales a los que llevan camisas rojas, en suma de la pobreza, donde en cada turno miles de obreros dejan sus energías, donde cada uno se somete pacientemente al despotismo gerencial, persecución política, amargados, quejosos, sin poder disfrutar de algunos de los placeres de la vida y mucho menos sus familias, abrumadas por privaciones angustiosas, incluso sin capacidad adquisitiva para reponer las energías gastadas en la jornada, concepto primordial del marxismo.

Contóme que el “paisaje” humano de la mayoría de los jubilados, retirados, pensionados, es espeluznante, pues llegan ahí casi muriendo de fatiga crónica, agotados por el trabajo rudo con la máquina limpia y brillante, que para muchos es una amiga, su querida. El rum-rum de su eterno movimiento (un alto horno no se detiene una vez prendido), el ruido acompasado de su engranaje, es como una voz cariñosa, que conforta de sus  angustias  y con quien compartía cualquier ocurrencia jocosa de un compañero.

Lugo no tiene a nadie en el mundo. Murieron sus padres allá en Caripito cuando naufragó una embarcación en el río San Juan con marea alta. Lanzó a las profundidades del río a una veintena de pasajeros, desaparecidos por negligencia del motorista sin conciencia, por la codicia del propietario de la lancha al exagerar el número de transportados. Vióse entonces desamparado de todos, en una sociedad egoísta, que exige virtud donde no hay arepas y menos pan, y tolera la iniquidad donde hay miles de nuevos ricos, de boliburgueses, a expensas del erario público y por ayuda de una presunta oposición que por debajo de la mesa rastrea migajas que conectan sus neuronas en la sinapsis de la complicidad. Trabajó en un hato del sur de Monagas desesperadamente desde el alba hasta el ocaso por un mezquino salario mínimo agrícola, soportando fatigas superiores a sus fuerzas de muchacho, viviendo pobremente en compañía de unos compañeros jornaleros en un rancho llanero improvisado.

Así se hizo hombre, contó, así creció el pobre huérfano, rodeado de angustias, careciendo, como todos sus compañeros, las más de las veces, de casi lo esencial para la vida, mientras los primeros boliburgueses comenzaban a lucir en las fiestas de Maturín costosísimas combinaciones de atuendos, y de mal gusto.

La realidad fue su maestro; las penalidades de su vida, la amarga condición de su vivir de obrero, le hicieron reflexionar desde muy joven en la injusticia que ahora en Sidor experimenta por las condiciones económicas depauperadas del trabajo, creadas por las nefastas políticas públicas. No estudió filosofía en ninguna universidad, no aprendió a pensar con Aristóteles, con Descartes, con Kant, no sabía siquiera que existiera una ciencia que se llamase filosofía; pero filosofaba vigorosamente, y bajo su gorra tricolor de obrero sidorista escondíase un cerebro de lógica, fuerza. Tanto así que El Pollo me comentó sorprendido aquella “lógica jurídica” que lucía Lugo. Leyendo el gran libro de la Naturaleza, contemplándola, da sein, como postulaba Heidegger, o, étant, como diría un filósofo francés, observando la vida diaria, el monstruoso contraste entre los de arriba en la empresa y los de abajo, reflexionando en la organización de la sociedad, de la empresa que lo maltrataba a él, llegó a crearse una filosofía propia, contundente, clara, con la claridad de todo lo que es verdadero y lógico; una filosofía que se resumía en dos palabras: injusticia, lucha. Nada de conformismos ni de aceptar la demagogia engañosa del chavismo.

Mientras a lo lejos se oían los retumbes del jolgorio montado con motivo de una sesión del “gobierno de calle”, el alboroto, las voces desgarradas de la gente bullanguera y harta de la retórica barata para tratar de convencerlos de las bondades del gobierno empobrecedor; en tanto que por otros lados se celebraba con escándalos un velorio de cruz de mayo, él, junto a la máquina, en el fin de semana, oyendo el rum-rum cariñoso, pensaba también en otro Cristo. Pensaba en un Cristo justiciero que demoliese las ya viejas y bárbaras instituciones politizadas, corrompidas por el chavismo, que hiciese un montón de ruinas de todas las mentiras que ahora impiden la libertad y el  libre desarrollo de la actividad humana. Deseaba el cambio de una sociedad en que hay lágrimas, amarguras y dolores por el acoso de la inseguridad ciudadana, del gobierno con sus políticas y por el ausentismo de aquél para contrarrestar, enderezar,  los brotes maléficos de una sociedad en disgregación y de una conspiración internacional, geopolítica, en el marco de la guerra mundial por los recursos, entre otros, de los emergentes, especialmente Brasil, China, Rusia, el Fondo Monetario Internacional, con aliados internos en la oposición y en el gobierno para apoderarse de las riquezas nacionales. No hay contrapeso, hace años que AD se entregó y arrió las banderas, las hundió,  en la ciénaga de la corrupción  y apostasía. Quería que todos fuésemos hermanos, que trabajásemos todos, que gozásemos igualmente, y que la solidaridad fuese el Dios de la religión futura.

Y tan intenso como era su deseo porque un tal sueño se realizase, era el rechazo que hacía a todo lo que se oponía a su realización. Hubiera dado su inteligencia, su vida entera, porque de él dependiese tal cosa. Díjome que sentíase a ratos capaz de acciones más grandes, de los heroísmos más sublimes; experimentaba, al pensar en su penosa condición y en la precaria de sus compañeros, sensaciones raras. Aquella fábrica, donde miles de hombres han dejado sus fuerzas vitales, perecía lentamente, pendía sobre su cerebro con todas sus máquinas, todos sus talleres, todas sus dependencias diversas.

Porque le tocaba ese turno, pasaba los fines de semana mirando a la máquina, su amiga, su querida, y oyendo su voz cariñosa de mecanismos automatizados, contemplando el vaivén de sus miembros  de acero, al par que zumbaban todo tipo de ideas y deseos en su cerebro, algunas espantosas, pero siempre con la “paciencia de carbonero” esperando el reino de la justicia.

Por fuera oíanse los retumbos del sarao organizado por el “gobierno de calle”, el tintineo de los vasos con escosés “del bueno” pasados subrepticiamente para que bebiesen únicamente los presuntos jefes sin que se percatasen “los de a pie”, como llaman a los pobres despectivamente. (La discriminación y exclusión ha corroído el sistema social, podría decirse que es bolivariana, socialista). Oíase el barullo de la gente peleándose por migajas de la carne en vara de la ternera para celebrar la llegada de los camaradas “caraqueñizados”, las voces de los ya borrachos con cervezas y guarapitas, el carraspeo del cantante de joropo. Y razonó: Ustedes ven, así es como engañan, emborrachan  y embrutecen a esta gente para seguir robándose los reales. ¡Paisano, este país no tiene remedio! Mire cómo paso los fines de semana con esta máquina y cómo lo pasan éstos manguareando y comprando votos con la energía humana, en parte, que dejamos aquí. Esto es realmente injusto”. Como era ya tarde, nos despedimos, pero nos quedó la inquietud sobre las injusticias e indeseables condiciones, por culpa del gobierno, en el ambiente de trabajo de Sidor, su deterioro como el resto del país.